Reflexiones sobre “el hombre”

León Núñez

Desde el punto de vista de la historia de nuestro lenguaje político –principalmente desde Zelaya hasta nuestros días– estamos viviendo una excepción lingüística: ya los nicaragüenses no se refieren al Presidente de la República como “el hombre”. Hablo principalmente de los nicaragüenses que andan buscando privilegios o “negocios” con el gobierno; me refiero a los nicaragüenses que son altos funcionarios públicos o que aspiran a serlo. Efectivamente, ya ninguno de esos señores acude a la expresión servil y feminoide: “Ya viene el hombre”, “Te llama el hombre”, “Ayer comí con el hombre”, etc. Ahora lo que se suele escuchar es: “Ya viene el Presidente”, “Te llama don Enrique”…

Este pequeño cambio en el “lenguaje político” lo veo como un buen síntoma de que el proceso de democratización de Nicaragua va por buen camino, y creo que se trata de un buen síntoma, porque la primera señal sociolingüística del caudillismo está en “el hombre” –el caudillo es “el hombre”– y precisamente don Enrique no es “el hombre”.

Yo pensé que con el triunfo de doña Violeta en las elecciones de 1990 iban a terminar políticamente los “hombres” providenciales. Y si bien es cierto que los altos funcionarios públicos que rodeaban a Toño Lacayo se referían a él como “el hombre”, y no obstante que los serviles de turno habían “enganchado” al ingeniero Lacayo hasta hacerlo “coger la vara” de que él era “el hombre”, nunca dejé de pensar que el fenómeno político del caudillismo –el fenómeno de “el hombre”– tan constante en nuestra historia nacional, estaba en un indetenible proceso de extinción. Realmente creí que en Nicaragua a partir de doña Violeta “el hombre”, desde el punto de vista político, iba a desaparecer.

Debo aceptar que el tiempo me obligó a reconocer mi equivocación, en primer lugar, porque Daniel Ortega, “mandando desde abajo” continuó siendo “el hombre”, y en segundo lugar, porque a partir de enero de 1997 surgió Alemán, demostrando desde la Presidencia de la República que “mandando desde arriba” también él era “el hombre”. Entonces don Daniel y don Arnoldo, reconociendo que ellos eran “los hombres”, en aras de la “gobernabilidad”, decidieron repartirse el poder, saliendo don Daniel mejor parado de tan “pentagruélica” repartición.

Los analistas políticos de Acoyapa reflexionaron sobre este tema y estuvieron de acuerdo en que durante el gobierno anterior, don Daniel y don Arnoldo fueron “los hombres” de este país, aunque se discutió ampliamente si don Daniel fue más hombre que don Arnoldo o si don Arnoldo fue más hombre que don Daniel.

La discusión terminó a favor de don Arnoldo, al considerar que su carisma físico, político y moral era tan atractivo y tan apasionante que explicaba por sí solo el porqué todos sus allegados estaban dispuestos a dar la vida por él. Sin embargo, doña Mónica Zalaquett, que por cierto es una extraordinaria observadora de la realidad , fue más allá, y me dijo que ella creía que esos allegados además de dar la vida por don Arnoldo, lo que también querían era tenerle un hijo, agregando doña Mónica que estaba segura que se lo hubieran tenido si la ingeniería genética hubiera descubierto la fórmula para que los hombres parieran.

Dicen mis paisanos que la verdad es que Alemán, en la Presidencia de la República, llegó a ser más que “el hombre”. Llegó a ser el “superhombre”. Llegó a ser un “hombre de todo terreno”, incluido el terreno sexual. Es de sobra conocido que al inicio de su período presidencial era impresionante la cantidad de mujeres que se enorgullecían de ser o de haber sido mujeres de Alemán. Recuerdo que muchas de ellas hablaban con nostálgica y erótica satisfacción de las hazañas y acrobacias sexuales de don Arnoldo…

No hay duda que a estas alturas del “partido”, estando don Arnoldo a merced de don Daniel, con escasas posibilidades de libertad, es totalmente improbable que sus allegados vayan a dar la vida por él, y si se tiene en cuenta que la metáfora de la maternidad creada literariamente por doña Mónica ha dejado de tener vigencia, se tendrá que concluir que Alemán ha perdido su masculinidad política –ha dejado de ser “el hombre”– lo cual nos hace comprender mejor la percepción generalizada que tiene nuestra población de que ahora solamente Daniel Ortega es “el hombre”.

A pesar de esto, a pesar de los nubarrones que se divisan en el horizonte político de las próximas elecciones presidenciales, estoy optimista. El hecho de que el Presidente de la República no sea “el hombre” me llena de esperanza sobre el futuro de nuestra incipiente democracia. Se trata de la esperanza en una democracia en la que nunca nadie, ni mandando desde arriba ni mandando desde abajo, pueda llegar a ser “el hombre”.

El autor es abogado y escritor.

Editorial
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