Más que gastronomía, un asunto de ideales

Kathia Brenes Herrera*

Con asombro he visto cómo el gallopinto ha revuelto el alma y las entrañas del escritor Jorge E. Arellano en su artículo, como una catarsis nos deja clara su opinión sobre nosotros, los ticos. Y, es por ello que desde mi condición de mujer costarricense me permito, tal vez, no con el mismo verbo pulcro del señor Arellano, hacer algunas anotaciones referentes a mi país; no sin antes aclararle a los lectores que del famoso gallopinto los organizadores ticos donaron el dinero obtenido a un Hogar que atiende pacientes terminales de Sida, aquí lastimosamente sólo sirvió para propaganda de un casino.

Pero más que un asunto de gastronomía, el señor Arellano hace una descripción muy propia de la idiosincrasia del tico, mencionando autores y frases ofensivas de algún frustrado escritor, que de seguro nunca conoció la belleza de las orquídeas ni las mujeres de mi Patria. Olvida la obra y creación de nuestros artistas, la obra impecable de Jiménez deheredia, Rafa Fernández, Amighetti; la prosa y poesía de Chase, Zonta, Debravo, Joaquín Gutiérrez y, si de filosofía se trata le recomiendo a Rafael Herra, Arnoldo Mora, Roberto Murillo.

Nuestra mediocridad e insensibilidad se nota: en nuestras mujeres que han sabido avanzar en todos los campos ganando espacios de decisión dentro y fuera de nuestras fronteras, sin dejar de mencionar aquella que con sus manos honestas bordó nuestro primer escudo nacional, también cuando tuvimos el ingenio de abolir el ejército, lo que le permitió al presidente Figueres enrumbarnos hacia un horizonte de paz, invertir en salud y educación, no en armas; lo que ha hecho que las siguientes generaciones comprendamos que el estudio y el trabajo son los únicos medios de desarrollo.

Nos hemos forjado un ideal: de desarrollo, en que nuestros hijos no tengan que pedir en las calles, sino jugar y aprender, en donde los jóvenes aprecien el arte, la cultura, la familia, y tengan sueños, esperanzas, donde vibren ante la armonía de la naturaleza y su grandeza, como un día lo hizo de niño Franklin Chang, donde no necesitamos diariamente conflictos para preciarnos y sentirnos heroicos.

El mismo ideal con que nuestros hombres y mujeres han sido criados: la mansedad del trabajo honesto, en el mismo lugar donde tenemos el corral abierto para quienes igual que nosotros buscan pan, techo, salud y trabajo digno. Si todo esto para usted es mediocridad, ¡lástima!, prefiero ser mediocre, orgullosa y honradamente mujer costarricense.

* Es abogada y residente costarricense.
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Editorial
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