La ONU trata de restañar heridas

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La ONU trata de restañar heridas





Terminada la guerra había mucha expectación sobre el debate que provocaría en la 49 asamblea anual de la ONU la situación de Irak. No sólo se temía que la disputa sobre la legitimidad de la invasión norteamericana, que había pasado por encima del Consejo de Seguridad se reabriera con acritud, sino que se pronosticaba el aislamiento de EE.UU. en su empeño por conseguir apoyo militar y económico de la comunidad mundial para reconstruir Irak. Flotaba también en el ambiente la investigación en curso, ordenada por algunos congresistas demócratas, sobre la existencia o no de armas de extinción durante el régimen de Saddam Hussein

No obstante, también se reconocía la necesidad de terminar con la tirantez que prevalecía en el seno de las grandes potencias que mantiene desorientada a la ONU. Al respecto se empezaba a explorar tras bambalinas un nuevo diseño del funcionamiento de la ONU, que reconociera las nuevas realidades como por ejemplo, las potencias alemana y japonesa. Al respecto se consideraba obsoleta la Carta de 1945 para enfrentar los desafíos del siglo XXI. También preocupaba a los miembros de Naciones Unidas los fracasados esfuerzos por reparar el diferendo que sobre estrategias mundiales existe entre Francia, Alemania, Rusia y China por una parte y los EE.UU. por otra.

Para sorpresa de todos, al abrirse la sesión el pasado 24 de septiembre, el secretario general de la ONU, Kofi Annan, habitualmente comedido, pronunció un discurso crítico del gobierno de George W. Bush. Desde la guerra fría ninguna figura importante se atrevió a regañar públicamente al gobierno estadounidense acusándolo de conducta inapropiada. Esta vez Kofi Annan le dijo en su cara al presidente Bush que la guerra contra Irak fue “un asalto a la acción colectiva que había concebido Franklin D. Roosvelt y otros fundadores del organismo mundial. Según Annan , “si la comunidad internacional aceptase la legitimidad de ataques preventivos, ello sentaría un precedente que conduciría a la proliferación del uso ilegal de la fuerza”.

Sin embargo, el Presidente de Francia, Jacques Chirac, fue más directo cuando expresó con la elocuencia típica de la diplomacia: “En un mundo abierto, nadie puede actuar en solitario en nombre de todos y nadie puede aceptar la anarquía como sustituto de la ausencia de reglas”. El canciller Shroeder en cambio fue conciliador al prometer que su país no vetaría la resolución propuesta por EE.UU., aunque advirtió que su gobierno no enviaría tropas a Irak, aunque participaría en misiones humanitarias.

La respuesta del presidente Bush a esas recriminaciones fue comedida pues ni siquiera se refirió a ellas. Si bien solicitó ayuda a la comunidad mundial para asegurar la pacificación y bienestar a la población iraquí, dejó claro que mantendría control político y financiero de Irak, aunque prometió que el país ocupado tendría pronto una Constitución. Para ello requirió cooperación para redactar la nueva carta y entrenar funcionarios que supervisen los próximos comicios. Posteriormente, el Secretario de Estado, Colin Powell fijó en seis meses el tiempo máximo para aprobar el nuevo Estatuto y efectuar comicios a más tardar en el 2004. Esa posición evidenció la urgencia de Washington en compartir el período de post guerra en Irak con la ONU, conservando su rol de árbitro final.

Cuando le tocó su turno al Presidente de Brasil, Lula da Silva, éste propuso aumentar el número de miembros con derecho a veto en el Consejo de Seguridad, incluyendo a algunos países del tercer mundo. Al final del día, el discurso severo de Kofi Annan produjo el efecto de una catarsis colectiva, que descargó la animosidad reprimida contra Norteamérica. Al efecto, ya empezaron las consultas para redactar la resolución pedida por Bush. Todos están de acuerdo en que mantener el distanciamiento sería condenar a muerte a la ONU, aunque también influyó para forjar un clima conciliatorio, la posibilidad que las naciones industrializadas de hacer buenos negocios en Irak estando desde luego en “buenas migas” con el gobierno estadounidense.

Editorial
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