Algunas reflexiones acerca de la mentira

León Núñez

En varias ocasiones he escrito sobre nuestro lamentable hábito de mentir. La maña de mentir nos ha conducido a hacer de la mentira una profesión. Quizás no andan muy alejados de la verdad los que dicen que “somos guatuseros de oficio y mentirosos de profesión”.

Por este motivo, cuando en este país yo converso con alguien —sobre todo si es político— siempre pienso “para mis adentros” que lo más seguro es que mi interlocutor me está mintiendo, y mientras estoy pensando que me está mintiendo estoy pensando a la vez en la clase de mentira que él cree que me está metiendo.

Esto explica la razón por la cual mi “duda metódica” me lleva siempre a establecer la presunción “iuris tantum” de que en Nicaragua todo lo que se dice es mentira mientras no se demuestre lo contrario. Más que un “país de mentira” somos, en principio, un país de mentirosos. ¿Es que acaso el Güegüense no es nuestro héroe nacional?

El tema de “nuestras mentiras” es muy complejo, no solamente por la enorme variedad de mentiras que a diario usamos los nicaragüenses sino por la propia “inestabilidad” de la mentira, inestabilidad que hace que la mentira de pronto sea verdad y que la verdad de pronto sea mentira. Esto significa que en Nicaragua lo que a las ocho de la mañana es mentira, dos minutos después puede ser verdad, pudiendo esta verdad, dos minutos más tarde, volver a convertirse en mentira.

Yo he tratado de hacer una clasificación de la mentira y me he encontrado con que es tan grande su mutabilidad y tan rápidos sus cambios de velocidad que he llegado a la conclusión de que todo intento serio de agrupar nuestras mentiras en categorías definidas está destinado al fracaso. Sin embargo, desde un punto de vista elementalmente empírico y buscando una mejor comprensión del lector podríamos clasificar las mentiras en simples, injuriosas y calumniosas.

La mentira simple, a pesar de los problemas que trae a la sociedad, es un tipo de mentira que no contiene los elementos socialmente perturbadores que contiene la mentira injuriosa y calumniosa. La mentira simple, la que tiene, por ejemplo, la dimensión del “embuste” y del “engaño”, es la mentira preferida por los guatuseros, quienes se caracterizan fundamentalmente por no cumplir lo que prometen y por hacer lo contrario de lo que dicen.

Las mentiras injuriosas y calumniosas, a las que tan aficionados somos los nicaragüenses, son las mentiras moralmente más devastadoras que cuanta mentira uno pueda imaginar. En este país abundan conversaciones en que no queda “títere con cabeza” y en las que siempre se puede escuchar, con relación a personas con prosperidad económica, que fulano había robado en el Gobierno, que zutano era narcotraficante, que perencejo era contrabandista, que el otro era testaferro de Humberto Ortega, que había mucho lavado de dinero, que habían muchas lavanderías… aunque nadie suele proporcionar alguna prueba o indicio grave de que esto sea cierto. ¡El colmo! Recuerdo que en una ocasión escuché decir a un señor que en Nicaragua las personas honradas eran aquéllas que no habían tenido la oportunidad de robar.

Yo creo que con esta costumbre de mentir, injuriar y calumniar no puede haber confianza entre los nicaragüenses, porque nadie cree en nadie, nadie confía en nadie. Todo esto afecta negativamente nuestra convivencia y obstaculiza gravemente la comunicación que debe existir entre nosotros. La propuesta de los siete puntos del Presidente de la República para ser tratados en un diálogo nacional me parecen excelentes, pero don Enrique debió haber agregado otro punto: la “desmentirización” de la vida nacional, la que traería como consecuencia la desprofesionalización de la calumnia y de la injuria y la desguatuserización de la sociedad nicaragüense.

El autor es jurista y escritor.

Editorial
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