Don Felipe Urrutia Delgadillo

La inolvidable La Tunosa y las puntadas de don Felipe Urrutia

Fue hasta el domingo anterior que conocimos, por boca del “interfeuto”, que La Tunosa era una aldea diminuta de ranchitos pajizos, que había reventado,como un jazmín solitario, entre la vegetación esmeralda del departamento de Estelí Mario Fulvio Espinosa/Especial para LA PRENSA Nadie sabe cuándo ocurrió el nacimiento de La Tunosa. Ese dato se pierde entre […]

  • Fue hasta el domingo anterior que conocimos, por boca del “interfeuto”, que La Tunosa era una aldea diminuta de ranchitos pajizos, que había reventado,como un jazmín solitario, entre la vegetación esmeralda del departamento de Estelí

Mario Fulvio Espinosa/Especial para LA PRENSA

Nadie sabe cuándo ocurrió el nacimiento de La Tunosa. Ese dato se pierde entre la bruma que por milenios baja de los cerros cercanos, sin embargo don Felipe Urrutia vivifica la aldea evocando que cuando era un niño –hace más de ochenta años–, “era un caseriíto de cinco o seis casitas, forradas a los lados con rejones y palitos recortados, las menos embarradas con un lodo que les daba un color gris acartonado”, recuerda.

“Ahí nací un cinco de febrero empezando el año 18, pero ya mis padres, don Daniel Urrutia Ferrufino y mi madre, doña Modesta Delgadillo Talavera, habían nacido en ese lugar. Si usted me pregunta que cómo era la vida en La Tunosa, le digo que para el pobre la vida siempre es pobre, pobre era la aldea y pobres eran sus habitantes”.

Estamos platicando en el Hotel Estelimar, donde se celebró el 26 aniversario de fundación de la Unión de Periodistas de Nicaragua, nos hemos apartado un poco del estrépito ensordecedor de unos parlantes gigantes que en lugar de pasar música vernácula, desquician nuestros tímpanos con “raps cholos” de mala muerte.

VIVIR ABRAZADO A LA GUITARRA

Largo, largo, largo, es este don Felipe. Su sombrero de paja es ancho, muy ancho y de alta copa, por debajo del ala asoma el rostro pálido, quijotesco, del notable músico esteliano. En la cabeza los cabellos canos se entremezclan con los grises, las cejas de pelos espesos bajan del entrecejo hacia las sienes poniendo un matiz de tristeza en la cara, sin embargo los ojillos –aunque ya muy deteriorados–, son pícaros, decidores, maliciosos.

Dice que, junto con sus “cachorros”, hará “un toque” en honor a los periodistas y puntea su guitarra con el parado clásico de los músicos norteños: el cuerpo es un arco de flecha, pando para atrás y tirando hacia adelante el abdomen, el instrumento descansa sobre el pecho donde recibe el abrazo del brazo derecho y la caricia del izquierdo. Toda esa amalgama de humano-músico-guitarra y sombrero, descansa sobre las piernas largas que permanecen abiertas hasta parecer cornetas.

LA ARISTOCRACIA ANDABA DE CAITE

Volvemos a La Tunosa y, al tiempo feliz de la infancia de don Felipe.

“En esos tiempos que yo me crié la ropa era escasísima, el zapato ya no digamos, andábamos descalzos o con caites y trabajábamos el campo y las huertas, sacando lo justo para poder alimentarnos, lo único que abundaba eran la leche y las cuajadas.

“Pero fíjese usted, a pesar de la pobreza cualquiera tenía su vaquita, porque los sitios eran abiertos y había facilidad para que el ganado pastara y diera leche. No faltaban las gallinas y los huevos naturales y no artificiales como los de ahora, los chanchos se criaban sólo para ser comidos, pero eso sí, casi todo el mundo era de caite, ricos habían, a la cuenta dueños de ganadales, que andaban de caite”, refiere don Felipe.

—¿Me imagino que durante la Semana Santa, estrenar era una novedad?
— Había que sacrificarse seis meses y hasta todo el año para poder ajustar centavos para una mudada, en esos tiempos Estelí era casi un valle, un caserío, las calles eran unos pedreros tremendos, charcos y lodo en invierno y aquellos grandes “polvazales” en verano.

