Violeta Reyes de Padilla
La estrella de oriente despertó de un largo letargo y volvió a la vida después de estar a oscuras durante milenios. Ella recibió una misión que la hizo resplandecer y brillar más que las otras estrellas y gozosa se dispuso a cumplirla. Su misión consistía en anunciar a los Reyes Magos y al mundo el nacimiento de Jesús. Una estrella desconocida fue el instrumento que usó Dios para dar a conocer la venida al mundo de su hijo amado, su predilecto. Los cristianos tenemos una misión que cumplir: nos toca a cada uno dar a conocer a Jesús y su Evangelio.
Hoy la estrella feliz, con su misión, va rauda camino de Belén y se detiene sobre un humilde estable en las afueras del pueblo. Allí se encuentran María y José recogidos en oración esperando la llegada del Hijo de Dios y de María, que pronto nacerá.
A medianoche nace el Niño Dios, sin que el mundo se dé cuenta, pero los cielos están de fiesta y los ángeles, arcángeles, querubines y serafines bajan a conocer al Niño recién nacido y le adornan mientras los coros celestiales le arrullan con música divina. Le contemplan y le adoran estupefactos de que el Hijo de Dios se haya hecho niño.
Esta noche va a nacer de nuevo Jesús. Dejemos que nazca en cada uno de nuestros corazones; recibámosle con gran amor y un corazón limpio de rencores, de egoísmos, envidias y soberbia. Despojémonos de todo lo que nos impide que Jesús obre en nosotros. Pidamos perdón por nuestras faltas y pecados con el propósito de cambiar para que, llenos de amor, formemos a los que nos rodean comenzando con nuestra familia, a los amigos y enemigos, a los gobernantes y gobernados y así tendremos una sociedad que se preocupe por los demás.
Niño Jesús, como todos los años, te hago mis peticiones especialmente por las familias y por la Patria. Viene a mi memoria la petición que hice al Niño Dios cuando tenía siete años y quiero compartir con ustedes, mis amigos, esta anécdota que creo les será simpática.
En ese tiempo ya había aprendido a leer y me habían regalado los cuentos de Andersen y mi mente vivía en ese mundo imaginario de hadas y princesas encantadas y príncipe azul. Estando próxima la Navidad decidí pedirle al Niño Dios, en mi carta, un príncipe consorte. Al contarle a mis primas mi pedimento, ellas me dijeron que en América no había príncipes y que me conformara con un marido presidente… y así se lo pedí al Niño Dios. Desde entonces yo tenía un concepto bien definido de cómo debía ser un príncipe o un presidente. Un gobernante debería ser valiente, veraz, honesto, preocupado por la salud, alimentación, educación y trabajo para todos. Por supuesto debería inculcar a sus gobernados valores morales y religiosos y saliera siempre en defensa de la vida humana, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. Apoyar la familia y a la mujer en su condición de esposa y madre, sobre todo.
Ahora que tenemos un presidente con muchas cualidades y que quiere acabar con la corrupción, tarea muy difícil pues es un mal endémico que está arraigado en nuestro país, te pido, Niño Jesús, que nos ayudes a todos los nicaragüenses a poner de nuestra parte para sacar a nuestro país adelante. Necesitamos que nos envíes a tu Santo Espíritu e ilumines a los políticos y derrames abundantemente tus dones: ciencia para que puedan vivir plenamente la vida de Cristo. Consejo para que puedan gobernar sin soberbia ni maldad. Sabiduría para que sepan conducir a nuestros pueblos. Piedad para que el amor esté presente en todos sus actos.
Divino Niño, te pido que todos nosotros los ciudadanos comprendamos que tenemos que aunar esfuerzos para encaminar este país por un sendero de justicia y bienestar.
Niño Jesús, haz que hoy todos los nicaragüenses abramos nuestros corazones y vengas a morar en ellos y renuévalos. Bendice a las familias y a cada uno de los nicaragüenses y nos concedas la justicia y la paz.
La autora es miembro de ANIMU.