- ¿Qué ocurre cuando más de cien personas enloquecen en un remoto pueblo miskito? Un periodista relata las vicisitudes que viven los pobladores de Raití tras tres meses de Grisi Siknis
Juan Ruiz [email protected]
PRIMERA ENTREGA
Imagine que el diez por ciento de los habitantes de su localidad sufre de ataques de histeria, motivados por supuestas visiones diabólicas. Imagine que los enfermos se reúnen para destruir las construcciones del lugar, armados con palos, piedras y hasta machetes, que no dudan en lanzar cuando alguien trata de arrebatárselos. Imagine que la mayoría son adolescentes y que les ocurren estas crisis entre tres y cuatro veces al día. Imagine que no hay ni medicinas que los calme ni policías que los detenga. Imagine que su localidad se encuentra en la selva, a un día y medio del próximo pueblo.
Eso es Raití.
Daniel McOwen tiene 27 años, bigote ralo y cara de buena persona. Es un campesino cuyas únicas posesiones son una mísera casa de madera y un pequeño huerto de donde provienen todos sus alimentos. El suyo no fue el primer caso de Grisi Siknis, pero supuso el detonante de la enfermedad. McOwen está considerado el líder del “grupo de los locos”, como denominan en Raití a los enfermos; él los dirige cuando están en crisis y arremeten contra las casas. Dentro de su familia hay cuatro casos de esta dolencia: su madre, su hijastra, un sobrino y él. Su mujer, que está embarazada de casi nueve meses y sufre de anemia, presenta los primeros síntomas.
McOwen no es un caso aislado. Casi 150 personas en esta comunidad de 1,600 habitantes transitan el mismo drama. La mayor parte son adolescentes, pero también hay casos como el de Jordan Serapio, un esquelético niño de seis años, o el de Rafaela Osorno, la madre de McOwen, de 56.
EL ATAQUE
Los habitantes de Raití sabían a qué se enfrentaban al comenzar las primeras convulsiones y conductas violentas. Ya habían sufrido de Grisi Siknis en la década de los ochenta, cuando en plena guerra todos ellos se trasladaron a Honduras y fundaron un barrio llamado Raití Bodega en la localidad de Mokorón. Cuentan que un curandero solucionó entonces el problema, pero nadie aquí sabe dónde se encuentra ese hombre, ni si continúa con vida.
La comunidad, en un principio, recurrió a los sanadores locales, pero apenas lograron mejorías. Como dijo Alan Muñoz, quien también tiene varios familiares enfermos, “ésta es una enfermedad miskita, producida por brujería. Tiene que ser un miskito el que la cure”.
Algo parecido debió pensar el Ministerio de Salud (Minsa) cuando, tras más de dos meses de Grisi Siknis, se interesó por la situación, lo primero que hizo fue contratar a un nuevo curandero, Carlos Salomón Taylor. Cuentan que su comportamiento fue burlesco y mercantilista. No sólo no consiguió sanar a los enfermos, sino que dos días después de haber terminado su trabajo aparecieron nuevos casos, hasta llegar a los 139 actuales.
Porcela Sandino, una curandera de Puerto Cabezas, llegó a Raití el pasado 19 de diciembre, un mes después de la primera visita del Minsa. En la reunión previa con los líderes locales pidió la asistencia de hombres fuertes durante el proceso de cura, “porque, cuando empiece a tratarlos, los enfermos van a sufrir un ataque muy violento”.
A la mañana siguiente, mientras los pacientes formaban una gran cola para ser bañados por Sandino, estallaron las convulsiones. Apenas había hombres sanos para controlar la situación. Cornelio Muñoz, un musculoso joven de 18 años, se retorcía y gemía, moviendo la cabeza a un lado y a otro. Su crisis tuvo un efecto dominio sobre el resto de enfermos.
En tan sólo cinco minutos, lo que era una organizada fila de personas pasó a ser una batalla campal. Los enfermos corrían, daban volteretas, patadas al aire… Sus ojos estaban entrecerrados, como si fueran sonámbulos. Agarraron palos, piedras, láminas de zinc y algún machete.
Dirigieron sus ataques hacia donde Sandino realizaba la curación, la casa donde el equipo del Minsa se refugió y el espacio en el que se celebran las reuniones de la comunidad. Durante una hora estuvieron golpeando y lanzando piedras contra estas casas. Nadie los detuvo.
Todo el pueblo se encerró en sus viviendas. Algunos líderes locales, que permanecieron junto a los médicos, sonreían amargamente. “Nos sentimos abandonados. Es como si estuviéramos solos en el mundo”, habían dicho la noche antes. Puede que pensaran que un ataque masivo de este tipo, delante de los médicos del ministerio, sirviera para terminar con el desamparo en el que se encuentran.
TESTIMONIO
“Los ataques comienzan con sudores, dolor de cabeza y palpitaciones. Veo que un animal se me acerca y siento que muero. Algo me obliga a tomar un palo y golpear las casas, pero es como si fuese el animal quien lo hiciese. Ya no trabajo en el monte, porque si me da el ataque allí puedo morir, así que no tenemos nada para comer. Soy un hombre respetable, con mujer e hijos, y me da muchísima pena andar por las calles como un loco”, relata Daniel McOwen, una de las primeras víctimas del mal.
PIE DE FOTOS:
1.- El cansancio y la tensión corporal acumulada hicieron que Yanet Salomón tuviera que ser cargada por varias personas tras su ataque.
2.- La curandera se negó a revelar los ingredientes de sus pócimas. En la foto, el líquido con el que mojó a los enfermos.
3.- Walter DÁmaso, uno de los enfermos, en la primera fase de la crisis, tras recibir el baño de la curandera.
4.- La curandera Porcela Sandino visitó el cementerio del pueblo, la selva y el Río Coco para purificarlos.
5.- Las víctimas del Grisi Siknis dicen verse impelidas a cargar contra las construcciones de Raití.
Fotos de Germán Miranda