Róger Matus [email protected]
El señor Eduardo Enríquez, Jefe de Redacción de LA PRENSA, publica en su columna Blanco y Negro un artículo que considero oportuno en estos tiempos de esnobismo espurio: “¡Dejen en paz a la arroba!”
En su artículo, el señor Enríquez explica muy claro que la “cola de mono”, como la llaman los holandeses o nuestra arroba (@) —una herencia del árabe que significa ‘cuarta parte’— es un símbolo, una unidad de medida equivalente a veinticinco libras, y que recientemente se ha incorporado a las direcciones electrónicas.
Pero el disparate en el que se está incurriendo de manera creciente —y ya lo dice el columnista citado— es el uso de la arroba como indicador de ambos géneros en nuestro idioma: niñ@s, ingenier@s, médic@s. ¿Por qué? Porque alguien ha querido ver en su intención igualitaria una “a” y una “o” superpuestos en este símbolo que, lejos de representar una “solución”, crea más problemas al idioma. Por ejemplo: l@s niñ@s estudios@s, un@s ingenier@s creativ@s, es@s médic@s escritor@s. Esto es solamente una muestra, porque ¿qué significaría atribuirle un valor fonético y legitimar su uso? Tendríamos que emplear el mismo signo en todos los accidentes gramaticales del sujeto, en todas las formas personales del verbo, en todas las formas pronominales, en todos los vocativos… ¡Una verdadera “arrobamanía!”
Entonces, más que la desventurada arroba como recurso para solucionar el problema del género gramatical, lo que se necesita es reencontrarse con esa otra mitad históricamente marginada, en su justo valor como protagonista de su propia historia. Porque el abanderado (o la abanderada, muy probablemente) de esta desatinada idea responde seguramente al reclamo por demás justo y necesario de reivindicar los derechos de la mujer, en una sociedad de herencia patriarcal. Una periodista uruguaya afirma: “La idea es reivindicar a las mujeres, porque el lenguaje representa la sociedad en que vivimos”.
Y tiene razón. Pero cuando agrega que “cambiando el lenguaje podemos cambiar la forma de vida”, yo le diría lo contrario: si cambiamos nuestra forma de vida, podemos cambiar el lenguaje. Un actitud machista frente a la lengua responde a una actitud machista frente a la vida. Porque la lengua, en sí misma, no es sexista, sino la actitud que asumimos los usuarios de esa lengua.
El autor es miembro de número de la Academia Nicaragüense de la Lengua.