En los 80 años de don Edgardo

Carlos Tünnermann Bernheim*

Ochenta años de fecunda existencia cumple hoy primero de marzo uno de nuestros intelectuales más valiosos: el eminente dariano, académico, jurista, historiador y folclorista, doctor Edgardo Buitrago Buitrago, representante por antonomasia de la cultura de la doctoral y universitaria ciudad de León de Nicaragua. Jorge Eduardo Arellano, tras calificarlo de “un orador supremo, un soberbio togado”, no vacila en designarlo como “intelectual orgánico de la leonesidad y último representante de una de las familias más prominentes de León”. A su vez, Francisco Arellano Oviedo, en el soneto que dedica a Edgardo Buitrago, en su “Monumentum aere perennis”, homenaje poético a sus colegas académicos, dice de él:

“En León de Nicaragua la lección

repitió un pedagogo de la historia

que ha hecho de la cátedra su gloria”…

Nacido en León, en 1924, Edgardo Buitrago se graduó de doctor en Derecho en la antigua Universidad de León, la antañona casa de estudios superiores a la que tanto lustre han dado varias generaciones de distinguidos miembros de la familia Buitrago, desde su tatarabuelo, el célebre licenciado Nicolás Buitrago Sandoval, compañero de estudios del prócer Miguel Larreynaga en la Universidad de San Carlos de Guatemala, abogado de la Real Audiencia, primer catedrático de Instituto Civil, uno de los fundadores de la Universidad, a la que sirvió sin cobrar honorarios, y su bisabuelo, el bachiller en Derecho, Nicolás Buitrago Benavente, miembro del primer Consejo de Conciliares de la Universidad de León. Esta es la estirpe de Edgardo Buitrago: una sucesión ininterrumpida de decanos y catedráticos universitarios, que han sido columna vertebral de la enseñanza del Derecho en Nicaragua.

A su regreso de Argentina, donde cursó estudios de postgrado, el doctor Buitrago dirigió en Managua el semanario Acción Social, que se transformó en el principal divulgador en Nicaragua de la doctrina social de la Iglesia Católica, contenida en las encíclicas papales. Fue en esa época (años cuarenta del siglo pasado), que tuve el primer contacto con quien luego sería un amigo entrañable y compañero de muchas lides universitarias. Pertenecía, en ese tiempo quien estas líneas escribe, a la Congregación Mariana y a la Academia Literaria del Instituto Pedagógico de Varones de Managua, regentado por los Hermanos Cristianos de la Salle. El semanario que dirigía el doctor Buitrago nos reservó una columna permanente y al suscrito le correspondió la tarea de escribir los artículos y llevarlos personalmente, semana a semana, a la redacción del periódico. Todavía conservo una colección de escritos de estos artículos, cuyos temas versaban sobre la educación, la religiosidad, el patriotismo, el compromiso social de los jóvenes, etc.

Muchacho, entonces, de quince o dieciséis años, el director del semanario me parecía una figura clásica de intelectual ensimismado, a quien nunca me atreví a presentarme como el autor de la columna. Dejaba los artículos a la secretaria y me retiraba lo más rápido posible. Años después, Pablo Antonio Cuadra trazaría una acertada semblanza del Edgardo Buitrago que a los 38 años ingresó a la Academia Nicaragüense de la Lengua, con un memorable discurso sobre Perspectivas de la Lengua Española ante las exigencias de afirmación original y universal de Hispanoamérica: “Muchos méritos posee el nuevo académico doctor Edgardo Buitrago Buitrago, dijo PAC. “Con su fisonomía a lo Huxley, encerrado tras de sus anteojos, tiene la seriedad del sabio que él no sabe usar porque padece una hermosa virtud: la humildad. Pero es de sabio esa osada manera con que Edgardo Buitrago se arroja a la profundidad de todas las materias que frecuenta. Como jurista es profundo. Como catedrático de Historia de la Cultura va a fondo. Como parlamentario he de decir lo que todos dicen: que es uno de los pocos diputados que nunca ha dicho un discurso superficial, de esos que se dicen tan fácilmente en las cámaras, inflamados por la peligrosa musa de la oratoria, sino que siempre es el hombre que lleva la discusión al fondo de la cuestión. Como investigador de nuestras letras y de nuestra historia cultural sus trabajos dejan la impresión de que el autor ha hecho un recorrido muy largo y minucioso antes de llegar al tema. ¡Seria honradez!”

Al releer esta semblanza, descubro que coincide con la que me formé de muchacho, del doctor Buitrago y más tarde confirmé como estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. Pero, cuando tuve la suerte de estrechar con él los vínculos de amistad, descubrí su gran dimensión humana y su espléndido sentido del humor, capaz de reírse de su propio defecto visual y de soltar estruendosas y contagiosas carcajadas, célebres en los corrillos universitarios de entonces y de aún ahora.

