La calle central de Wiwilí, llena de comercios, fue una de las más dañadas del pueblo. Hoy las tiendas han vuelto con toda normalidad. (LA PRENSA/O. Valenzuela)

Un pueblo prevenido que “valió por dos”

Aunque Wiwilí fue arrasado por la gigantesca crecida del río Coco durante el Mitch, la pronta movilización de su gente evitó que alguien muriera. Hoy sus pobladores han vuelto a establecerse en las zonas de riesgo, calculando que algo como lo que pasó hace cinco años sólo sucede “una vez cada siglo”. “Se están fresqueando”, […]

  • Aunque Wiwilí fue arrasado por la gigantesca crecida del río Coco durante el Mitch, la pronta movilización de su gente
    evitó que alguien muriera. Hoy sus pobladores han vuelto a
    establecerse en las zonas de riesgo, calculando que algo como lo que pasó hace cinco años sólo sucede “una vez cada siglo”. “Se están fresqueando”, advierten los más sensatos

Juan Ruiz Sierra [email protected]

Dicen que el cerebro contiene un mecanismo de autoprotección por el cual las malas experiencias se acaban olvidando con mayor rapidez que las buenas. Quizá por eso, y porque en Wiwilí no hubo ningún muerto, sus habitantes parecen vivir sin recordar los estragos que a finales de octubre de 1998 causó el huracán Mitch. “La vida sigue”, dicen por aquí.

Nadie falleció, pero sus efectos se sintieron con especial virulencia. Según los datos del Comité de Emergencia Municipal y de la Alcaldía, fueron afectadas 39 comunidades y 7,944 personas, de las que más de 5,000 eran niños. Alrededor de 1,500 casas cayeron por la embestida del río. En total, el 21 por ciento de la población de lo que entonces era un municipio, y ahora son dos.

Wiwilí es un lugar un tanto especial. Es un pueblo y, al mismo tiempo, son dos. Están divididos por el río Coco, cuyas aguas engulleron el lugar aquel funesto 30 de octubre. En un lado, en el este, se encuentra Wiwilí Jinotega, llamado así por el departamento al que pertenece, un pueblo emplazado justo encima de un pequeño cerro, pero de calles llanas. Al otro costado está Wiwilí Nueva Segovia, el pueblo original, el más pobre, el más cercano al río y, por ello, el más castigado por el Mitch.

Hoy, cinco años después del paso del huracán, el paisaje de Wiwilí Nueva Segovia –en adelante Wiwilí, a secas– que se divisa desde una de las muchas pangas que cruzan el río es, aparentemente, un oasis de paz. En la orilla, una numerosa familia de indios miskitos vive bajo una lona sujetada a varios palos.

Una superficie amplia y plana, de hierba, en la que pasta el ganado y descansan los caballos, se extiende hasta las faldas de la colina sobre la que están construidas las primeras casas del pueblo, antiguas y de piedra en su mayoría.

Esa quietud, ese aspecto idílico, se rompe al llegar al pueblo. Una cáscara de cemento y hormigón aparece en una de las calles principales. Hace cinco años debió ser la vivienda de alguien importante de la localidad. La fuerza de la lluvia y la crecida del río arrancaron el techo y todo lo que contenía la casa. Sólo quedan las paredes y dos columnas negras que flanquean la entrada a la vivienda. Ahora la maleza habita el lugar. Como ésta, otras muchas viviendas antiguas permanecen tal como las dejó el río Coco hace cinco años.

EL NUEVO BARRIO

Hay que ir mucho más arriba, hasta el final de la localidad, hasta donde el agua no puede llegar, para visitar el nuevo barrio, Villa Nueva. Fue creado para aquellos que se quedaron sin prácticamente nada después del desastre. Son 200 casas apretujadas unas contra otras. Tienen 47 metros cuadrados, paredes de adobe y una capa de cemento que ya comienza a caer. Los materiales fueron financiados por la Organización de Estados Americanos (OEA), con dinero proveniente de Taiwan. Sus ocupantes pusieron la mano de obra, las han construido ellos mismos. Apenas dos metros las separan y no cuentan con agua corriente.

Algunas están ocupadas por gente que no perdió sus viviendas porque no tenían nada que perder. Ahora tienen una casa. “El Mitch también fue una oportunidad para los más pobres”, explica Udenis Ortiz, responsable de la Unidad Técnica de Proyectos de la Alcaldía.

