- Un hombre que sólo desea recuperar la capacidad de dormir y otro que quiere saber si algún día podrá respirar igual que antes, son dos ejemplos de entre miles, que esperan una indemnización que les ayude a mitigar sus penas. Lastimosamente para ellos, en el calendario de la justicia no hay una fecha para ver cumplidas sus esperanzas.
José Adán Silva [email protected]
TERCERA DE CUATRO ENTREGAS
“Era un olor suave, rico, pero al ratito se volvía insoportable”, cuenta don Martín Enríquez Pérez, un anciano escuálido de 62 años, de los cuales 15 los trabajó en las bananeras donde hizo labores de siembra, corte, limpieza, embolse y riego con bombas. Él vive en Posoltega, un municipio de Chinandega asentado sobre un manto acuífero envenenado desde hace muchos años por la exposición prolongada y permanente de químicos para combatir las plagas de los cultivos.
–¿Era duro el trabajo en las bananeras?
–No, qué va, cuando uno es joven no se siente dura la vaina.
–¿Usted qué trabajo hacía?
–De todo. Yo era fuerte y disciplinado, a lo que me mandaban, ahí iba y resolvía”.
Cuenta que por dos años anduvo en sus espaldas, sin más protección que un pañuelo en la cara, una bomba con la que rociaba los rincones donde el Nemagón no llegaba muy bien. Esta sustancia se inventó para matar los nemátodos, unos gusanillos microscópicos que nacen y se reproducen en las raíces de las plantas de banano y piña, destruyéndolas en semanas. La sustancia fue prohibida en Estados Unidos a mediados de los años setenta, cuando las autoridades de ese país determinaron que sus efectos en la salud humana eran tóxicos.
A los años de regar el veneno, don Martín sintió asfixias y dolores en el pecho. Se fue donde el médico y le dieron una noticia lapidaria: “Estás bien pegado”.
–¿Y qué es lo que usted tiene?
–Dicen que se me están secando los riñones y que los pulmones los tengo malos. No sé si es cierto, pero sí fíjese que odio orinar porque me arde todo y eso no me deja dormir bien.
–¿Y se está tratando la enfermedad?
–Pues a como puedo. He tragado mucho remedio, pero nada me cura y cada día me siento más peor.
Es flaco, bajo y pasa el día sin camisa sentado en un taburete bajo un frondoso laurel, en el patio de un extenso terreno donde deambulan pollos y patos. Don Martín habla muy pausado, casi a silbidos y con la respiración entrecortada. Sus ojos son amarillentos y sus manos tiemblan.
Sabe de la demanda porque acaban de introducirlo hace pocos meses, y espera que le resuelvan para visitar un médico especialista que lo desengañe. “Lo primero que haría cuando gane y tenga el dinero en la mano, es ir donde un médico especialista”, dice don Martín, con el aliento pronunciado en un fino silbido que lo deja exhausto.
LA PESADILLA DE LUCAS
Le duele dar un paso y el cansancio no le permite caminar más de 200 metros. “¡Uh! No llego a las dos cuadras”, dice Lucas Evangelista Barahona, ex obrero de las bananeras que asegura que desde hace 18 años no puede dormir y que poco a poco su salud se ha venido deteriorando hasta impedirle caminar.
“Yo tengo mis huesos podridos; no era así yo antes ¡Qué va! Era hombre arrecho al trabajo, ahora me da pena porque hasta mi madre trabaja para cuidarme porque yo no sirvo ya”, expresa Lucas, quien con sus 48 años encima, parece de 60.
Cuenta que todo le comenzó con un ardor en los ojos y un dolor de cabeza que le nacía antes de poner la cabeza en la hamaca. Desde entonces, le agradece a Dios cuando logra dormir dos horas, que es el máximo tiempo que asegura dormir.
“Yo cierro los ojos, pero sigo despierto, no duermo. Unos médicos me dieron unas pastillas para dormir, pero me las tragaba como frijoles y nada”, dice este hombre flaco, piel curtida y ojos vidriosos, que fue obrero de la finca Mercedes de 1973 a 1978, cuando era joven y hacía de todo en las bananeras: corte, chapeo, embarque, zanjeo, embolse y siembra.
En esos años vivió cerca de la hacienda, en una barraca de peones, donde se bañaba y bebía de canales donde conectaban las mangueras que surtían el Nemagón. Tuvo un matrimonio trágico con otra obrera de las bananeras, con quien tuvo un hijo deforme que se le murió a los seis años, con un cuerpo que parecía de dos.
“Lucas Jeremías nunca creció, no caminaba, no hablaba, nada podía hacer el pobrecito, Dios le hizo el favor y se lo llevó a mi muchacho”. Su otra hija (Clara Elena), sobrevivió y logró sacar algunos rasgos de su difunta madre. Ahora tiene 12 años y es retardada mental. Juega bajo las mesas y actúa como un animalito sin domesticar. No está a la vista y Lucas la llama por su nombre para presentarla: “Claritaaaaa”. Nadie responde.
