José Adán Silva [email protected]
La mujer salió trastabillando de la cantina. Algo obesa, de nalgas monumentales y moño sostenido por prensa-pelo, la pintura negra de los ojos se le corría por las mejillas al ritmo de las lágrimas que, en incontenible manantial, salían casi a borbotones.
Sin saber qué pedía la mujer y viéndola inconsolable, él procedió a abrir la puerta de su taxi. De vez en cuando, se enjugaba las lágrimas con la punta del delantal blanco que atado a la cintura, caía en bordes de encaje celeste a la altura de las rodillas desnudas.
Era la tarde de un sábado y por una casualidad de la vida él pasó por la cantina de Mama Naya, un tugurio a orillas de un lodoso río de aguas oscuras ubicado sobre la carretera a Tipitapa. Ahí ella le hizo la parada.
Cuando por fin la mujer pudo hablar, pidió que la llevara al barrio Reparto Schick a buscar a una amiga. Ya se veía un poco tranquila, aunque había mucha tristeza en su mirada. Él notó que a pesar de la obesidad, ella era una morena guapa, de senos grandes y bellos ojos negros. Entre los 35 y 40 años.
¿Puedo ayudarla en algo? preguntó él. Ella, sin voltearlo a ver dijo “no gracias”. Se hizo el silencio por varios minutos, hasta que ella notó que de la Radio Tigre tocaban una de los Bukis.
Súbale por favor. Y él le subió. Volvió el llanto. A la altura del Aeropuerto, frente a una gasolinera, ella pidió que se detuviera y la esperara. Luego volvió con un “six pack” de cerveza Victoria en lata. Le ofreció una y él, que le gustan los tragos, la aceptó. Entonces ella, en la solidaridad de las cervezas frías, se abrió.
¿Por qué los hombres son tan malditos?, preguntó con la rabia ocupando el lugar que kilómetros atrás dominaba la tristeza. Luego su historia: tenía un hombre más joven que ella, en el Mercado Oriental donde vende ropa. Era muy pobre, cargaba cajas y vendía lotería, pero a ella le gustó y le abrió el corazón. Lo vistió, le dio las llaves de la camioneta y lo llevó a su casa. ¿Y todo para qué? Para que el muy maldito la traicionara con una de las dependientas.
Por eso había ido a beber guaro con una amiga donde Mama Naya, pero el licor no le borraba el recuerdo y más bien lo avivaba. ¿Sabe usted cómo se olvida?, preguntó ella, y él, ya con tres cervezas adentro, atraído por sus bellos ojos negros y con la imagen del monumental trasero entrando a comprar cervezas a la gasolinera, le respondió en abierto plan seductor: “Págale con la misma moneda, amor”.
Esa noche la historia terminó en un motel, donde el delantal blanco enjugó otros líquidos que no precisamente eran lágrimas de dolor.
En la oscurana de la Avenida Universitaria Javier es un ex policía de Tránsito que ya hace dos años dejó el servicio por un nuevo y mejor remunerado empleo.
El cuento de don Félix, y la mujer que dice que se lo cogió por despecho. El muy jueputa me las pegó, pero ahora me toca a mí, amigo. Y fuera delantal, fuera chinelas, y venga que para eso estamos. Luego, ya en el tramo, no me acuerdo de usted.