La Semana Santa se celebraba con procesiones y oficios y nosotros teníamos que bajar de La Tunosa a Estelí para estar en esos menesteres. Pero como teníamos que estar aquí los días santos, de antemano se preparaba el alimentillo, que no era más que el queso seco, el pinolillo, los tamales pizques y las rosquillas grandes.

LA TUNOSA ASOLADA EN SEMANA SANTA

“La Tunosa quedaba asolada porque casi toda la escasa población se venía a ver las procesiones y visitar los templos. Se podía ir donde un amigo, a una posada, donde unos parientes o a la casa de un familiar, la gente generosa de aquí, te abría las puertas y era alegre la cosa porque la familia se aumentaba por pocos días.

Transportarse en ese tiempo era cosa triste, recuerdo que uno tenía que viajar hasta El Sauce a lomo de mula para traer un quintalito de sal, eso cuando yo conocí, porque antes había que ir hasta León en carreta. Bueno yo viajé a León en carreta pero a traer mercadería.

—¿Cuánto tardaban en ese viaje?
— Doce días. Se llevaba de aquí a vender, dulce, queso, cuajada, babosadas, y de allá se traía mercaderías para surtir las ventas que habían aquí, se traía ropa… Que traéme una máquina de coser, que a mi traéme una de moler maíz, siempre sobraban los encargos. El café se trasladaba de aquí en carretas y de allá se traía la sal. Veya que calamidad, tener que traer un quintal de sal de El Sauce. ¡Sí hombre! Hay gente que no cree lo que uno platica y esto es que yo miré y le cuento lo que vi.

EL CARTERO DE LA TUNOSA

Fíjese que yo me acuerdo bien de cómo llegaban los mensajes. Había unos correos desde Ocotal, eran mis amigos. Tenían una mula vieja con unos sacos de lona, era “la correspondencia” decía la gente, ya dejaban una parte aquí en Estelí y se iban para León a dejar otra hasta allá, pero si de León venía uno y a medio camino se encontraban, aquel de allá entregaba lo que traía y el de aquí entregaba lo que llevaba para allá. Y va para atrás. Me acuerdo de uno que se llamaba Juan González, vea que yo estaba pequeño, chiquito pues estaba yo, y pensaba en ese tiempo ¡Qué gran oficio es ser cartero!

—¿Sin embargo la vida era tranquila, apacible, sana?
— Eso sí, eso sí, bien tranquila. Ahí le estaba diciendo yo a don Bayardo que aquí donde está este hotel, aquí donde estamos, era tiradera de venados, aquí eran animaleros los que habían, abundaban dantos, garrobos, venados y cusucos. Antes le decían aquí Villa Vieja, San Pedro es allá e Isidrillo es más allá.

LA BUENA MAESTRA ESTHER

—¿Y la educación en La Tunosa cómo estaba?
— El que medio sabía leer servía de profesor. ¡Andá enseñámele alguna letra a ese muchacho! le pedían. Habían unas cartillas viejas y el muchacho comenzaba: A, B, C, D… Que no sé qué.

Bueno, después, cuando ya estaba grandecito, en 1928 fue eso… ¿O 26 o 28? Llegó una profesora que se llamaba Esther González, aquí le daban la casa para que diera clase. ¡Y aquel gran muchachero hermanito..! No habían libros, no había pizarrón, los cuadernos me los hacía mi mamá de papel de empaque, costureaditos, con un lápiz, que ese lápiz tenía que durarme todo el año, y ahora los botan enteros, y si no una pizarra con un pizarrín, eso se borraba y se volvía a escribir de nuevo, al terminar las clases se guardaba para el otro año.

—Cuénteme. ¿Y de sus amiguitos de La Tunosa, qué recuerda?
— La jugadera. El relincho. Jugábamos trompo, chibolas, y si no, teníamos unos perros buenos a montear y con ellos nos íbamos al monte… Vamos a cusuquear… Veya que jodido. Y de allá veníamos con conejos, cusucos, y todo animal, con la hulera también tirábamos y traíamos chachalacas y palomas, las siricas y zanganadas.

—¿Qué nombres recuerda de aquellos amiguitos?
— Allí hubo un Mariano Benavides, Lucío Benavides, Gilberto Moreno, y otros. Éramos los más matacancitos.

—¿Toda la vida vivió en La Tunosa?
— Sí, pero ahora tengo 16 años de estar ahí en El Limón. Ahí no más, cerca de Estelí queda.

