El parque de los olvidados

José Adán Silva [email protected] Viven de forma casi prehistórica en dos parques de una Managua “moderna” del siglo XXI: duermen en los árboles, sus mujeres lavan en piedras al aire libre, cocinan sus alimentos en fogones de piedra y ramas secas, y tienden sus desgracias al sol. Ambas propiedades públicas están olvidadas, como lo están […]

José Adán Silva [email protected]

Viven de forma casi prehistórica en dos parques de una Managua “moderna” del siglo XXI: duermen en los árboles, sus mujeres lavan en piedras al aire libre, cocinan sus alimentos en fogones de piedra y ramas secas, y tienden sus desgracias al sol. Ambas propiedades públicas están olvidadas, como lo están las más de 300 personas pobres que han hecho de los árboles de laurel de la india y las banquetas de concreto descolorido, el hogar que en el campo les han negado legalizar. Son los ex guerrilleros de la Plaza de la Cultura de Guatemala y el Parque Frixione

Erase una vez un parque, que se pensó serviría para que los niños jugaran y sus padres los vigilaran desde las banquetas de colores alegres que se cobijaban con las sombras de los laureles de la india ahí plantados.

Pero los niños, si es que alguna vez llegaron, se han ido. Ahora el parque es una especie de campamento pobrísimo donde pernoctan, día y noche, decenas de familias campesinas pobres que un día participaron en los dos bandos de la guerra fraticida de los años ochenta: militares del Estado sandinista y guerrilleros de la “Contra”.

Las banquetas ya no reciben traseros felices, y su función primaria ha dado paso a un nuevo uso de pobre: igual sirven para tender ropa que para dormir; ahí se construyen fogones y se apilan trastos viejos, alimentos y hamacas.

Los árboles de laurel de la india, que antes cobijaban las bancas con sus frondas, ahora sirven para recordarnos aquel rudimentario origen del hombre que progresó de los primates, de los monos.

Desde el piso se advierte la multicolor maraña de mecates y hamacas de colores, atadas de las ramas en un desorden tan organizado, que permite que hasta 10 personas puedan ahí dormir casi en equilibrio.

ENTREVISTA DESDE UNA RAMA

Elías Samuel Gómez, de 30 años, descansa en la quinta hamaca del último laurel de la india de la primera hilera del parque Miguel Ángel Asturias Rosales, construido en 1996 a menos de 100 metros de Casa Presidencial.

Él vino hace 52 días de Nueva Guinea, siguiendo a su gente en busca de una promesa que les hicieron hace 14 años, cuando dejaron las armas: tierras y títulos de propiedad. Escucha en un radio portátil la emisora 15 de Septiembre, la misma que los acompañó en los años ochenta en las montañas de Nicaragua y Honduras.

“Pero es por la música que la escucho, más que todo pues, ya que ahora ya no son ni Contra ni nada, son ricos”, dice Elías, refiriéndose al principal dueño de la emisora, un ex Contra que ahora como diputado no los vuelve ni a ver.

Dice que dormir en una hamaca no es cosa difícil, y todo es cuestión de disciplina, ya que quien está acostumbrado a dormir mal, según él, se caerá al piso aunque está en una cama matrimonial, a como le ha pasado a varios que, por fortuna, no han recibido más que el susto.

PROMESA DE HACE 14 AÑOS

Víctor Manuel Duarte, el presidente de la Coordinadora Nacional Bernardino Díaz Ochoa, es quien explica la presencia de esa gente ahí, en esos dos parques, el Frixione y el Asturias.

Él es desmovilizado del Ejército Popular Sandinista y dirigente nacional de esa organización que agrupa a los ex combatientes de ambos bandos de la guerra de los ochenta, así como a la Resistencia indígena Yatama, los que afectados por esa igualdad tan solidaria de la pobreza y el abandono, se han organizado para pelear por sus derechos.

“Los gobiernos de turno se han vuelto indolentes ante nuestro olvido y nuestras necesidades, hemos marchado varias veces y siempre nos vamos con promesas y acuerdos”, dice Víctor, hombre obeso de palabra fácil y aspecto bonachón.

