- “Sin duda la creación del G-22 fue una medida audaz”, dice el ministro de Exteriores de Brasil
al hablar de lo sucedido en la reunión de Cancún de la OMC. “Se nos reconoció como una
fuerza negociadora creíble. Estoy seguro de que podemos seguir adelante de la misma manera”
Marc MargolisNewsweek
Siguen lloviendo las críticas a quienes frustraron la reunión de la Organización Mundial del Comercio que tuvo lugar el mes pasado en México.
El fracaso de Cancún se debió a muchas causas, pero buena parte de la ira recayó en Brasil, que encabezó un bloque opositor de 22 países en vías de desarrollo, el G-22, que exigieron concesiones en lo que respecta a los subsidios agrícolas occidentales como condición para avanzar en otros temas.
El negociador estadounidense Robert Zoellick los apodó “Países del No”. Eso, sin embargo, no puede decirse en presencia del ministro de Relaciones Exteriores brasileño Celso Amorim, que tiene 61 años y es uno de los diplomáticos más experimentados de América Latina.
Amorim niega que Brasil haya adoptado una actitud negativa y también que Cancún haya sido un fracaso. La semana pasada habló en Brasilia con Mac Margolis, de Newsweek.
— El representante de Comercio de Estados Unidos, Robert Zoellick, responsabilizó hace poco a Brasil del fracaso de la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC). ¿Se sorprendió?
Sí, confieso que sí. Durante la reunión me había dicho que nuestra agenda le parecía “expeditiva”. Comprendo que haya sentimientos de frustración. Todos se fueron (de Cancún) frustrados. En lo relativo a las negociaciones, sin embargo, es necesario que todos mantengamos la calma.
— ¿Por qué se interrumpieron las conversaciones?
No fue debido a la agricultura. La reunión se interrumpió como consecuencia de que a último momento las naciones occidentales insistieron en analizar la “agenda Singapur”, que comprende normas para la adquisición gubernamental, la financiación del comercio y la competitividad. Hasta ese momento habíamos avanzado y estábamos dispuestos a negociar enmiendas a los subsidios agrícolas. Aún estamos dispuestos a continuar en la próxima reunión de Ginebra. Nadie sale ganando si todos nos ponemos a golpear el suelo con los pies y decidimos volver a casa. Nadie se beneficia de afirmar: “De acuerdo, ahora sólo buscaremos acuerdos comerciales bilaterales” (como dijo EE.UU.). No hay nada que sustituya a la OMC.
— Volvió de Cancún convertido en héroe, y recibió una ovación en el Congreso. ¿Qué ganó Brasil?
Pudimos dejar de perder. Lo que estaba sobre la mesa en un primer momento, la propuesta de Estados Unidos y la Unión Europea, habría significado un gran retroceso en relación con las expectativas que habían despertado las conversaciones anteriores de Doha. La delegación brasileña decidió que las escasas ventajas que se proponían en Cancún no eran algo que valiera la pena. Eso no fue entorpecimiento, sino que se trató de una posición deliberada. Si todos nos proponemos no dejarnos llevar por las emociones, tenemos una base para continuar negociando. Logramos una victoria política. A pesar de la resistencia inicial, se nos trató como a una parte legítima de las negociaciones y no como a un grupúsculo de países que se dedican a gritar y crear obstáculos desde un rincón.
— Usted habla de los peligros del unilateralismo, pero ¿no es precisamente eso lo que se fortaleció con el fracaso de Cancún, dado que Estados Unidos y otros países empiezan a celebrar acuerdos bilaterales de comercio?
Es evidente que los principales problemas del comercio internacional no se resolverán mediante acuerdos comerciales bilaterales. Sin duda la OMC es fundamental para Brasil, pero también lo es para Estados Unidos y Europa. ¿Quién sale ganando con una guerra comercial? Nadie. Todos pierden.
— Pero algunos pierden más que otros. Los pobres, por ejemplo.
Por supuesto, los pobres tienen más que perder. Sin embargo, la OMC también es importante para Estados Unidos, que seguramente no quiere una guerra comercial con los países en vías de desarrollo. Es por eso que tenemos que volver rápidamente a la mesa de negociaciones en Ginebra. Creo que podemos hacerlo, si es que hay voluntad política. Debemos tener paciencia.
— ¿El mundo en vías de desarrollo puede darse el lujo de esperar años para lograr un mejor acuerdo comercial?
La paciencia no puede medirse en años. Paciencia significa lo que conseguimos con el G-22, la creación de un mecanismo que permita escuchar y respetar a todos los países, incluso a los más pequeños. Significa dedicar una hora más de tiempo a ampliar la discusión. Puede llevar un día o semanas, pero es necesario escuchar a otros países para poder llegar a un acuerdo que resulte mínimamente aceptable para todos.
— ¿Qué futuro tiene el G-22?
Sin duda la creación del G-22 fue una medida audaz. En un primer momento hubo todo tipo de intentos de desacreditarnos. Muchos pensaron que haría implosión o que se dividiría, pero logramos mantenernos unidos. Finalmente se nos reconoció como una fuerza negociadora creíble. Estoy seguro de que podemos seguir adelante de la misma manera.
— Brasil busca un lugar permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Cuáles son sus planes?
Las instituciones multilaterales se encuentran en un momento de gran confusión y redefinición. La crisis de Irak es el ejemplo más obvio, pero no es el único. ¿Cómo podemos asegurar que las decisiones del Consejo de Seguridad tienen legitimidad y cuentan con el apoyo de la mayoría de las naciones? Mientras los vencedores de la Segunda Guerra Mundial dominen el Consejo, es evidente que no se cuenta con un organismo representativo. Muchos países sienten que el Consejo no los representa. Si ingresan nuevos miembros permanentes al Consejo, es necesario que lo hagan las naciones en vías de desarrollo. Y si se piensa en países en vías de desarrollo, es difícil no considerar a Brasil. La falencia más notoria de la ONU es que el Consejo de Seguridad no representa al mundo. Eso es algo que hay que corregir.