¡Cuánto te quiero!

La relación afectuosa entre padres e hijos, les da a los pequeños sentido de pertenencia, fortalece la autoestima y les ayuda a relacionarse mejor con otras personas. La familia es como el vientre materno de la vida. Nos protege, nutre, ayuda a desarrollarnos y su huella queda en nuestro corazón. Cuando el niño o la […]

La relación afectuosa entre padres e hijos, les da a los pequeños sentido de pertenencia, fortalece la autoestima y les ayuda a relacionarse mejor con otras personas.

La familia es como el vientre materno de la vida. Nos protege, nutre, ayuda a desarrollarnos y su huella queda en nuestro corazón.

Cuando el niño o la niña no siente el amor de los padres o de los sustitutos (abuelos, tíos), el niño(a) puede no desarrollar la necesidad de relacionarse, pierde sentido el vivir; tiene sentimientos de vacío, soledad, desarraigo y angustia. Las consecuencias son graves. Muchos terminan cayendo en las drogas, alcoholismo y rebeldía extrema.

Los padres tenemos que dedicar un tiempo para mostrar los afectos. No importa la cantidad de horas, sino la calidad de relaciones que establezcamos. Contarles un cuento, escucharlos, jugar, compartir horas de comidas, besarlos y abrazarlos, son manifestaciones de amor.

Es en la familia que el niño crea su sistema de creencias, valores, mitos y reglas.

Es necesario conocer a nuestros hijos desde dentro, no sólo lo que nos muestran. Cada hijo tiene un carácter, personalidad y necesidades específicas. Esto conviene tenerlo en cuenta para dar afectos y educar individualmente.

EVITE

Suponer que nuestros hijos “ya saben” que les queremos. No son adivinos.

Señalar sólo lo negativo. Esto induce a baja autoestima.

Dejar de manifestar los sentimientos positivos y caricias, por algún problema que se nos presente.

Utilizar el cariño como chantaje. “… ¿no comes? ¡Pues ya no te quiero!

Corregirlos con gritos, amenazas o maltrato físico.

CONSEJOS

Transmitir con frecuencia mensajes de afecto constituye una necesidad básica para el desarrollo personal adecuado: “…¡qué bien te has portado en el médico!”. “¡Cuando naciste fue mi mayor alegría!”. “Lo mejor que me ha pasado en la vida es tenerte”.

Mostrar nuestros sentimientos y emociones con contactos físicos y palabras, propician que también ellos lo hagan con sus futuros hijos y otras personas.

Resaltar las cualidades positivas y ser objetivos con las negativas, explicando nuestros argumentos.

Enseñar autodisciplina, ayuda a madurar y a ser felices, a conocer nuestros propios límites, y por ello a comprender los límites de los demás.

La confianza y seguridad de nuestros hijos se fundamenta en el buen ejemplo, nuestra diaria forma de demostrar afecto y resolver problemas, transparencia de intenciones y facilidad con que interpretamos las cosas complicadas de la vida.

* Pediatra-Infectóloga.  

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