- Los individuos que son expulsados de Estados Unidos por haber cometido delitos, llevan a casa comportamientos criminales, engrosan las filas de la delincuencia y ponen en jaque a policías cada vez menos capaces de controlar la marejada de violencia
Randall RichardTHE ASSOCIATED PRESS
El Gobierno de Estados Unidos los califica de delincuentes extranjeros, pero son tan estadounidenses como los tiroteos de los pandilleros y el consumo de “crack”. Muchos llegaron a Estados Unidos de niños, con frecuencia en brazos de hombres y mujeres que huían de la pobreza y la guerra. Asistieron a la escuela, pero en general no por mucho tiempo. Maduraron a los golpes en las calles de alguna ciudad, desde Los Ángeles a Nueva York. Y tarde o temprano transgredieron la ley.
En 1996 el Congreso norteamericano los excluyó de por vida de Estados Unidos y ordenó a los agentes de inmigración que los capturaran. Actualmente se está implementando la mayor cacería de la historia del país.
Más de 500, 000 extranjeros que cometieron delitos ya han sido apresados y deportados, de acuerdo con estadísticas oficiales, y este año las autoridades los están enviando a un promedio de uno cada siete minutos a más de 160 países de todo el mundo.
Los hábitos del consumo de drogas y el uso de armas que llevan a sus países de origen están provocando estragos en las naciones que los reciben.
Una investigación realizada durante seis meses por The Associated Press, que incluyó entrevistas con más de 300 policías, deportados, líderes religiosos, científicos sociales y funcionarios del Gobierno de Estados Unidos y otros países, descubrió que en algunas naciones, el aumento de la criminalidad resultante está agobiando a la policía y a las fuerzas de seguridad.
En Jamaica, uno de cada 106 hombres de más de 15 años es ahora un delincuente deportado de Estados Unidos.
En Guyana, antes que llegaran más de 600 criminales deportados, los tiroteos callejeros, secuestros y robos bancarios eran poco frecuentes, dijo Ronald Gajraj, ministro de Relaciones Internas del país. Pero ahora esos delitos son una constante en la vida guyanesa.
En Honduras, de acuerdo con las más recientes cifras de la Interpol, los asesinatos se incrementaron de 1,615, en 1995 a 9,241, en 1998 después de la primera ola de delincuentes deportados, que ahora ascienden a 7,000.
La policía hondureña sostiene que las armas, drogas y pandillas que trajeron consigo son los principales responsables del aumento de la delincuencia.
Pero a pesar del profundo impacto de las deportaciones de delincuentes, pocos estadounidenses conocen algo del tema.
UNA LEY RETROACTIVA SIN APELACIONES
De acuerdo con una ley de 1996, todos los extranjeros que viven en Estados Unidos y son sentenciados a un año o más de prisión, son susceptibles a ser deportados, aún si la condena queda en suspenso.
Los crímenes por los que pueden ser expatriados incluyen desde un asesinato a un pequeño robo.
La ley es retroactiva, y por lo tanto permite que los inmigrantes puedan ser deportados por delitos que no conllevaban el destierro en el momento en que fueron cometidos. Y además elimina casi todas las posibilidades de apelación, convirtiendo en casi automáticas las expatriaciones.
Unos 250,000 extranjeros que actualmente se encuentran encarcelados en prisiones de Estados Unidos, o que están bajo libertad condicional, serán deportados, de acuerdo con la Oficina de Estadísticas Judiciales.
Sin embargo, se desconoce la cantidad total de delincuentes extranjeros susceptibles a una repatriación entre los 11.8 millones de personas que no son ciudadanas y viven en Estados Unidos.
Constituyen una legión de inadaptados sociales: drogadictos, conductores alcoholizados, ladrones, violadores, traficantes de drogas y pandilleros.
RETORNO SIN PERSPECTIVAS
Expatriados tras haber cumplido con sus sentencias en Estados Unidos, los delincuentes generalmente llegan a sus países de origen con poco o nada de dinero ni perspectivas laborales.
En El Salvador, por ejemplo, los deportados son recibidos en el aeropuerto por trabajadores de instituciones caritativas católicas, que les dan un emparedado y un boleto de autobús.
Para sobrevivir en un ambiente desconocido para la mayoría de ellos, muchos recurren a las mismas actividades que realizaban en las calles de Estados Unidos: venta de drogas, robo, extorsión y a veces hasta el asesinato.
Otros intentan alejarse de los problemas, pero no les resulta fácil. Algunos se sumen en la desesperación, buscan algo para comer o viven de limosnas que les envían familiares que aún viven en Estados Unidos.
En Georgetown, la capital de Guyana, la AP encontró a George René Marqués, de 43 años, viviendo en medio de unas cañerías detrás de una planta generadora de electricidad. Padece de sida y no tiene acceso a tratamiento médico.
Marqués dijo que tenía 12 años cuando llegó a Estados Unidos, trabajó como instructor de gimnasia y vendía automóviles usados antes de ser deportado por manejar en estado de ebriedad. Los registros judiciales indican que fue su única condena penal.
NUEVA ESTRATEGIA
La ley de 1996 buscó reducir la delincuencia en Estados Unidos, deshaciéndose de algunos de los delincuentes.
Las deportaciones masivas constituyen una estrategia de prevención del delito relativamente nueva. En el pasado, existían las expatriaciones de delincuentes, pero sólo en el 2002 excedieron las registradas entre 1905 y 1986.
En 1986 los agentes de Inmigración comenzaron a concentrar su atención en la deportación de extranjeros que habían cometido delitos graves, penados con por lo menos cinco años de prisión. Ese año menos de 2,000 personas fueron expatriadas, pero la cantidad ascendió a 33,842 en 1995.
