- La Managua de los grandes contrastes tiene un rincón miserable. El lugar ni siquiera tiene nombre y sus habitantes viven a la “buena de Dios” esperando algún día cambiar de barrio
Jehú Hernández Sandoval [email protected]
Bien sea con anzuelos, atarrayas o tramayos, los habitantes de un caserío sin nombre situado a orillas del Lago Xolotlán, se internan todos los días en sus verdosas aguas con “la esperanza de sacar el pez nuestro de cada día”, una expresión con sentido religioso a pesar que algunos de ellos consideran que viven “olvidados por Dios y por los hombres”.
Don Juan Vargas, con 25 años viviendo en ese lugar, se siente orgulloso de ser el fundador y conocedor de los pormenores de los habitantes de las diez casitas que conforman el caserío. Recuerda que hasta hace unos años todos vivían más cerca de la orilla, pero que después del Mitch se tuvieron que alejar por las inundaciones.
“Nosotros somos pescadores y nos metemos al lago para sacar la comida de los chavalos, ya no de uno porque uno aguanta, pero los chavalos no”, expresa, lanzando la mirada hacia el lugar donde se entretienen Guillermo, Mariela y Luisa, los tres hijos de Ana Graciela, la hija que lo acompaña tras haber sido abandonada por “un bandido que no vale la pena”, sentencia don Juan.
Ella, al igual que don Juan tiene “la esperanza” de algún día poderlos mandar a la escuela para que se preparen y no lleven la misma vida que les ha tocado a ellos. Aunque parte de su familia vive en una casita que les dieron en Nueva Vida donde sí hay escuelas, no tiene recursos económicos para hacer realidad ese sueño.
Mientras ella prepara el almuerzo en un cocinero rústico, el hijo varón que también vive con don Juan, se derrite en sudores rajando leña en un extremo del terreno, la que después saldrán a vender con “la esperanza” de ganarse unos realitos. Tienen para ello dos carretas que consideran sus tesoros y más aún al par de caballos que se alimentan con el pasto que crece al pie de los cerros.
DESDE JUIGALPA
Hace como seis meses llegó al caserío doña María Eugenia Obando junto a sus tres hijos, procedentes de Juigalpa, Chontales. “Mi marido es muy borracho y nos pegaba, por eso lo dejé y me vine para acá, como estas tierras no tienen dueño, aquí estoy”, expresó.
Pero no piensa quedarse por mucho tiempo, tiene “la esperanza” de encontrar un terrenito en un lugar más próximo a la capital, encontrar trabajo y poner a sus chavalos en la escuela, los que hasta la fecha no han podido superar el primer grado de primaria, a pesar que ya tienen nueve, diez y doce años.
En el cocinero a orillas de su casita de ripios, no se ven ni rastros de que el fuego haya estado encendido. Los trastos descansan a su alrededor a la espera de que les caiga algún alimento. Las ollas y cazuelas hacen lo mismo. Como ella no sabe pescar, de nada le sirve la proximidad del Xolotlán.
Para llegar a ese caserío sin nombre, al que ya debieran bautizar como “La Esperanza”, hay que tomar el desvío que se enrumba hacia el norte propiamente donde inicia la Cuesta del Plomo, a la izquierda de lo que antes fue la Penwalt. Aunque sus pobladores tienen muchas “esperanzas”, por esos parajes se pasean tranquilamente dos de los cuatro jinetes del Apocalipsis: el hambre y las enfermedades.