En ese parque donde están ahora, han estado en tres ocasiones en los últimos dos años. La primera vez estuvieron 25 días, 45 días la segunda, y ahora que ya llevan más de 50 días, y amenazan con quedarse por tiempo indefinido.

Dice que las últimas dos veces que han venido, se han ido con par de acuerdos firmados por comisiones gubernamentales que siempre conforman funcionarios de la Procuraduría, Intendencia de la Propiedad, Ministerio de Gobernación, Defensa, Presidencia, y un sinfín de instituciones vinculadas al tema de la propiedad. Han firmado ya más de 15 acuerdos, en 14 años, y las 523 propiedades que reclaman, en siguen ahí sin títulos, y en conflicto.

SOLOS CON SU SOLEDAD

“Aquí los únicos que nos visitan son los huele-pegas de los alrededores”, dice Víctor, y se queja de que la Procuraduría de los Derechos Humanos, el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos, los diputados, los medios de comunicación, y demás elementos de influencia que se ven alrededor de los afectados del Nemagón, plantados en otra plaza pública a tres cuadra de distancia del parque Asturias, no se presentan por “el campamento”.

“Tal vez porque aquí no peleamos millones de dólares, como los de la otra protesta”, se queja Víctor, ya rodeado de su gente, que han surgido de las champas de plástico negro y zanjas en el suelo, y bajado de las ramas de los árboles, para quejarse en desorden y en multitud de voces, de la desgracia de su olvido.

Se quejan de enfermedades, de que no tienen comida, que los atienden mal en los hospitales, que los niños están enfermos, que nadie los llega a ver…

HOGAR SIN TECHO NI PAREDES

El segundo de Víctor es un ex comando de la Contra. Se llama Martín Omar Chavala, y es quien nos cuenta de la organización del campamento, y de sus formas de supervivencia.

Antes que ellos llegaran, el parque era un tugurio de huele-pegas, delincuentes y prostitutas adolescentes de mala muerte, quienes se alejaron del sitio, no sin antes amenazar a sus nuevos inquilinos.

Por eso en el campamento todas las noches se turnan los hombres “para vigilar el perímetro” armados de machetes y palos.

Han hecho un solo baño público y dos servicios higiénicos; en el baño, forrado de plástico negro y sostenido por ripios de madera, la gente comienza a bañarse a las tres de la madrugada, y en los servicios higiénicos, de lata, madera y plástico negro, hay que hacer fila a todas horas del día y la noche para usarlo. Todos tienen que llevar su jabón y su papel.

Se han pegado a las líneas eléctricas de los postes que pasan por el sector, y por medio de una conexión, han puesto un pequeño televisor a colores donde todas las noches se apiñan a mirar los programas y los noticieros, en espera de que alguien se refiera a ellos.

Las mujeres lavan las ropas en las gradas del parque, en fustanes y sostén, con piedras lisas traídas quién sabe de dónde, y planchan en las banquetas, pegadas a la misma extensión eléctrica con la que ven la TV.

Dice Chavala que sobreviven con lo que les envían sus compañeros que se quedaron en las fincas en algún trabajo; que complementan con la donación de uno que otro ex desmovilizado compadecido que les llega a dejar alimentos, y por último, gracias a los “rumbitos” que algunos salen a hacer en las vecindades, como botar basura, rozar patios montosos y “emparejar” árboles ornamentales.

A veces los niños se van a los semáforos y piden a los conductores, y en algunas ocasiones, las mujeres piden comida en los alrededores, las que luego cocinan en fogones de ramas secas que apiñan en el suelo o en las banquetas desocupadas.

Chavala, en tono de molestia y resentimiento, dice que se cansaron de esperar durante catorce años a que les cumplan las promesas, y ahora él promete algo: quedarse ahí a esperar respuesta; mientras tanto dormirán en las ramas, vigilarán todas las noches el campamento y en las mañanas saldrán a buscarse la vida, en ese parque olvidado ubicado a menos de cien metros de Casa Presidencial.

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