La deuda odiosa

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La deuda odiosa





Una de las condiciones que Nicaragua debe cumplir para entrar al programa HIPC y que le perdonen el 80 por ciento de su deuda externa de más de seis mil millones de dólares, es la aprobación de una ley que regule el endeudamiento público.

Supuestamente, con esa Ley que la Asamblea Nacional aprobó ayer Nicaragua no se volverá a endeudar desmesuradamente, como ocurrió hasta ahora y sobre todo bajo el régimen sandinista, que incrementó la deuda externa de 1,200 millones de dólares que era en 1979, cuando se adueñó del poder, a la suma desproporcionada –para las posibilidades económicas del país–, de más de 12 mil millones de dólares en que la dejó en 1990, cuando tuvo que entregar el gobierno.

En realidad, no cabe ninguna duda de que el régimen sandinista fue en todos los aspectos el más irresponsable de todos los gobiernos que ha tenido Nicaragua, desde la independencia nacional de 1821 hasta ahora.

Pero los gobiernos posteriores a la debacle sandinista renegociaron exitosamente la descomunal deuda externa que dejó el régimen del FSLN, y más o menos la mitad fue perdonada por distintos países y organismos acreedores. Por eso la deuda externa es ahora de “apenas” unos seis mil millones y pico de dólares; pero aún así es onerosa e impagable debido a la precariedad productiva de la economía nacional. Y por eso mismo es una apremiante necesidad que Nicaragua llene los requisitos para ser admitido en la categoría HIPC y reconocido como uno de los países más empobrecidos e insolventes del mundo.

Pero no es cierto que con esa Ley sobre el endeudamiento público Nicaragua no volvería a “enjaranarse” desmedidamente. La verdad es que las leyes se deshacen de la misma manera que se hacen, y bastaría con que el próximo gobierno fuese asumido otra vez por una pandilla de irresponsables y corruptos, como los del FSLN y el anterior del PLC, o que las cúpulas libero-sandinistas así lo decidan en el nuevo pacto que están fraguando de manera descarada, para que dicha pieza legislativa sea derogada una vez que el país haya conseguido la condonación del 80 por ciento de la deuda actual.

En realidad, lo único que podría impedir que el país vuelva a endeudarse como hasta ahora y que comience por fin, desde que los sandinistas tomaron el poder en 1979, a vivir del propio trabajo y ahorro de los nicaragüenses, sería que los siguientes gobiernos fuesen ejercidos por personas responsables y honestas, y/o que ningún país ni organismo financiero internacional le vuelva a prestar ni un solo centavo a Nicaragua. Pero esto último también estaría por verse, pues la comunidad internacional y particularmente las instituciones financieras son muy dadas a endeudar a los países que tienen malos gobernantes –irresponsables, corruptos y autoritarios–, al parecer porque de todas maneras los pueblos oprimidos y empobrecidos tienen que pagar el precio de su misma opresión y de la corrupción de sus gobernantes.

No hace muchos años que en la literatura económica de Estados Unidos se planteó una llamada “doctrina de deudas odiosas”, sostenida por dos eminentes profesores de Harvard, Michael Kremer y Seema Jayachandran, quienes elaboraron la tesis de que una deuda es “odiosa” si fue asumida sin el consentimiento del pueblo y no para su beneficio. Según dichos economistas, la gente que trabaja y paga impuestos no tiene por qué responder por deudas contraídas de manera fraudulenta en su nombre, del mismo modo que una empresa no es responsable por contratos que su gerente asume sin debida autorización. Análogamente, la deuda de un país adquirida ilegítimamente por un régimen irresponsable no debe ser transferida al gobierno sucesor.

Ciertamente, es injusto que la minoría de nicaragüenses que trabajan y producen tengan que pagar los mil millones de dólares en que se endeudó el régimen de Somoza Debayle por sus malas políticas económicas, y más injusto todavía que pague los más de 10 mil millones de dólares en que el FSLN aumentó el endeudamiento externo de Nicaragua, sin que jamás diera cuenta sobre esa plata pero ahora sus dirigentes viven en la opulencia mientras la mayor parte del pueblo está hundido en la pobreza.

Las deudas odiosas no deberían ser pagadas por el pueblo, sino por quienes las contrajeron.

Editorial
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