La fuerza de Yolanda

José Adán Silva [email protected] “Vieja pendeja, andá cuidá chavalos a tu casa”. Por muchos años esta frase, quizás la más benigna y publicable de las que en las calles le gritaron, ha repercutido con dolor en los oídos de doña Yolanda: “Si supiera cuántas cosas obscenas me han gritado”. Al inicio, cuando las habilidades de […]

José Adán Silva [email protected]

“Vieja pendeja, andá cuidá chavalos a tu casa”. Por muchos años esta frase, quizás la más benigna y publicable de las que en las calles le gritaron, ha repercutido con dolor en los oídos de doña Yolanda: “Si supiera cuántas cosas obscenas me han gritado”.

Al inicio, cuando las habilidades de manejo eran lentas y tímidas, tales ofensas salidas de gargantas masculinas la ofuscaban de tal manera, que más de una vez lloró sobre el timón, recordando a aquel marido suyo que se fue del mundo para heredarle un oficio al cual muy pocas mujeres se atreven entrar: “Ruletear”.

Las manos de Yolanda Rodríguez son fuertes y ásperas. Asidas al volante y a la palanca de cambios, no conocen el cuidado femenino que otras se procuran. “Mis manos son para trabajar, para darle de comer a mis hijos… ya se les fue el tiempo para acariciar”, dice.

Se inició en este negocio hace cinco años cuando su pareja, que era taxista, murió y la dejó al desamparo con cinco hijos. No tenía carro, ni licencia, ni idea de qué iba a hacer para sobrevivir y mantener a la prole, así que un buen día en que el hambre apretaba con fuerza, decidió prestar un taxi a un amigo de su finado esposo y con las pocas horas de prácticas que una vez logró, se decidió ir a probar suerte a la calle.

Cuenta que, como todo inicio, fue duro. “No es lo mismo comenzar joven, que ya mayor, vieras qué triste ha sido esto”, cuenta Yolanda, quien a sus 49 años, ya no tiene más esperanza de mejorar su vida con otro empleo.

“Al menos aquí saco para medio engañar a mis hijos con la comida”, dice y sonríe con tristeza. La coquetería y el carmín de la vanidad femenina parecen haberse extraviado hace muchos años del rostro de ella. “En este trabajo no hay tiempo para pensar en eso, debo buscar cómo pagar el carro”, comenta y explica que el Hyundai gris que ahora maneja con destreza por las calles de Managua lo está pagando con abonos.

“Pero está duro esto, viera qué difícil se ha vuelto trabajar con los taxis, hay muchos, demasiados taxis en la calle y eso está matando el negocio”, dice y toca el claxon para indicarle al taxi de frente que la luz roja del semáforo ha dado paso al verde.

“Dios guarde que antes le hubiera pitado a un taxista, me vulgareaba”, dice riendo. Para Yolanda, las ofensas, poco a poco, han ido cediendo para dar lugar al respeto entre los colegas que la conocen. “Todavía hay uno que otro cadete que no me conoce y me quiere ofender, pero cada vez son pocos”, comenta con la vista clavada en la pista asfáltica, atenta a esquivar al busero imbécil que ha invadido el carril contrario para adelantar a otro viejo bus destartalado que va en medio de la calle como si fuera el rey del mundo.

Hemos llegado a mi destino y ella, dejando los pudores de un lado me dice de soslayo:

—¿Y no me va a preguntar de dónde saco mi fuerza?

—Cómo no, doña Yolanda, dígame de dónde le sale la fuerza para estar en esto.

—De Dios y mis hijos, amiguito, de Dios y mis hijos—, responde y me muestra la vieja Biblia azul que como por arte de magia apareció en sus ásperas manos que, a como ella misma dice, ya hace mucho se les fue el tiempo para acariciar.

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