YO SOY UN “ALEGRA GENTE”

—¿Cómo comienza a gestarse en Felipe Urrutia ese amor por la música regional?
— Para mí es natural, porque yo desde pequeñito fui aficionado a la música, donde estaban tocando los más viejos ahí estaba yo a la par de ellos, viendo. Y decía yo: ¿Cuándo iré a aprender? Pequeñito yo. Pero se me quedaban grabadas algunas cuestiones que ellos tocaban y de ahí yo las silbaba, el silbido fue mi primer instrumento.

¡Si yo no soy músico! Yo soy nada más alegra gente, así. Porque músico es un músico como esos que están ahí, leídos, que solfas y babosadas. Eso sí es músico, pero yo no. Yo soy alegra amigos, no más.

—¿Cómo llegó a enamorarse y a casarse don Felipe?
— ¡Ahhhhh! en las andanzas. Porque después me dediqué casi sólo a andar de bandido con la guitarra, porque no me dejaban parar los amigos: Que vamos a una serenata donde la Fulana, que vamos a una serenata donde la Zutana, vamos a tal parte, vamos a esa otra, y así tuve varias familias, son cuatro familias las que tuve, ésta es la última, con la música se consiguen sus cositas, por eso se debe estudiar música, pero ya con esta última familia me quedé, con la mamá de él, tengo 59 años de estar junto a ella.

—¿Ahora la música representa para usted una forma de vida?
— Hombré, por lo menos me da aliento en la vida porque yo, a pesar de que ya casi no puedo, porque ya los dedos están muy engarruñados, pero la ilusión, la afición la tengo. ¿No ve que por eso ando aquí?

—¿Se considera una reliquia de la música vernácula?
-Sí, sí, así es.

—¿Se cree viejito ya?
— Pues hombré, yo no me siento viejo, pero ya llegué a la vejez, ya no ando como era antes. Fíjese que yo antes anduve arriando ganado, desinfectando ganado hasta las fronteras de Costa Rica a pie, en lodazales, durmiendo en el suelo, durmiendo en los corredores, pasando ríos crecidos y de allá venirse a pie. ¡Cuánto yo he andado en la vida! Ya estas patas ya no quieren caminar, ya las rodillas están sin manteca.

CUANDO EL CAFÉ ERA AMARGO

—¿Cuáles son las últimas piezas que ha compuesto?
— Yo no compongo nada. Una se llama “La café amargo” y la otra “Mi polkita”, la primera fue cuando la guerra aquí, los bombardeos que aquí nos hicieron paste, y nos quedamos sin azúcar para el café, llegué yo de la huerta, llevaba un saquito de maíz debajo de los bombardeos…

—Hágame un traguito de café.
—Pero no hay azúcar.

Aunque sea amargo, y estaba punteando la guitarra. Jodiendo ahí, ya la fui enredando, hombre y la medio compuse, porque es sencilla… Hombré, a ésta le voy a poner “La café amargo”, y así fue.

—¿Cuáles son los nombre de los Cachorros?
— Pues con esta familia última que me quedé procreamos ocho hijos, uno se murió pequeñito, quedaron siete, de siete me mataron a uno cuando la guerra, lo mató la guardia, me quedaron seis, cuatro varones y dos hembras, y de los cuatro varones tres son músicos, yo les he enseñado; uno se llama Luis Felipe, Pedro Antonio y Leopoldo Urrutia, y los nietos son cinco: Marvin y Róger, Gersán, Moisés y Roberto.

—¿Quiere decir que la tradición musical de los Urrutia no tiene final?
— Ahí va, ahí va, y hay un bisnieto que ‘anantes’ quería mencionar con los otros, mire es un jodidito así de chiquitito y ya tiene guitarra… Y él dice que está tocando.

COMPENSACIONES

—¿Cuál ha sido la mejor compensación que le ha dado el arte?
-Pues la mejor, las amistades. En lo económico creo que no hay quién haga negocio con la música. Tal vez los grandes artistas a nivel mundial, se necesita ser músico de verdad. Pero uno como yo, no. ¡Uhhhh! Yo voy a Managua y me quedo donde yo quiero, me tratan con cariño y eso es lo mejor que me pueden dar.

SI ESCRIBIÉRAMOS LA VIDA

¿Qué edad tiene a estas alturas don Felipe? –Pues ando machucando los 87, espero vivir siquiera unos veinte más. La historia es larga y la vida de uno es una historia. Si apuntáramos todos los días lo que hacemos, llenaríamos muchos libros…

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