Otras están deshabitadas. “La gente aquí no tiene la costumbre de vivir tan junta, sin espacio para animales y plantaciones, por eso muchos han abandonado estos barrios y han vuelto a sus antiguas casas”, señala Ortiz.

Esas antiguas casas, además de estar parcialmente derruidas, se encuentran en las denominadas “zonas de alto riesgo”, es decir, demasiado expuestas al río. Una nueva crecida puede provocar que se vean, otra vez, completamente inundadas. Están bajo amenaza permanente. Una ordenanza municipal prohíbe vivir y construir en zonas de riesgo, pero ni el mismo alcalde del pueblo la cumple.

“Sí, vivo en una zona amenazada, pero ¿qué voy a hacer, si no tengo otra casa?”, se defiende el alcalde Luis Herrera, del Partido Liberal Constitucionalista. Herrera, como otros en el pueblo, insiste en resaltar los aspectos positivos del Mitch: consiguieron ser un municipio independiente del lado de Jinotega, se construyó un instituto y llegó la luz eléctrica, aunque ésta sólo se disfrute de forma intermitente.

HASTA DENTRO DE UN SIGLO

Existe una creencia muy extendida entre la población de Wiwilí, de que no sufrirán un nuevo Mitch “hasta dentro de 100 años”. Uno nunca teme lo peor. Hasta que ocurre.

“Si viene antes, volveremos a pasar por las mismas penurias”, dice de forma conformista José Tercero, un campesino del barrio Martha Quezada, que conserva una envidiable forma física a pesar de sus 72 años. “Y si no aguantamos”, continúa, “pues hasta ahí hemos llegado”.

A diferencia de otras partes de Nicaragua, el huracán Mitch afectó a las clases acomodadas de este pueblo en mayor medida que a la población humilde. Las casas son más valiosas cuanto más cerca están del río.

Según Antonio Talavera, quien realizó una importante labor de rescate durante los días de la tempestad, todo se debe a la poderosa influencia de los miskitos. Como ellos, los 4,000 wiwileños necesitan estar cerca de las aguas. “Creo que la gente se está fresqueando”, considera. “Deberían ser más temerosos”.

LA ESPADA DE DAMOCLES

El barrio Martha Quezada se encuentra a menos de un kilómetro del centro del pueblo. Era conocido por la cantidad de comercios que existían antes del azote del huracán. “¡Ay!, aquí había puras ventas”, recuerda el señor Tercero. El pequeño río que lo bordea, el Caño, afluente del Coco, aumentó tanto su caudal que los habitantes de la vecindad tuvieron que trepar a los tejados de sus casas. Allí esperaron a ser rescatados por las pangas.

Ya no queda ni rastro de esas tiendas. El Martha Quezada parece ahora un pueblo fantasma. De muchas viviendas sólo permanecen los cimientos, de otras apenas unas paredes y, las menos, han vuelto a ser habitadas por más de 300 personas que alguna vez tuvieron la intención de trasladarse a Villa Nueva, donde se encuentran las construcciones financiadas por la OEA. Saben que en cualquier momento puede ocurrir algo similar a lo de hace cinco años. La espada de Damocles pende sobre sus cabezas, y sin embargo, ahí siguen.

“Le voy a decir la verdad: trabajé durante 14 meses en la construcción de una nueva casa en Villa Nueva”, apunta Tercero mientras desgrana mazorcas de maíz. “Pero allí es una desgracia, no hay agua y tampoco lugar para mis gallinas”.

Tercero ha vuelto a lo que siempre fue su vivienda, aunque hoy es la mitad de lo que era. Solamente ha podido reconstruir de manera precaria una parte, la otra se encuentra igual a como amaneció el 31 de octubre de 1998. Es decir, arrasada.

LA ORDEN DEL ALCALDE

Una ordenanza municipal en Wiwilí prohíbe habitar las “zonas de alto riesgo”. Muchos la incumplen, incluido el propio alcalde, que ha reconstruido su casa en un predio muy cerca del río. Si el encargado de velar por el respeto de las normas locales las desobedece, “¿cómo las va a cumplir el resto de la gente?”, se pregunta Udenis Ortiz, quien se muestra partidario de no atender, si viene un nuevo huracán, a los que habiten esas zonas.

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