EE.UU. necesita explicar mejor su mensaje

Marcela Sánchezwashingtonpost.com Algunos líderes en Latinoamérica quieren hacer creer que Washington ha regresado a sus viejas travesuras. Esta semana, legisladores del partido de gobierno en Venezuela, descubrieron mayor “evidencia” de que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos está entrenando en forma encubierta a venezolanos en tácticas terroristas que podrían llevar al asesinato del […]

Marcela Sánchezwashingtonpost.com

Algunos líderes en Latinoamérica quieren hacer creer que Washington ha regresado a sus viejas travesuras.

Esta semana, legisladores del partido de gobierno en Venezuela, descubrieron mayor “evidencia” de que la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos está entrenando en forma encubierta a venezolanos en tácticas terroristas que podrían llevar al asesinato del presidente Hugo Chávez. Eso a pesar de que el presunto conspirador es la corporación Wackenhut, una firma que entrena guardias de seguridad para proteger, entre otros, grandes almacenes y restaurantes de comidas rápidas.

Mientras tanto, en Ecuador, legisladores le han pedido a su gobierno que explique un acuerdo alcanzado en septiembre con militares estadounidenses, para construir tres instalaciones nuevas en el país. Los legisladores creen que las instalaciones serán usadas para involucrar más a Ecuador en el conflicto armado de la vecina Colombia. Por su parte, el Comando Sur de Estados Unidos dice que sólo tienen por objeto almacenar elementos destinados a operaciones de rescate en caso de desastres naturales.

A lo largo del hemisferio, nuevos líderes repiten la vieja retórica acerca de las ambiciones imperialistas de Estados Unidos, que estremecedoramente recuerdan las teorías de conspiración de la Guerra Fría hace una generación.

Dichas teorías no son nuevas. El problema esta vez es que Washington está haciendo poco para mejorar su imagen en la región y responder a esas nociones y a los temores que generan. Eso deja un vacío que se llena muy fácilmente con el libre flujo de información —y desinformación— que alimenta el sentimiento antiestadounidense incluso en los rincones más apartados del planeta.

La mayoría en Washington descarta esas teorías como necedades, que le dan más crédito que el debido a un gobierno absorbido por esa nueva y formidable guerra contra el terrorismo, que ha empujado a Latinoamérica a la retaguardia.

Pero considerar este tipo de teorías como ridículas o anacrónicas es ignorar el hecho de que están encontrando un terreno fértil entre grupos de la región tradicionalmente marginados, pero cuyo poder desestabilizador aumenta y cuyos líderes adquirieren importancia. Para grupos tan diversos como los piqueteros en Argentina, los cocaleros en Bolivia, los sin tierra en Brasil, el movimiento indígena Pachakutik en Ecuador o los Círculos Bolivarianos en Venezuela, existe un punto en común: la idea de que el papel de Estados Unidos en la región es nocivo.

Durante la Guerra Fría, Washington respondió a la propaganda negativa en el exterior con esfuerzos bien financiados de diplomacia pública, que incluían intercambios académicos y culturales y programación internacional en radio y televisión. Dichos esfuerzos buscaban contener la expansión soviética y promover la democracia y los valores estadounidenses.

Cuando la Guerra Fría terminó se acabaron también los fondos para iniciativas como el programa de la federación sindical AFL-CIO, destinado a ayudar a fortalecer sindicatos en la región o el programa de becas para Centroamérica, Central American Peace Scholarship, que trajo a miles de estudiantes de escasos recursos económicos a estudiar en pequeñas universidades de Estados Unidos, recordó Stephen Johnson de la Fundación Heritage.

Eso era entonces. Ahora, Washington está interesado en contener el terrorismo. Y en esa labor parece más inclinado a ignorar el lado más benévolo de la diplomacia y usar una actitud intimidante que agrava las sospechas entre los latinoamericanos. Si a eso se agrega la política de la administración Bush, del ataque preventivo y una historia de intervención estadounidense para derrocar gobiernos y apoyar regímenes no democráticos en la región, el recelo, el resentimiento y el temor no debieran sorprender.

A comienzos de este mes un grupo de expertos financiados por el Congreso concluyó que la diplomacia pública de Estados Unidos —los esfuerzos oficiales por comunicar valores, políticas e intenciones estadounidenses— estaba “absurda y peligrosamente mal financiada”. El grupo, que se enfocó en la hostilidad hacia Estados Unidos en el mundo árabe y musulmán, encontró que la financiación de todos los programas de diplomacia pública suman 600 millones de dólares al año, mucho menos que el uno por ciento del presupuesto de defensa de Estados Unidos, sin contar el costo de la guerra en Irak.

Esto tampoco es nuevo. Los fondos para ese tipo de programas han estado disminuyendo por más de una década. La programación en español de la Voz de América ha sido recortada y el servicio en portugués para Brasil eliminado. Los intercambios han sido reducidos por lo menos a la mitad, y organizaciones como el North-South Center, financiado oficialmente por 20 años para realizar programas educativos en las Américas, podría cerrar sus puertas definitivamente al finalizar el año.

Mientras las prioridades y los fondos han cambiado desde la Guerra Fría, la necesidad de programas e iniciativas que busquen promover mejor entendimiento a lo largo de la región no ha disminuido. Ahora que surge una nueva generación de líderes latinoamericanos no tradicionales, líderes que no han contado con intercambios culturales o académicos y que se han criado bajo un solo mensaje de Washington —que el crecimiento y la prosperidad llegarán tan pronto el hemisferio se integre en el Área de Libre Comercio de las Américas—, también surgen viejos temores, resentimientos y divisiones.

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