Amistad: ¿broma o farsa?

Gustavo Soto García

El buey solo bien se lame, era un consejo de mi madre siendo pequeño, advirtiéndome que era mejor solo que mal acompañado. Reconozco, era muy lírico o muy romántico según Monseñor Silvio Fonseca, quien terminaba diciéndome “…debe saber administrar sus emociones para con las personas que le rodean”. Tenía razón el clérigo.

Vivimos una sociedad de mentiras, hipócrita y falsa. El slogan que cae como anillo al dedo en estos tiempos de globalización e internet, es el refrán de nuestros viejos: “cuánto tenés, cuánto valés”. No es que esté amargado o resentido, quizás molesto conmigo mismo, tardé en darme cuenta que la amistad es una fiesta. Esto es como cuando cumplimos años y hacemos una gran lista de invitados, incluyendo compañeros de kinder, llueven regalos, departimos, sobran los abrazos sacasianos, tragos, mariachis, chistes en rueda, recuerdos y apodos, y así transcurre la noche. Me hago de un motete de tarjetas de mis “amigos”, para que al siguiente día les pida cualquier favor. Termina la fiesta, pasa la goma económica después de ver el baucher de la tarjeta por fachendo, llamo a las asistentes de mis “amigos” para hacer honor a sus ofrecimientos y me dicen: “Dice don fulano que le devuelve la llamada en cinco minutos, o disculpe pero el ingeniero Perengano salió urgente a una reunión, le llamará al celular”… luego de agotar mi agenda de los supuestos “amigos”, me entero que esa amistad era sólo una fiesta.

En otro episodio, unos “amigos” correligionarios con quienes compartía sus agendas políticas, tomábamos café hasta que el hígado se nos inflamara, poniendo en orden el mundo, llegándome a considerar el Talleyrand nicaragüense, al extremo que agarre la vara y un día uno de ellos me dice: “Lanzáte a candidato para procurador de derechos humanos, tenés madera, cabildea con algunos diputados”. Vengo, ensayo poses, pasarelas y no sé qué más estupideces, al final no hay tal cargo, yo me lo creí como si los nombramientos fueran por capacidad, inteligencia, currículum o méritos, y me quedo pensando cuánto tiempo invertí en esta tontería, queriendo aportar a la política de manera limpia. Luego el mismo “amigo” me dice: “Bueno y es que vos te creíste lo del procurador, era una broma”… y así tropecé con la misma piedra equivocándome.

Recordando cuando estuve en la Cancillería, la Alcaldía de Managua, la Lotería y Enitel, en las navidades sobró champan, whisky, vodka, plumas, etc., el teléfono de mi casa no paraba por las noches, hasta la madrugada, pidiéndome favores y de paso un regalito, almuerzos, etc., eran saludos tras saludos, e invitaciones por doquier. En la Alcaldía eran filas de “amigos” buscando un permiso de construcción, una plaza, hablar por alguien, sobraron abrazos, hasta cariñitos para mis hijos, descuentos especiales, ya no digamos ofertas de compadrazgo, y “amigas muy eleganteadas”, llegando al colmo que un funcionario nombrado en un cargo muy importante, me llegó a llorar y a decirme que si se le subía el azúcar era mi culpa, porque no le había conseguido un buen salario, influí para que le dieran camioneta nueva asignada, celular y un viaje a Miami para chequearse su diabetes, ahora medio me conoce.

En la Lotería antes de las 8:00 a.m. tenía a 10 ó 15 “amigos” esperándome, con el mismo menú de “viandas”, incluyendo negocios privados, “comisiones”, y alguien que me dijo: “Saquemonos el premio mayor y vamos mita y mita”. En Enitel, recepcionaba casi 30 solicitudes de teléfonos diarias, con ofertas de comidas y tragos, viajes, bailongos y toda clase de halagos. Una vez que dejé los cargos públicos me llegué a sentir como Robinson Crusoe en una isla, me asustaba el celular o el teléfono de mi oficina, desaparecieron los “amigos”, en las calles los encontraba y se hacían los disimulados, otros casi se comían el semáforo para no verme y saludarme, y me dije: Gustavo, esas amistades eran una farsa, concluyendo como Lucano el sabio, en la vida no hay amigos, sólo medios amigos, o intereses, pero para autoanimarme y no suicidarme socialmente, decidí cambiar de patio y de palo como ciertos plumíferos y en virtud de tener “amigos” hoy sólo tengo conocidos, y por amigos a Dios, mi madre, mis hijos y mi bolsillo. Bien decía el cardenal: “Tener un amigo es tener un tesoro…”

El autor es sociólogo y administrador de empresas.

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí