Marlon José Navarrete
En la época que Jesús estuvo en este mundo y más antiguamente, la condición de la mujer era deplorable. No era considerada como ser humano sino como un ser inferior, aunque estuviera casada o fuese viuda, y al no poder ser circuncidada no era partícipe de la Alianza con Dios. Ellas no podían sentarse adelante en los templos, no tenían derecho a leer ni predicar la ley de Moisés, actuar como testigos en un juicio, enseñar a sus propios hijos, hacer oración en la mesa o participar en política. Y si padecía de hemorragias era considerada impura.
Los judíos daban gracias a Dios por no haber nacido mujer y los griegos tenían el mandato que les decía: “Sé bonita y cállate”. Jesucristo rescató la dignidad de la mujer y la defendió de los abusos, predicando la igualdad entre hombre y mujer por ser ambos hechos a imagen y semejanza del Padre. Jesús incluso es acompañado por un grupo de mujeres, conversa con ellas y no las condena por sus pecados, porque ve en ellas a un ser más allá del objeto del deseo sexual. La misericordia de Dios se impone ante la miseria humana. La figura principal es su Madre María Santísima, como modelo de virtud ante Dios y los hombres y colaboradora de la salvación.
Cristo nos enseña que a la mujer no se le debe discriminar, ni ver como a una degenerada o prostituta, sino a respetar su dignidad como persona.