Testigo

Reyes Gaitán Mercado Antes del terremoto de 1972 presencié el horroroso momento cuando un endemoniado sujeto asesinó a un pobre e indefenso hombre que estaba tranquilamente sentado en una esquina de la vieja Managua, comiendo un elote. Y cuando aquella infernal bestia pensó que su víctima había muerto, le miró la cara, hizo un gesto […]

Reyes Gaitán Mercado

Antes del terremoto de 1972 presencié el horroroso momento cuando un endemoniado sujeto asesinó a un pobre e indefenso hombre que estaba tranquilamente sentado en una esquina de la vieja Managua, comiendo un elote. Y cuando aquella infernal bestia pensó que su víctima había muerto, le miró la cara, hizo un gesto algo raro y exclamó: “¡Oh!, éste no era el piche que yo quería despachar, me equivoqué”.

Por esas cosas raras de la vida, cuando el maleante trataba de huir se apareció una patrulla de la Policía que lo arrestó y llevó a la cárcel. Dos días después de aquel abominable acontecimiento llegó donde yo vivía la esposa de delincuente, acompañada de un abogado, y después del saludo de rigor, dijo ella: “Vengo a suplicarle que me sirva de testigo para demostrar la inocencia de mi marido que se encuentra injustamente encarcelado”.

Yo le contesté que iría con mucho gusto, el abogado, después que escuchó mi positiva respuesta dijo: “Yo soy el abogado que tendrá a cargo la defensa del marido de esta señora que se encuentra detenido, y como usted nos servirá de testigo ahora quiero instruirlo sobre cómo va a ser su declaración. Además, vamos a gratificarlo con 4,000 córdobas por su valiosísimo testimonio”.

Después de escuchar aquella “halagadora” propuesta me sentí triste y colérico, y le contesté: “Discúlpeme señor, pero yo no diré lo que a usted le conviene que yo declare. Cuando el señor juez me mande declarar diré lo que escuché y miré en el momento cuando con lujo de saña asesinaban a aquella infeliz e indefensa víctima”.

Luego el abogado preguntó, algo enojado: “¿Y qué piensa declarar en el juicio?”

“Cuando el señor juez me mande declarar a él diré todo lo que usted desea saber ahora”.

La señora y el abogado salieron de la casa sin despedirse de este humilde servidor.

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