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“Los comunistas me propusieron como comandante en jefe”

El déspota chileno habla de las circunstancias que llevaron a su nombramiento como jefe de las Fuerzas Armadas, su relación con su distinguido antecesor que no apoyó el golpe y cómo logró imponerse como líder de la junta militar SEGUNDA DE DOS PARTES El ex gobernante Augusto Pinochet niega en esta entrevista con el historiador […]

  • El déspota chileno habla de las circunstancias que llevaron a su nombramiento como jefe de las Fuerzas Armadas, su relación con su distinguido antecesor que no apoyó el golpe
    y cómo logró imponerse como líder de la junta militar

SEGUNDA DE DOS PARTES

El ex gobernante Augusto Pinochet niega en esta entrevista con el historiador estadounidense James Whelan, que haya ordenado asesinar a su antecesor en la jefatura castrense, el general Carlos Prats, en cuyo carro explotó una bomba el 30 de septiembre de 1974 en Buenos Aires.

Éste es uno de los más famosos crímenes atribuidos a la dictadura chilena dentro del marco del criminal Plan Cóndor de eliminación de opositores a las dictaduras del Cono Sur, y motivó una causa judicial en Argentina contra Pinochet, en tiempos recientes.

Prats fue durante su brillante carrera militar un constitucionalista y desaprobó el golpe del 11 de septiembre de 1973. Menos de un mes antes había renunciado a la jefatura del Ejército ante la asonada del 29 de junio y las presiones para que las FF.AA. quitaran del poder al presidente marxista Salvador Allende. Había sido su ministro del Interior y Defensa.

“No compartí su ideología marxista, pero lo enjuicio como uno de los gobernantes más lúcidos y osados del Chile del siglo XX y, al mismo tiempo, el más incomprendido”, dijo Prats de Allende, según la enciclopedia digital Icarito, del diario La Tercera.

Prats abandonó Chile el 15 de septiembre de 1973, apenas 4 días tras el golpe. Un año después, el 30 de septiembre de 1974, fue asesinado junto a su esposa Sofía Cuthbert en el barrio bonaerense de Palermo.

Esta entrevista fue publicada por el diario chileno La Tercera, y está tomada del sitio web Periodista Digital.

— ¿El Presidente Salvador Allende se sintió decepcionado de usted…?

Claro… (risas). Es que yo nunca le dije nada, y fui el candidato a la Comandancia en Jefe de él. Le voy a decir una cosa que no la sabe nadie… ¿Sabe quién me recomendó con Allende? El Partido Comunista. Ellos sí que se equivocaron conmigo.

— Yo creía que el que había sugerido su nombre era el general Carlos Prats…

No tanto. Él era muy desconfiado, no creo que haya sido él. Aunque quizás me miraba como un pobre tontón.

— ¿Usted tuvo algo que ver con la muerte del ex comandante en jefe del Ejército, Carlos Prats?

No tengo nada, nada, nada que ver con su muerte. Lo juro por la memoria de mis padres. Yo ayudé a Carlos Prats. Incluso desde abajo. Cuando él me entregaba el puesto de Comandante en Jefe, yo se lo devolvía igual. Podría haberme alzado, pero no lo hice, por lealtad. Prats después habló muchas cosas malas de mí, pero hasta entonces había un respeto mutuo. Después, cuando se presentó el problema con las señoras de los militares que rodearon su casa y llegaron los carabineros, hubo un oficial que le faltó el respeto.

Y yo ahí mismo lo eché.

Más adelante, Prats entregó el Ejército muy amargado y triste. Y cuando Allende me llamó a mí para nombrarme Comandante en Jefe, mi primera pregunta cuál fue: ¿Presidente, mi general Prats sabe lo que nosotros estamos hablando aquí? Sí, me dijo Allende, y está de acuerdo con esto. Cuando Prats dejó la institución lo insultaban, lo amenazaban con que lo iban a matar, mil cosas. Yo le pregunté, con un intermediario, si le gustaría irse a otra parte donde pudiera estar más tranquilo y no lo molestaran tanto. Él entonces me dijo que quería irse a Argentina.

Entonces le dije que al otro día se iba. Avisé que le prepararan los carnets de identidad, y le dije que iba a tener un helicóptero que lo iba a llevar a la frontera, y ahí te espera un auto y te lleva. Y así se hizo. Llegó el helicóptero y lo esperaba un auto. Entonces le dijimos: general, ¿no quiere que lo escoltemos hasta Buenos Aires? Y él respondió, molesto: no quiero nada. Después, acá, los militares le querían hacer un juicio, por traición a la patria. Yo tengo hasta guardado el oficio. Cuando lo mataron, yo traté de averiguar quiénes habían sido aquí, y de aquí no era nadie. Si todo esto pasó en Argentina. Y yo cómo iba a mandar a averiguar allá, si más encima estábamos con problemas. Sus hijas se enojaron, y dicen que yo participé en el atentado…

— A usted lo acusan de no haberle dado a Prats el pasaporte que él venía pidiendo, y que le hubiera permitido salir de Argentina.