“No hace caso viera usted, no entiende la cipota”, cuenta la madre de Lucas, doña Cándida Rosa Barahona, de 60 y tantos años, quien con remordimiento recuerda cuando le pidió a su hijo que dejara la costura para llevarlo a las bananeras.
“Es que en los pueblos pobres nadie se viste bien”, dice ella. A punta de planchadas, lavadas y mandados, doña Cándida es quien cuida de Lucas y su mal lograda hija, en una casa prestada de la Villa 15 de Julio.
SENTENCIA DE MILLONES
El 11 de diciembre del 2002 la juez del Juzgado Tercero Civil de Distrito de Managua, Vida Benavente, dictó una sentencia que llevó alegría a los miles de ex trabajadores de las bananeras de Chinandega: “Páguese a 466 ex obreros demandantes la cantidad de 489 millones de dólares, en concepto de pago por daños específicos y compensación por daños morales y punitivos”.
La sentencia fue contra las transnacionales Dow Chemical, Shell Oil Company, Standard Fruit and Vegetables Company y la Dole Food Corporation Inc.; a las cuales los demandantes acusaron de exponerlos a los efectos dañinos del Nemagón y el Fumazone.
El éxito se lo atribuyó el Bufete Ojeda, Gutiérrez y Espinoza y Asociados Consultores, el primer bufete de abogados que logró llevar una demanda de este tipo hasta una sentencia final en Nicaragua.
Las compañías norteamericanas, amparadas en recursos legales, pidieron trasladar el caso a Estados Unidos y allá se encuentra ahora, aunque no perdido, en un difícil e impredecible proceso de ejecución en el que nadie apuesta a ganar.
DAVID CONTRA GOLIAT
En el piso 22 del edificio ubicado en One Park Plaza, 3250 Wilshire Boulevar Penthouse, Los Ángeles, California, quedan las oficinas de Juan José Domínguez, el representante de una de las firmas de abogados, de varias involucradas, que toma parte en el pleito legal contra las transnacionales.
Domínguez es un abogado norteamericano de origen latino, que se muestra precavido, casi preocupado, al explicar cómo se encuentra el caso en su bufete.
“Esto es como David y Goliat. Nos enfrentamos a grupos poderosos que tienen muchos millones y ejércitos de abogados para tratar de aplastarnos, así que estamos tomando más tiempo del normal para hacerles frente”, cuenta.
Señala que la lucha legal será dura y extensa, pero que al final las transnacionales pagarán. “Por muchos años se han corrido de la justicia pero ya no pueden correr más”.
–¿De cuánto tiempo estamos hablando?
–Yo soy positivo y sincero: el caso lo podemos ganar, la justicia va a venir, lo que no podemos decir es cuándo. Ellos son poderosos y pueden empapelarnos por diez años con recursos legales, pero por mucho que retarden el caso, al final terminarán pagando. Los hechos, la verdad y la ley, están a nuestro favor”.
El optimismo de Domínguez no fue compartido en California: la juez Nora M. Manella, quien está viendo el asunto en una Corte Federal de Los Ángeles, aceptó la petición de los abogados de las transnacionales, y en sendas sentencias emitidas el 16 y 20 de octubre pasado, ordenó cerrar el caso alegando vacíos jurídicos en la sentencia de Nicaragua, errores jurídicos en la presentación del caso en Estados Unidos, y hasta sospechas de fraude y alteración de nombres de las empresas demandadas. El caso está bajo apelación.
“QUE SE HAGA LO QUE DIOS QUIERA”
Con dificultad, don Martín Enríquez recupera la capacidad de seguir hablando.
–¿Y para qué quiere ir donde un médico especialista?
–¿Cómo que para qué? Quiero un médico de especialidad que me diga qué tengo y cómo me curo, si no tengo remedio para qué voy a estar de baboso ¡Me dejo morir y ya!
Confiesa que no duerme bien porque un calor interno lo escapa de ahogar desde hace años: “Es un fuego bárbaro que me arde en el pecho y la espalda”.
Reconoce que es en esos momentos de fuego y dolor cuando más cerca se siente de la muerte, la misma muerte que ha sabido de sus ex compañeros de labores.
“De pronto dejé de escuchar que se me morían los conocidos ¡Ideay! Ya se me murieron todos, sólo yo falto… Ya es cosa de Dios que no me vaya, pero yo le pido a mi señor que si me va tener así, mejor me lleve”.
Don Martín tuvo una mujer en los campamentos de las bananeras, con quien procreó cinco hijos que se le murieron antes de llegar al año. “Todos se murieron, como pajaritos sin nido”, dice. Después murió su esposa, de cáncer; ahora está en compañía de unos sobrinos que le ayudan en lo que pueden.
–¿Qué espera de la vida don Martín?
–”Que se haga lo que Dios quiera”, musita, entre silbidos que le salen por voz, bajo las frondas frescas de un laurel donde espera una buena noticia que no llega.
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