Un sueño que se volvió pesadilla

Jorge J. Cuadra [email protected]

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Un sueño que se volvió pesadilla


Jorge J. Cuadra V.
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El 1 de enero de 1959 se dio el triunfo de la revolución cubana. Su líder, el doctor Fidel Castro Ruz, reunía las cualidades de un gran caudillo y aunque las cosas no salieron como muchos esperábamos que salieran, no por eso Fidel dejó de ser el caudillo que es. Carismático, elocuente, genial, iluminado por el aura de los grandes dirigentes, líder estudiantil y connotado luchador contra la dictadura batistiana. Si le faltaba algo para acercarse a la perfección, lo conseguía de sobra por el hecho de ser ex alumno del exclusivo Colegio Belén, en La Habana, regentado por los grandes maestros de la intriga, los padres jesuitas, quienes entre muchas cosas, son expertos en preparar dirigentes para todos los terrenos de la vida, especialmente en el del poder político. Sea el gobierno de izquierda, de centro, o de derecha, en ellos se encontraran siempre más de un ex alumno jesuita, tal y como lo hemos visto aquí en Nicaragua.

Cuba se había sacado la lotería con Fidel a la cabeza de una revolución que iba a terminar con la tiranía corrupta de Batista, para imponer la gloriosa democracia con todo el empuje de progreso y de honestidad. Los ojos del mundo estaban puestos sobre el nuevo líder que prometía un paraíso de paz y de trabajo. En su campaña guerrillera había prometido terminar con la corrupción imperante, cuyo principal producto eran los miles de prostíbulos en donde se corrompían las muchachas cubanas de escasos recursos económicos, atraídas por el río de dólares que corría por las calles de La Habana, y lo cumplió. Había prometido cerrar los miles de casinos en donde terminaban los salarios de los trabajadores cubanos, y lo cumplió. Había prometido expulsar a la mafia norteamericana de las costa cubanas, dueña de todos los antros de perdición que florecían en la isla, y lo cumplió. Dijo que iba a llevar la salud y la cultura a los lugares más recónditos del interior del país, y también lo cumplió y elevó el nacionalismo a alturas antes nunca alcanzadas.

Pero también dijo que iba a instalar la democracia, la libertad y la paz en su sufrida isla, y no lo cumplió. Traicionó al pueblo que lo había apoyado y protegido durante su cruzada y al triunfar puso a funcionar el paredón con rabia asesina. Muy pronto los hogares cubanos se llenaron de dolor y de lágrimas y lo que iba a ser un paraíso abierto se convirtió en un infierno cerrado. El hecho de que Cuba sea una isla, lo favoreció para tener al pueblo prisionero, porque no es lo mismo escaparse por un punto ciego de una frontera terrestre que lanzarse al mar Caribe infestado de tiburones y de olas gigantescas. El precio de la libertad se pagaba con el riesgo de abordar cualquier cosa que flotara, sin tener la menor certeza de llegar vivos a la otra orilla, a las costas de Florida, a los Estados Unidos de América, justo premio para los valientes que se arriesgaban a semejante travesía. Carcomido por la polilla del desencanto, el pueblo cubano, ávido de libertad, se lanzaba al mar sin importarle si en la travesía algunos quedaban sepultados en el fondo del estrecho de la Florida, o atrapados en las fauces de un tiburón hambriento. Cualquier cosa con tal de escapar del infierno y vivir en libertad, hasta convertir en un cementerio las aguas violentas del Caribe antillano.

El régimen castrista se ufana de sus adelantos en materia de educación y de salud. El analfabetismo casi no existe, y los hospitales y médicos son tan buenos, que existe el turismo de salud. Las playas compiten con los hospitales y se reparten los miles de turistas que a diario llegan a Cuba.

Pero de qué sirve todo eso si no se tiene la libertad de hacer y de decir lo que a uno le venga en gana, siempre y cuando se guarden los elementales parámetros que exige una buena educación. Si el cubano quiere decir lo que le da la gana, tiene que exponerse a la aventura de su vida y tomar una precaria embarcación, cuya brújula es la esperanza de llegar con vida a tierras de libertad. De qué sirve que el 95 por ciento de los cubanos sepan leer y escribir, si no pueden ejercer ese privilegio sin exponerse a ser condenados a 20 años de cárcel por leer y escribir lo que prohíbe el tirano. De qué sirven los buenos hospitales y los buenos médicos, si por no estar de acuerdo con el dictador que gobierna la isla, el pueblo se muere en las inmundas ergástulas de la última tiranía de América, o fusilado ante el pelotón asesino que no ha dejado de funcionar a lo largo de estos cuarenta y cinco años de represión y de muerte.

Resulta irónico que a sólo 90 millas del santuario de la democracia, subsista el infierno de la dictadura. Los Estados Unidos jamás han hecho el menor intento por rescatar de las garras asesinas del tirano del Caribe, la tierra de José Martí, de Agramonte y de Machado. Desde la intentona de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, no se ha vuelto a intentar otro asalto al reino del terror. Al ver esa realidad, no queda otra alternativa que darle validez a los compromisos adquiridos durante la crisis de octubre de 1962, cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron y el apocalipsis atómico parecía inevitable. La Unión Soviética quería instalar cohetes nucleares en la isla de Cuba, hecho que hubiera dañado seriamente la seguridad de toda la costa este de EE.UU., y para evitar semejante catástrofe que hubiera terminado en una guerra nuclear de incalculables consecuencias, Estados Unidos se comprometió ante los soviéticos a no invadir Cuba por los siguientes noventa y nueve años. Por su parte, la Unión Soviética se comprometió ante los Estados Unidos a retirar sus cohetes de Cuba y a no instalarlos nunca más. El mundo civilizado se había salvado una vez más, pero a costa de la libertad de Cuba.

Cuarenta y cinco años después de aquel 1 de enero lleno de esperanzas, Fidel Castro Ruz sigue gobernando con mano de hierro el destino de los cubanos que, o porque no quieren, o porque no pueden, no han abandonado Cuba, cuna de la tiranía más antigua y más sangrienta de América Latina.

El autor analista político.

Editorial
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