Un alto porcentaje de cortadores son jóvenes y adolescentes que en muchos casos no toman muy en serio la tarea de cortar. La diversión y los pasatiempos son su prioridad.

El corte de café, trago amargo entre los surcos

Frío, mala alimentación, mal dormir, terreno accidentado en los cafetales y cargar con sus pequeños hijos, conforman entre otras cosas el común denominador de miles de cortadores de café que cada año levantan la cosecha del “rojito” en Nicaragua, recibiendo a cambio salarios que promedian 300 córdobas quincenales Jehú Hernández Sandoval [email protected] Norwin y Luisa […]

  • Frío, mala alimentación, mal dormir, terreno accidentado en los cafetales y cargar con sus pequeños hijos, conforman entre otras cosas el común denominador de miles de cortadores de café que cada año levantan la cosecha del “rojito” en Nicaragua, recibiendo a cambio salarios que promedian 300 córdobas quincenales

Jehú Hernández Sandoval [email protected]

Norwin y Luisa cometieron el error más frecuente entre la gente del campo. Trajeron al mundo a Heibing cuando ella apenas tenía 15 años y él 17. Desde entonces sintieron como si la suerte les hubiera dado la espalda. No tuvieron un trabajo fijo y tampoco un lugar donde vivir. Se convirtieron en verdaderos nómadas.

Un amigo le dijo a Norwin: “Vamos a cortar café, dicen que la cosecha está buena y nos podemos ganar unos centavitos”. Al joven padre le pareció una buena idea y tuvo la impresión de que la suerte al fin les sonreía.

Alistó en un saco macén algunas de sus pertenencias. Tomó en sus brazos a su tierna hija, de apenas siete meses de nacida, y le pidió a Luisa que lo acompañara. Abordaron un autobús que los trasladó de Muy Muy hacia Matagalpa, donde después subieron a un camión que llegó a esa ciudad a llevar cortadores hacia la Hacienda San Luis, en la comarca Molino Norte.

Norwin es un jovencito de 18 años que por su tamaño aparenta 14. De piel morena y escasa estatura, parece acompañar a su hermanita menor cuando camina junto a Luisa. Sus botas de hule casi hasta las rodillas, contrastan con las chinelas de hule que lleva ella.

La vestimenta de ambos revela de inmediato su escasez económica. Llevan sus enseres en sacos macén y para ella, aunque tiene la piel morena, el Sol es su peor enemigo. El rostro de Luisa tiene una expresión infantil casi ingenua. Muy pocas veces se le escucha pronunciar palabras, según Norwin, por timidez.

La historia de estos padres prematuros no difiere en mucho de los miles de cortadores que cada temporada llegan a las haciendas cafetaleras del norte nicaragüense en busca de un salario, los tres tiempos de comida y un techo para dormir.

Y ahí está Norwin, haciendo fila a las cuatro de la mañana para que le den su desayuno y el de Luisa. Una panita plástica es suficiente para recibir las dos raciones de frijoles cocidos, arroz y una tortilla del tamaño de un LP (Long Play o disco de larga duración en acetato, para los que son un tanto jóvenes y no tuvieron la dicha de conocer esos discos) En una botella no retornable de gaseosa, recibe también las dos porciones de café.

Cuatro mujeres y dos varones se dividen las tareas de la cocina. Uno de ellos parece albañil por la forma en que reparte la comida, y el otro, muy pausadamente mide las raciones de café. Mientras, ellas se dedican a palmear las tortillas y cuidar el punto del arroz y los frijoles que servirán en el siguiente tiempo, que reposan en grandes cacerolas sobre fogones perpetuos.

Algunos de los 350 cortadores que se encuentran en la fila prefieren no perder tiempo en el cafetal y desayunan en ese mismo instante, otros deciden guardarla para comerla cuando sean las siete u ocho de la mañana, sentados al pie de la mata en medio de un surco en el cafetal. La comida la sienten deliciosa por el hambre, pero el café se convierte para muchos de ellos en un trago amargo entre los surcos.

Norwin carga con su comida. Pero también lleva entre sus brazos a Heibing quien reposa entre dormida y despierta envuelta en una colchita a cuadros en rosado con blanco. ¡Claro, es mujercita! Aún en medio de su pobreza tienen la delicadeza de comprarle “ropita para niña”.

Los tres suben al camión que los llevará a su jornada y se apretujan entre los sesenta cortadores más, incluso niños de edades entre meses hasta doce años, los mayores forman parte de la mano de obra infantil.