Eso me lo achacaron sus hijas. Pero se olvidan que él tenía pasaporte diplomático. Si había estado meses antes en Europa, visitando Rusia como Comandante en Jefe.

— Antes de que él saliera del Ejército, ¿usted le contó lo que estaba pensando sobre Allende?

Nunca. Por eso se sintió tanto: sintió que lo habían engañado.

— ¿Qué recuerda de la relación entre Prats y Allende?

Prats quería que Allende lo dejara como su sucesor. Y creía a pie juntillas que lo iba a elegir a él como su sucesor.

— Allende había logrado aproximarse muy bien a los altos mandos, no sólo a Prats. En el Ejército, en la Armada, en Carabineros. ¿Cómo se explica que un presidente socialista que quería dar un autogolpe lograra eso?

Lo que pasa es que los militares son militares. Miran al presidente como la autoridad máxima, y no se imaginan que pueda dar un autogolpe.

— ¿Qué porcentaje de oficiales tuvieron que sacar de las filas después del golpe, e incluso dejar detenidos?

Yo tuve que sacar al coronel Efraín Jaña, de Talca. Y a unos cuatro o cinco generales más.

— Usted se portó bien con su número dos, el general Orlando Urbina, del que muchos desconfiaban por su afinidad con Allende. Lo mandó el 10 de septiembre a Temuco, a inspeccionar unos equipos, para que no estuviera como jefe de Estado Mayor en Santiago (el 11, día del golpe).

Sí, lo mandé a darse una vuelta al campo… (risas).

— Su hijo (el general Javier Urbina) ahora es un general, miembro del Alto Mando…

Sí.

EL GOLPE: “ACEPTÉ Y ACERTÉ”

— Hablemos ahora del almirante José Toribio Merino Castro, su socio…

A José Toribio lo conocí en el colegio en Valparaíso. Y lo encontraba el tipo más pesado que hay… De esos con la nariz corrida, hijo de un almirante… que miraba de arriba para abajo. Cuando los dos éramos oficiales, apenas nos topamos. Yo nunca le hablé a él, hasta que el 9 de septiembre me envió una carta pidiéndome apoyo (para derrocar a Allende). Decía que la Marina se iba a sublevar, con los Carabineros y la Fuerza Aérea. Ellos creían que iban a obtener fácilmente la victoria, y no era así. Por eso le acepté, y le achunté (acerté).

—- En la noche del 11, es el general de la FACH (Fuerza Área Chilena) Gustavo Leigh quien se opone a que usted asuma el mando de la junta. Él argumenta que tiene más antigüedad que usted…

Pero yo le digo que la antigüedad que manda es la de las instituciones. Y que yo vengo del Ejército, que tiene más antigüedad que todas las demás. Estábamos solos con Leigh, y se produjo una discusión.

— ¿Merino se opuso alguna vez a que usted presidiera la junta?

No. Ni Merino ni Mendoza se opusieron nunca. Lo que pasa es que Leigh era muy especial. Tenía una ambición muy grande. Y sus asesores siempre le decían que era el inteligente del grupo, y el niño bonito de la junta. Pero no voy a hablar mal de él, mire que está muerto.

— Pero cuando Leigh argumenta que las Fuerzas Armadas tienen que devolver cuanto antes el poder a los civiles, no parece muy ambicioso.

Cómo íbamos a devolver el poder, si no habíamos solucionado los grandes problemas. Lo que pasa es que hay ambiciones que no se muestran.

— Las malas lenguas dicen que usted terminó controlando y presidiendo la junta porque Merino no era muy bueno para trabajar…

Claro. Él no quería tener la agenda llena. Él era marino no más, y los marinos piensan más en el mar que en la tierra.

— Pero usted puso a muchos marinos en cargos importantes.

Pero cuando los marinos se dieron cuenta de que los mandos militares tenían capacidad de sobra, y que habían hecho cursos… ahí se dieron cuenta de que tenían que poner el hombro. Los marinos son muy especiales, oiga.

— ¿Usted recuerda en qué momento decidió que pasaría un largo tiempo al mando del país? Porque ese no era el plan original.

Cuando entramos a examinar la caja del Banco Central. Yo puse a trabajar intensamente ahí a varios oficiales, que me informaron que el Banco estaba totalmente quebrado.

