Ya es demasiado tarde en Haití

Róger Mendieta Alfaro

El verdadero peligro es la pobreza. Después que llega la pobreza salta la miseria, y con la miseria, todos los males que uno es capaz de imaginar. El problema radica en que el verdadero peligro es sordo, ciego y corrosivamente mudo, porque está repleto de cómplices y orquestantes que se hacen de la vista gorda.

Lo que vive Haití en la actualidad, lo hemos observado —así lo habrá hecho Aristide—, lo hemos visto subir, como endémica desgracia galopante. Los nicaragüenses para hablar de nuestro problema de pobreza, y dar pie a argumentos del diente al labio, desgastados, casi en harapos hasta nos comparamos con la desventurada, Haití flotando en el puro cojinete del fondillo del mundo, como un extraviado jinete del Apocalipsis.

Nuestros elefantes blancos enjaezados de puros chismes y atropellos políticos de las más doradas y complejas clases, desde sus farisaicos tabernáculos han paliado la carroña del amenazante peligro de la pobreza, justificándola con embotadas sentencias sin contenido específico, a pesar del poder que tienen en la punta del dedo de la toma de decisiones: ¡Que Haití aquí! ¡Que Haití allá! ¡Que en Haití la población está muriendo de hambre! ¡Que los haitianos se comportan como salvajes!

Y ahí entran los sabios, los megasalaristas, los que pretenden llevar al país por el buen camino, haciendo circo de las instancias de Gobierno, ocupados, muy ocupados, en halar, casi desprender las canillas al gobernante.

El verdadero peligro está en la pobreza, y la pobreza sólo se supera trabajando, creando las condiciones humanas en donde los desempleados tengan oportunidad de abandonar su perjudicial estado de miseria. El mundo de hoy ha dejado de ser un grupo de estados aislados, para transformarse en inevitable organismo global que nos persigue y aprisiona con sus tentáculos. Nadie puede escapar a esta condición creada por el desarrollo tecnológico y el afán de riqueza y poder del hombre.

Con la mordacidad del talento verbal, entrenado en las malas prácticas que arrastramos históricamente, no llegaremos a ninguna parte, y esos discursos: llamarada de tusa parlamentaria, aunque valgan oro en polvo y sean pagados con sangre de los miserables, no tiene sentido, carecen de valor, sirven únicamente para distraer pavos y reales.

Hay que trabajar en una respuesta congruente con la realidad social, no con la mezquindad política. Olvidar el síndrome de Haití es lo justo. Quizá ahora existan condiciones para arrancar, tirar un poco al cesto de La Chureca el limosnerismo con garrote, y volver a formas de producción de otras décadas no tan buenas, pero mejores que las de la actualidad. Somos un país agrícola, mientras no se piense seriamente en hacer producir el agro de manera racional: industrializar nuestras fuentes marítimas, montando empacadoras de sus recursos; montar la industria de los recursos forestales en vez de exportar el bosque sin adecuadas normas de protección; captar los recursos del Cocibolca, disponibles y suficientes, para resolver el problema energético, de agua potable y de riego agrícola en la costa del Pacífico. Lo demás lo conocen los planificadores —el Presidente tiene bastantes— si es que lo quieren conocer.

Recordemos que si no somos capaces de enfrentar las tasas de desempleo, y moderar la lucha de cocodrilos para alcanzar un poder impune y cavernario… Nicaragua seguirá a Haití. Y creo que Haití será brutalmente sangriento, sin solución a corto plazo.

El autor es escritor

Editorial
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