Al poco tiempo inicia el descenso. Cargar a Heibing es cada vez más pesado e incómodo. Ayudándose mutuamente, Norwin y Luisa bajan del camión y se agregan a la fila como de hormigas que va tras el capataz.

El sonar de un cuerno de toro les va indicando el camino a seguir. Uno a uno, o de dos en dos, el capataz les asigna el surco en el que cortarán ese día. A los jóvenes padres les tocó este día un surco en una zona “medio plana”, “pero hay días que nos ponen en unos barrancos que no sabemos qué hacer con la niña”, expresa Norwin.

Muchas cortadoras cargan con sus hijos. Los grandecitos juegan entre surcos, inventando a cada momento una distracción diferente. Los más pequeños reposan en hamacas colgadas entre las matas de café o en sacos tendidos en el suelo, entre la maleza.

Poco a poco los granos van colmando los canastos. Con dificultad estos jovencitos llegarán a cuatro medios en toda la jornada, es decir, a 26 córdobas entre los dos durante todo el día.

“A veces hacemos más, pero es que la niña nos atrasa mucho. Nos dan ganas de irnos a dejarla con la mamá de la Luisa y venirnos solos, pero el problema es que ella sólo mama la chiche (el pecho)”, lamenta el padre.

El capataz nuevamente hace sonar el cuerno de toro, ha llegado la hora de almuerzo. Poco a poco los cortadores se desgranan hasta conformar una larga fila al lado del camión que lleva los peroles con arroz, frijoles cocidos, tortillas y pozol. En cada grupo de cortadores hay casi 150, sin contar a los niños.

A pesar de las duras condiciones en que trabajan, no falta uno que otro bromista que hace más pasajera la jornada. Chistes, cantos y risotadas dan la impresión que el esfuerzo físico fuera mínimo. “¡Qué joden a la gente humilde ustedes, hombréeee!”, grita alguien fingiendo la voz…

Algunos llevan un pequeño radio de pilas que cuelgan de la mata que están “desgranando”. Música ranchera como El tucanazo, La mula chula y hasta música cristiana llena el ambiente.

En otro radio suena “El chicle se me pegó, el chicle se me pegó”… la viñeta dice… “Galáctica”. Más allá, en otro, se escucha: “Sabanero… aay, aaay, sabaneeerooo”.

En otro momento se hace un silencio sepulcral, como si nadie estuviera en esas laderas… de pronto una ráfaga de viento y alguien grita: “¡A la puta qué fríooooo!”

Un grupo más adelante escucha la transmisión de la elección de la Junta Directiva de la Asamblea Nacional, las opiniones son muchas y encontradas.

NUEVA GENERACIÓN

En el grupo de Norwin, y todavía más en los otros dos grupos de cortadores, predomina gente de corta edad. Muchos varones y pocas mujeres de entre 16 y 25 años. Los mayores de 30 se pueden contar con los dedos de la mano. Y ésa es una característica de la nueva generación de cortadores.

La tradición de ese oficio parece haberse truncado en algún momento de la historia reciente de este país, dando paso a nuevas descendencias un tanto desinteresadas, poniendo a un lado la preocupación y la dedicación de los cortadores de antaño.

Así varios chavalos que habitan en el barrio La Chispa, de Matagalpa, que han decidido dejar la ciudad y buscar el “rial” en los cortes se las pasan jugando y bromeando durante la jornada.

Los resultados de ese comportamiento se observan a la hora de la medida. Damaris, por ejemplo, no midió más que dos medios y cuartillo. A los demás les fue igual.

Pero Norwin y Luisa, con un aire de seriedad en sus rostros, bajaron el producto de su trabajo en hombros. Llegaron hasta el camión donde un “planillero” les pidió la tarjeta de control para anotar el resultado. Entre dos hombres realizan la medida, tirando luego el grano a la plataforma de un camión y uno de ellos grita: “Cuatro medios y un cuartillo”, para que el “planillero” anote esa cifra en la tarjeta de Norwin.

La rutina de medición continúa: “Olga Orozco… seis medios y cuartillo, ¡más tarjetas, más tarjetas! Hilda… tres medios; Maricela… tres y un cuartillo; María Cristina… cinco y un cuartillo; Francis Damaris… tres medios…”

Con la expresión de sus rostros un tanto desalentada, Norwin toma a Heibing y emprende el regreso, esta vez a pie, hasta la casa hacienda. Lo siguen uno a uno los que van terminando de medir su grano. Al llegar, sólo se medio acomodan en los galerones donde duermen, ellos les llaman campamentos, para luego enfilarse y retirar la cena. El menú es el mismo: frijoles cocidos, arroz, tortilla y café.