Al arribar a sus ochenta años de existencia, conviene tener presente la gran contribución que el humanista Edgardo Buitrago ha hecho a nuestra cultura nacional, en diferentes disciplinas, y que hacen de él un auténtico héroe cívico, de esos con quienes quisiéramos poblar las páginas de nuestra historia.

Como jurista cabe mencionar, además de toda una vida dedicada a la enseñanza y a la renovación de la didáctica de las ciencias jurídicas y su brillante desempeño como decano de la Facultad de Derecho (1964-1971), sus ensayos sobre El Derecho Indiano en Nicaragua, y El Derecho y el Estado en la etapa precolombina, especialmente en Nicaragua, (1978) y El Municipio en Nicaragua (1989), que aboga por el fortalecimiento del régimen municipal en el país. Siendo rector de la UNAN quien esta reseña escribe, juntos logramos la construcción del nuevo edificio de la facultad.

Sus aportes, serios y bien documentados sobre nuestro folclore, representan una inapreciable contribución al fortalecimiento de nuestra cultura e identidad nacional, especialmente ahora en tiempos de globalización. Baste con mencionar su exhaustivo y pionero estudio sobre “Las purísimas: su forma y sus orígenes” (1959) y “Los bailes de la “Gigantona” y sus derivados” (1993).

Como historiador, su entrañable amor por su natal León le ha hecho hacer importantes contribuciones a la vida de nuestra antigua capital y sobre la vida del músico leonés, el “divino leproso del Río Chiquito”, José de la Cruz Mena. Además, él y su inolvidable esposa, la extraordinaria poeta Mariana Sansón Argüello, fueron miembros del grupo entusiasta de profesores de la UNAN, que en la década de los años sesenta, nos dimos a la tarea de redescubrir las ruinas de León Viejo, y que no abandonamos la empresa hasta verla coronada por el éxito.

Muchos otros ensayos podríamos mencionar del doctor Buitrago Buitrago, que ojalá pronto sean coleccionados en un libro, pero por razones de espacio debemos concluir refiriéndonos a su indeclinable devoción dariana, que lo ha llevado no sólo a escribir lúcidos ensayos sobre la vida y obra de nuestro poeta (La casa de Rubén Darío: influencia del medio urbano durante su infancia, 1966), sino que a él se debe la existencia del actual Museo Archivo “Rubén Darío”, de la ciudad de León, que este año cumple 40 años de fundado. Fue el doctor Buitrago, quien siendo diputado ante el Congreso Nacional logró, en 1960, la aprobación de la Ley Creadora del Museo, y desde entonces, es el gran promotor del mismo, de su consolidación y enriquecimiento, hasta convertirlo en el centro por excelencia de conservación de los recuerdos darianos y de la colección más importante de libros y documentos de Darío y sobre Darío. Fueron muchos los obstáculos que la tenacidad del doctor Buitrago tuvo que vencer para hacer realidad la fundación del museo. Desde obtener los recursos para adquirir el inmueble, subdividido entre varios propietarios, hasta lograr la confianza de las familias leonesas y de otras partes del país, que conservaban celosamente reliquias darianas para que las donaran al recién fundado museo, que fue oficialmente inaugurado por el Presidente, doctor René Schick Gutiérrez, el 8 de febrero de 1964.

Desde la apertura del Museo-Archivo hasta la fecha, sin devengar ningún salario, el doctor Edgardo Buitrago Buitrago ha consagrado buena parte de su vida al fortalecimiento del museo, instalado primero en sólo una parte de lo que fue la casa de la tía Bernarda, en las famosas Cuatro Esquinas, de la antigua Calle Real de León, hoy Rubén Darío, hasta lograr el rescate de la parte oriental de la casa, que permanecía en manos de particulares, y completar así lo que fue la casa del niño y adolescente Darío.

Al celebrar los 80 años de vida de Edgardo, no podemos dejar de mencionar lo que representó el más feliz acontecimiento de su existencia: ligarla a la de esa singular mujer, poeta, pintora, escultora y diseñadora, que fue Mariana Sansón Argüello, nuestra gran poeta surrealista, de imaginación desbordante, fuente inagotable de metáforas, que abrió para la mujer nicaragüense las puertas de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Juntos formaron una pareja legendaria, a la que todos aprendimos a querer, respetar y admirar, como sucedió con el suscrito y mi esposa Rosa Carlota, que por décadas hemos disfrutado de su amistad.

¡Salud, Edgardo, por tus fructíferos 80 años! Los celebramos tus amigos con el mismo entusiasmo de siempre, como cuando juntos recorríamos las calles de El Laborío y El Coyolar, vivando a la Inmaculada Concepción, las noches inolvidables del 7 de diciembre, mientras evocábamos los versos de Alfonso Cortés: “No hay noche de verbena cual la pura / noche de la Purísima; noche de honda / luz de luna y luz del alma, blonda / noche en que baja Dios desde la altura”…

* El autor es escritor nicaragüense

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