Rodrigo X. Carreras
Hace unos días, un casino realizo una hazaña original al hacer un “gallopinto” nicaragüense en respuesta al “gallopinto costarricense” más grande del mundo. Es la naturaleza de los casinos. Pero sí llama la atención que un historiador y autor del calibre de don Jorge Eduardo Arellano desconozca que nuestro ancestro africano caribeño común hace de los “moros y cristianos”, “el rice and beans” e incontables maravillas gastronómicas que comemos diferente pero son lo mismo. En Costa Rica nos gusta refrito con frijoles negros y únicamente a la hora del desayuno. Le hacemos mil variaciones y adiciones. Varía de acuerdo al gusto del tico, cuando ocasionalmente lo comemos al almuerzo. La diversidad cultural de Centroamérica y el Caribe es sumamente rica y en ella misma tenemos mucho que nos une..
Don Jorge Eduardo analiza muy pobremente con estereotipos lamentables algo tan complejo como el alma de un pueblo. Haciendo gala de una erudición que en pocas cuartillas cita alambicadamente y fuera de contexto hace mención a veinte autores y el pensamiento quizá de alguna triste experiencia. Así nacen los estereotipos. Desde su vasta erudición este autor elogia muchos aspectos de Costa Rica del siglo antepasado y de la primera mitad del siglo XX. Agradecemos sus limitados reconocimientos sobre nuestros intelectuales contradictorios con sus conclusiones. Para alguien que no quiere a Costa Rica da la idea de leer a nuestros escritores “mediocres”. Pero, ni cuenta se dio de la transformación de Costa Rica en la segunda mitad del siglo XX en un país con una mentalidad diferente más allá del pensamiento primitivo.
Juan Bosch, ex presidente de República Dominicana, quien vivió en Costa Rica, como tantos otros perseguidos de tiranías caribeñas y latinoamericanas, en su célebre ensayo sobre el origen del ser costarricense dice que los ticos nos quejamos de que no tuvimos un Simón Bolívar, ni un José Martí, pero que tampoco permitimos tener un Juan Vicente Gómez, ni un Rafael Leonidas Trujillo. A partir de la Costa Rica igualitaria y democrática, desprovista de fuerzas armadas, pudimos desarrollar un país que ocupa altos lugares en el bienestar de los costarricenses y sabe Dios cuántos huéspedes que vienen a buscar mejores horizontes y que contrariamente a lo que señala este autor, los habitantes de Costa Rica ni nuestros inmigrantes nicaragüenses tienen nada de mediocres. Son muchos los nicaragüenses que conocen el espíritu del costarricense y tienen una opinión diferente. Son muchas las citas que he escuchado en estos tres meses de eminentes nicaragüenses sobre Costa Rica como un paradigma a alcanzar para el pueblo nicaragüense.
Costa Rica siempre ha estado primera en acudir a ayudar a Nicaragua a lo largo de la historia, conscientes de que un daño a esta tierra afectaría nuestra propia tranquilidad. Costa Rica, como país vecino a Nicaragua ha acogido a innumerables hijos de esta tierra bendita. Esta disposición, como lo sabe don Enrique Bolaños, se mantiene fortalecida en la presencia mutua de empresarios, trabajadores, científicos e intelectuales de ambos países dispuestos a construir una gran relación de provecho mutuo de nuestras poblaciones.
El Príncipe de las Letras, quien viajó por el ancho mundo, vio en Costa Rica un país que por no interrumpir la faena no tenía interés en revoluciones, tratando a sus bueyes con el respeto y cariño de la gentileza ajena a la espuela y maltrato. La galantería y caballerosidad de Rubén Darío, al referirse a la belleza y el honor de las damas costarricenses, contrastan con la grosería de mal gusto que cita el señor Arellano. Utilizando frases ajenas de un español anónimo, que sufrió en Costa Rica probablemente la suerte del dios griego Hefesto, y creando la impresión de asocio con autores como Víctor Hugo y Miguel de Unamuno contra nuestras mujeres. Nuestras flores y nuestras frutas se venden en el mercado internacional sin llegar a que se pasen de aroma ni sabor. Nuestras damas nos enorgullecen en todas partes sólo para mencionar a dos, en las olimpiadas como las hermanas Poll, costarricenses por su voluntad, y en toda su amplitud de origen nicaragüense. Podría seguir la lista pero no deseo abusar de los lectores.
Leíamos en La Nación sobre una “chef de la tortilla”, que también se hace en Costa Rica, que hizo la tortilla más grande del mundo de un metro de diámetro (en Costa Rica se emplea el sistema métrico decimal). Y es que las tortillas ticas viajan al espacio cuando el doctor Franklin Chang las lleva consigo. Esperamos que pronto haya respuesta en este bello país. Dios primero que se inspiren no sólo en nuestra chef sino que también en nuestro poeta Jorge Debravo cuando decía: “Yo quiero un pan, hermano, grande como las aguas de los mares/ ancho como las grandes llanuras de la tierra/ espeso y generoso como una montaña.// Cuando encuentre ese pan correré por los campos, recogeré a los hombre más tristes y más flacos y los llevaré a todos a sentarse a mi mesa…”
El autor es embajador de Costa Rica en Nicaragua.