Grandeza y miseria del caudillismo

Roman, Times, serif»>
Grandeza y miseria del caudillismo





Una de las figuras más relevantes y en cierto momento peligrosa, en la escena política nicaragüense, es el caudillo. Su existencia e importancia se explica por las condiciones sociales de nuestro subdesarrollo, donde no hay instituciones, sino personalidades. Se trata de una sociedad donde el fraccionalismo dispersa y debilita la opinión pública al punto que requiere mecanismos que favorezcan la cohesión ciudadana y neutralice la inevitable dispersión de fuerzas políticas, consiguiendo gobernabilidad. Esto es así porque la firmeza de una clase política es bastión contra la anarquía.

Es ahí donde la personalidad carismática del caudillo se vuelve necesaria porque logra atraer y mantener a su alrededor una sólida, extensa y obediente clientela que facilita la restauración del orden. El problema es que el núcleo del poder de ese “líder supremo” es al mismo tiempo su debilidad, porque provoca apego irracional a su persona y se pone al margen de la ley. Su atractivo se explica por “su encanto carismático” que incluye lealtad, a cambio de dispensar favores discrecionales, que ordinariamente no se consiguen en la maraña burocrática. Lo grave es que la camarilla que se forma alrededor de ese líder omnipotente se convierte en cómplice y animador de la corrupción, de la cual se beneficia.

Se va consolidando así, junto a la efectividad del caudillo, una fuerza irresistible. Es obvio que en la primera etapa de la vida política del “máximo conductor” éste desempeñe un papel que la sociedad necesita. Por ejemplo, cuando el país lucha contra una tiranía, o un invasor, o trata de corregir una crisis o, finalmente procure detener la llegada al poder de un partido de nefasta trayectoria. No obstante, el problema reside en que el caudillo a medida que cumple su papel, se vuelve impune al control que toda autoridad requiere para no abusar.

Es en ese momento que la ciudadanía comienza a desconfiar de su salvador y poco a poco organiza una cerrada resistencia para salir de él, evitando que prosiga en ese papel hegemónico sin fronteras, señalado por Lord Acton cuando dijo que “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. No obstante, deshacerse de un caudillo convertido en delincuente o vuelto ineficiente es difícil, porque retiene de alguna manera las riendas de su conglomerado, a quien ha hecho creer que es irremplazable, aunque de todas maneras dirigentes de ese partido traten de sobrevivir organizando nuevas alianzas.

Un ejemplo de lo anterior lo observamos en el comportamiento errático del Consejo Ejecutivo Nacional (CEN) del Partido Liberal Constitucionalista frente al enjuiciamiento y prisión de su “líder supremo”. En vez de considerarlo como cartucho quemado, cometió dos errores: ilusionarse con la libertad de su líder y convertirse en opositor. Lo sensato es dejar que la justicia siga su curso en el juicio de Alemán y reconstruir la mayoría liberal en la Asamblea para aprobar las leyes exigidas por el FMI, pues solicitar ayuda del FSLN requerirá pagar políticamente con una inflación al Presupuesto por Hacienda para el 2004.

El resultado de esas equivocaciones del CEN es que el caudillo, desilusionado de éste, ha buscado su reemplazante en su familia, dejando al CEN como caja de resonancia. Al final, el secretario nacional, René Herrera, comprendió lo inútil de la estrategia del CEN y rompió con sus antiguos camaradas. Tratándose de un partido mayoritario la fragmentación que sufre es lamentable, pues es hasta ahora la barrera más eficaz para evitar el regreso del sandinismo al poder. En vez de desgastarse en esas disputas irrelevantes, los liberales deberían buscar un nuevo líder que los unifique para aprobar las leyes que el Ejecutivo les presente para ganar la batalla de la HIPC y luego intentar ganar las elecciones municipales.

A su vez el partido de gobierno debe acercarse a quienes pueden ayudar a reconstruir el control de la Asamblea. La otra alternativa es que el Gobierno vuelva a buscar al FSLN para aprobar las leyes que el FMI exige para otorgar el HIPC a sabiendas que de nuevo tendrá que pagar políticamente por ello.

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí