Jorge Eduardo Arellano*
Siento disentir del Excelentísimo Embajador de Costa Rica, don Rodrigo X. Carreras. No son simples estereotipos los expuestos en mi artículo Pensamiento e interpretación del costarricense (LA PRENSA, 28 de septiembre de los corriente), sino indagaciones en el carácter colectivo de sus compatriotas. Si bien éstas las comparto y asimilo personalmente, se toman de las mejores plumas que ha producido el singular país hermano, cuya historia —afirmaba el ex presidente don Cleto González Víquez (1858-1937)— podía escribirse en el papel-emboltorio de una caja de cigarrillos. Historia, por lo demás, que desde sus inicios fue una proyección de Nicaragua.
La propia historiografía “tica” lo ha pormenorizado. Desde Granada, entre 1543 y 1573, se organizaron y enviaron diversas expediciones para “conquistar” o colonizar la provincia de Nueva Cartago, adonde condujeron todo, pues allí no había nada. A saber: armas y municiones, ropas y víveres —maíz y bastimentos—, navíos y fragatas, caballos y ganado vacuno, puercos y cabras, yeguas y negros esclavos, “cosas de botica” y “rescates” —o baratijas— para regalar a los indios, fraguas con maestros, hierro para elaborar herramientas, barretas y almocafres para las minas, aparte de carpinteros, tejedores, curtidores, zapateros, silleros, xaquimeros y cordoneros.
Eclesiásticamente, durante la época colonial —y luego, hasta 1850, cuando se erigió la diócesis de San José— el obispo de León gobernó Costa Rica. Es decir: alrededor de cuarenta prelados en más de tres siglos, realizando algunos visitas pastorales a la provincia vecina, caracterizada por su pobreza. Por algo el cura de la Villa de Heredia se quejaba en 1782 de sus feligreses que carecían de “ropa decente”, incluso para asistir a misa. También la Intendencia de León de Nicaragua, creada en 1783, comprendía dicha provincia que en 1813 y 1814, y de nuevo en 1820 —cuando regía la Constitución de Cádiz— permaneció bajo la jurisdicción de la Diputación Provincial de la misma León.
Además, es de sobra conocida la pérdida del Partido de Nicoya, que incluia la Villa de Guanacaste, —centro de una región ganadera— perteneciente a nuestra provincia española, cuyo proceso fue consolidándose a mediados del Siglo XIX y ratificado con el definitivo Tratado Cañas-Jerez en 1858. Por cierto, dicho tratado se concertó tras una declaración oficial de guerra y una invasión —al mando del mercenario George Cauty— que llegó al puerto de Granada, siendo rechazada a cañonazos por el general Fernando Chamorro Alfaro. Hecho que nunca ha sido recíproco y contradice (con algunos otros que me reservo) esta afirmación del estimable diplomático Carreras que: “Costa Rica siempre ha estado primero en acudir a ayudar a Nicaragua a lo largo de su historia”.
Para entonces, todos los forjadores de ese Estado habían salido de las aulas del Seminario Conciliar y de la Universidad de León. No es necesario citar nombres, excepto el de Florencio del Castillo (1778-1834), ordenado sacerdote en 1802 y uno de sus catedráticos y vicerrectores, más los de Rafael Francisco Osejo (1794-1848) y José María Castro Madriz (1818-1892). Si el bachiller Osejo, un mulato de Sutiaba, dejó hondas repercusiones en Costa Rica como político, pensador, educador y legislador durante los primeros años posindependientes, el doctor Castro Madriz ejerció una influencia notoria durante muchas décadas. A él se le debe la erección, en universidad, en 1843, de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás. Al respecto, Luis Felipe González en su Historia de la influencia extranjera y el desenvolvimiento educacional y científico de Costa Rica (1921) lo reconoce exhaustivamente.
Datos olvidados como los anteriores deberían tomarse muy en cuenta ahora, cuando se está perpetrando una agresiva ley contra la emigración “nica” —bastión de la floreciente economía costarricense—, pues constituyen parte de la impagable deuda histórica y cultural de Costa Rica a Nicaragua. Y no se diga que descalifico a los valores intelectuales y artísticos del país sureño. Un gran “tico” fue mi maestro: Carlos Meléndez Chaverry. He redactado páginas sobre algunos de sus pintores y en la obra Literatura Centroamericana (2003), consagro no pocas páginas a 86 de las individualidades creadoras entre poetas, dramaturgos y narradores (veinte de ellas mujeres: Ana Antillón, Eulalia Bernard, Narcisa Castro Arguedas, Delfina Collado, Mía Gallegos, Leonor Garnier, Virginia Grüter, Ana Istarú, Mayra Jiménez, Carmen Lyra, Carmen Naranjo, Eunice Odio, Yolanda Oreamuno, Flora Ovares, Lil Picado, Julieta Pinto, Margarita Rojas G., Anacristina Rossi, Rima de Vallbona y Magna Zavala).
Más que un tema baladí —la disputa por el más grande “gallopinto” que no es de origen caribeño, sino español— debe interesarnos: la presencia masiva en Costa Rica de compatriotas pobres, o miserables, cuya mano de obra barata en la industria de la construcción, en los servicios domésticos y en la actividad agropecuaria —por citar tres ámbitos laborales— no son ajenos a la exitosa “reinvención” como país de los costarricenses que soy el primero en admirar. Y más aún: como lo ha señalado Carlos Sandoval García en su libro Otros amenazantes (2002), en el plano ideológico los “nicas” han cuestionado el “esencialismo” de la nación costarricense, reactivando el discurso xenofóbico y racista (cuando funcionaba el ferrocarril al Atlántico, los negros no pasaban de Turrialba), el rechazo a la otredad y la aversión al pluriculturalismo. Sin proponérselos, han impugnado la comunidad nacional “imaginada” desde finales del Siglo XIX hasta hoy y la construcción mental de una homogeneidad “blanca” y “mesetacentrálica”. Pero éste constituye un tema más complejo, del que habla el señor Embajador, cuya ecuánime defensa de los intereses de su patria, y de sus cordiales relaciones con Nicaragua, no puedo ni debo ocultar.
Y sólo me resta concluir citando unas líneas del prestigioso diario La Nación de San José, C.R. (26 de agosto, 1996): “Costa Rica necesita la mano de obra de Nicaragua y las inversiones de ciudadanos nicaragüenses en nuestro país han sido muy beneficiosas, sin contar su valioso aporte cultural”.
* El autor es escritor y director de la Academia
Nicaragüense de la Lengua.
[email protected]