Con la aprobación de la normativa en 1996, el número se incrementó nuevamente y las autoridades federales anticipan que ascenderá a 77,000 deportados este año.
El 41 por ciento de los expatriados en el 2002 tuvo algún tipo de relación con las drogas, mientras que el 10 por ciento no cometió ningún otro tipo de delito.
Las deportaciones de delincuentes representan una fracción de los 11 millones de extranjeros que desde 1996 vivían en Estados Unidos y fueron repatriados, o autorizados a dejar el país de manera voluntaria para evitar su deportación. La mayoría ingresó de manera ilegal o permaneció más tiempo que el autorizado en sus visas.
Uno de cada 11 residentes estadounidenses —unos 32. 5 millones de personas— nacieron en el extranjero, el mayor número en la historia del país. De acuerdo con un informe privado, la tasa de delincuencia entre los inmigrantes es equivalente a entre la mitad y un tercio de la de los ciudadanos norteamericanos.
Pero a diferencia de los ciudadanos norteamericanos que cometen delitos, los extranjeros son sencillamente repatriados.
SIN RAÍCES
Sin embargo, los funcionarios de los países que reciben a esos inmigrantes sostienen que no llegan precisamente a su “casa’’ ya que muchos, tal vez la mayoría, eran niños cuando arribaron por primera vez a Estados Unidos y en consecuencia no tienen lazos reales con el sitio en el que nacieron.
La oficina de Inmigración de Estados Unidos dijo que no tiene estadísticas para respaldar o rechazar esta suposición, como tampoco los países a los que llegan los deportados.
El canciller de Guyana, Rudy Insanally, expresó que numerosos ciudadanos de su país que emigran a Estados Unidos con sus hijos han estudiado, aunque los jóvenes regresan como delincuentes.
“Están enviándonos la escoria de su sociedad”, consideró, “y al mismo tiempo están cazando furtivamente a nuestros maestros y enfermeras”.
Al igual que otros gobernantes, se quejó de que Estados Unidos está sembrando el mundo con delincuentes norteamericanos.
El legislador republicano Lamar Smith, el principal autor de la ley de 1996, no está convencido de que así sea.
Hasta que obtienen la ciudadanía, los inmigrantes son huéspedes en Estados Unidos, dijo, “y cuando cometen un delito grave, de acuerdo con nuestras leyes, pierden el derecho de vivir con nosotros” en esta nación.
Algunos países como El Salvador y República Dominicana han solicitado que se frenen las deportaciones, o al menos sean más pausadas. Su pedido, sin embargo, ha sido rechazado.
“Es un tema que provoca descontento nacional y preocupaciones regionales, un importante asunto de política exterior’’, declaró Insanally.
El Departamento de Estado norteamericano no hizo comentarios sobre las implicaciones de las deportaciones en la política exterior y remitió las preguntas a la agencia de Inmigración, que a su vez las dirigió nuevamente al Departamento de Estado.
Las embajadas norteamericanas en algunos de los países que reciben a los repatriados, entre ellas las de Jamaica y Guyana, consideran que no existe evidencia estadística que relacione a los delincuentes deportados con el aumento de los delitos.
PANDILLEROS, PLAGA EN HONDURAS Y EL SALVADOR
Los delincuentes que más temen recibir los países son los pandilleros.
Apenas llegan, muchos de ellos reorganizan pandillas callejeras, reclutando adolescentes locales para que aprendan de sus hábitos estadounidenses.
En Honduras y El Salvador, por ejemplo, pandillas callejeras de Los Ángeles con los nombres de Mara 18 (la pandilla de la calle 18) y Mara Salvatrucha (pandilla de la calle 13) compiten por una porción del comercio de las drogas.
“Estamos enviando criminales avezados a sociedades sencillas, en vías de desarrollo’’, dijo Al Valdez, fiscal adjunto y experto en pandillas del condado Orange de California.
“Ellos abruman a las autoridades locales’’, expresó. Por ejemplo, indicó, en la ciudad hondureña de San Pedro Sula un detective investiga 139 asesinatos cometidos por pandillas.
En El Salvador y Honduras, muchos de los deportados se convierten en víctimas antes de victimarios.
Considerados como parias en sus países nativos, son buscados por cuadrillas de vengadores.
En San Pedro Sula, “justicieros’’ con ametralladoras merodean por la noche en busca de jóvenes con tatuajes que los identifican como miembros de pandillas, dijo el obispo católico Romulo Emiliani.
“Se le acercan a la gente joven, les abren sus camisas, y si tienen tatuajes no les preguntan nada. Los matan”, explicó.
Hugo Omar Barahona tenía cuatro años cuando emigró a Los Ángeles con sus padres, y 21 años al ser deportado a El Salvador por un robo que cometió en 1999. Recibió un disparo en una de sus piernas en San Salvador el 28 de abril. Dos hombres, dijo, aparentemente reconocieron sus tatuajes de pandillero de Estados Unidos. Pudo sobrevivir, pero muchos no lo hacen. Para ellos la deportación es una condena de muerte.
CÁRCELES DESBORDADAS
El 80 por ciento de expatriados de EE.UU. es enviado a siete países del Caribe y América Latina: Jamaica, Honduras, El Salvador, Colombia, México, Guatemala y República Dominicana, donde los trabajos escasean y los recursos policiales son limitados. A México llegaron unos 340,000 delincuentes deportados. Estos siete países han recibido igual cantidad de deportados que la de sus poblaciones de prisioneros, e incluso en algunos casos las han duplicado.
(La periodista de la AP Sharon Crenson contribuyó con esta información).