Para quienes gusten mejorar esa ración, el patrón ha instalado un comisariato en el que les ofrece algunos complementos alimenticios. Se los da al crédito para luego deducirlo de planilla el día de pago.

Casi la mitad de los cortadores se marcha por la tarde en camiones que los llevan hasta Matagalpa. Esa rutina es diaria, los recoge a las 4:00 a.m. y los lleva de regreso a las 4:30 p.m.

La otra mitad se queda reposando en los campamentos. Se bañan en la quebrada, se cambian ropa, las mujeres se arreglan el cabello y se dan un toque de “maquillaje” en la cara. Los niños inventan cualquier juego para “matar el tiempo”.

Los adultos se reúnen en grupos de cuatro o cinco a conversar temas propios de su condición de vida. Que el corte está malo… que se le enfermó la chigüina (niña) más pequeña… que no ha ido a su casa desde hace un mes… que Carlos Noguera quedó de presidente en la Asamblea Nacional… que Arnoldo Alemán saldrá libre…

EL PAGO

Al frente de la oficina donde reciben el pago cada quincena, se instala un minimercado provisional ofreciendo todo tipo de chucherías, ropa, zapatos, juguetes, navajas, relojes, anteojos, accesorios para belleza, entre otras. También deambulan vendedores de Eskimo, raspados, leche agria, quesillo, dulces… Dos soldados custodian la entrada como parte de los acuerdos asumidos por el Gobierno con los productores, para reducir las posibilidades de un asalto.

Los dueños de la Hacienda San Luis optaron por trasladar a los cortadores hacia Matagalpa para que reciban su pago, después de varios asaltos sufridos en la carretera, en los que se llevaron el pago de la planilla.

Se escucha la voz de un planillero, diciendo: “249.35; 303.75; 190.80; 140.25…” la persona que tiene al lado cuenta cada suma y la entrega a los cortadores. Esas cifras son los pagos que reciben como salario de esa quincena, una vez que les han deducido lo que sacaron al crédito en el comisariato.

Benjamín, un cortador que sale del recinto con el dinero en las manos, exclama: “¡Por eso es que la gente ya no quiere venir a cortar, porque es una m… lo que uno agarra!”

Pero Norwin y su mujer no tienen otra alternativa… y deben aprovechar la temporada cafetalera junto a muchas familias campesinas y conformarse con el poco dinero que se ganan para poder alimentar a su tierna niña.

EL SALARIO

Los productores cafetaleros de Matagalpa y Jinotega se vieron afectados este año por la falta de mano de obra para levantar la cosecha. De 70 mil que se movilizan cada año, en el período 2003-2004 sólo lograron mover a 50 mil, provocando pérdidas hasta la primera semana de enero de alrededor de cien mil quintales de café oro, lo que representa unos siete millones de dólares.

En gran parte, la falta de brazos se debe a la emigración hacia Costa Rica, donde se paga mejor a los cortadores. En Nicaragua pagan alrededor de 6.50 la lata, mientras que en Costa Rica pagan el equivalente a 14 córdobas, además, una vez que termina el corte de café hay opciones para trabajar en otros cultivos.

El Ministerio del Trabajo estipuló un incremento de casi el 25 por ciento en el precio que los productores deben pagar por lata cortada, tratando de incentivar a los cortadores tradicionales, sin embargo, a la fecha no se ha implementado y las haciendas cafetaleras aún no reciben la cantidad de brazos requeridos para esa labor.

Para Joaquín Solórzano Lanzas, directivo de la Asociación de Cafetaleros de Matagalpa (Asocafemat), esa medida fue tomada a “deshora”, ya que más de la mitad de la cosecha había sido cortada o estaba sobremadurada tirada en el suelo.

Sin embargo, los cortadores de café aseguran que el precio de la lata cortada, aún con el aumento en el precio, se quedó muy corta. Un cortador de café promedia entre 300 y 350 córdobas quincenales, quedándose muy por debajo de las expectativas de un obrero agrícola.

LAS TUNAS Y EL LIBRA POR LIBRA

“El pago no es lo que evitó que los cortadores se integraran a las haciendas cafetaleras, sino más bien los acuerdos tomados de previo entre el Gobierno y dirigentes campesinos en Las Tunas, además del Programa Libra por Libra (del Ministerio de Agricultura), que convirtió a los cortadores de café en pequeños productores”, dijo Joaquín Solórzano Lanzas, directivo de la Asociación de Cafetaleros de Matagalpa (Asocafemat).

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