Cuando veía los problemas agrario o ferroviario, o cuando llegaban los trabajadores queriendo hacer crujir el buque. Todas esas cosas nos hacían pensar cómo vamos a arreglar esta cosa. ¿Cómo lo vamos a dejar así? Ni que nos hubiéramos arrepentido de haber sacado a Allende. Había que arreglar el buque, o al menos calafatearlo…

— ¿Cómo vivió el proceso de pasar a ser presidente, que le consumía gran parte de su tiempo, y dejar de ser en el día a día el comandante en jefe?

Lo primero que pasó fue que se indignó Leigh, porque yo le dije: soy Presidente de la República. Le había tocado la fibra sensible…

— ¿A usted le pasó por la mente la posibilidad de dejar el poder en 1980?

Sí. Muchas veces.

— Es decir, consideró la posibilidad de retirarse.

Yo enfrenté la posibilidad de irme. Yo no quería gobernar contra la voluntad del pueblo, porque siempre he sabido que eso termina mal. Pero más tarde llegaron los resultados del plebiscito, en el que obtuve el 43%. Y dije, ‘bueno, entonces me quedo en la comandancia en jefe’. Pero la posibilidad de alejarme me pasó muchas veces por la mente.

— La ceremonia en que usted dejó la comandancia en jefe en 1998 se llamó Misión Cumplida. ¿Habría sido posible decir misión cumplida en 1980?

No. Había muchas medidas económicas que no estaban listas. Faltaba afianzar la libertad económica. En Chile la economía socialista fijaba hasta los precios. Costó mucho convencer a la gente de que era mejor la libertad. Los comerciantes se quejaban, porque hasta entonces habían hecho fortunas. Compraban a 10 y vendían a 20, porque los precios los reajustaban.

— Hermógenes Pérez de Arce habla siempre del “pago de Chile”. ¿Cree que los chilenos han sido capaces de evaluar lo que usted hizo y valorar, por ejemplo, lo que significa el libre mercado?

Cuando se dieron cuenta de las ventajas del mercado, yo creo que sí. Se dieron cuenta de que los productos eran mejores, que había competencia, que el producto que se vendía era el mejor y el más barato.

“NO ME DEFIENDO A COSTA DEL EJÉRCITO”

— Durante los primeros 10 años de la Concertación (transición democrática), sus adversarios permanecieron más o menos estáticos.

Sí. Hacían acciones esporádicas. Creo que estaban alistándose, y de repente volvieron a la carga. Esta gente no tiene fin: atacan a la presa hasta que la liquidan, la destruyen. Yo logré eludir que me destruyeran. Me detuvieron en Inglaterra, y me querían llevar a España para juzgarme y encerrarme en una jaula.

— ¿Usted ha hecho algo para conseguir apoyos dentro del Ejército?

No he hecho nada, por una razón sencilla. Si hago o pido algo colectivo, van a decir que estoy montando una revolución. Y yo no hago esas cosas. No voy a someter a mi institución a los peligros que correría por defender a una sola persona.

—-¿Le ha costado mantenerse al margen al Ejército?

Mucho. Pero no quiero que nadie piense que me estoy defendiendo a costa del Ejército. Lo que sí he hecho es ayudar a mi institución.

— ¿El Ejército de Chile es, a su juicio, la misma institución que usted dejó el 10 de marzo de 1998?

Sí. Nada más que ahora está sometida a presión. Tratan de dividirnos, pero no lo consiguen.

— ¿Se siente decepcionado por la falta de un apoyo más sólido?

No. Yo conozco a mi gente. Me apoyan.

— ¿Usted realmente cree que el Ejército le ha dado todo el apoyo que a usted le hubiera gustado?

Me ha dado grandes apoyos. Lo que pasa es que no todo lo hacen en público. Me dan gente que ayuda, me apoyan con abogados… Me han apoyado. Usted comprenderá que yo no voy a hablar mal del Ejército, en el que he estado tantos años.

— ¿Han sido leales con usted sus ministros civiles, los empresarios que lograron enriquecerse gracias a lo que usted creó?

Siempre fueron leales. Durante mi secuestro en Londres, siempre me ayudaron.

— ¿Cuántos de sus 150 ministros civiles llegan a saludarlo aquí a Bucalemu?

Muchos vienen. Otros no pueden venir, y también hay algunos que no quieren y que no van a venir nunca.

— ¿Qué consejo le daría usted a los militares no sólo de hoy, sino del futuro, en caso de que se llegara a producir en Chile una situación como la que vivió usted en 1973?

Yo les aconsejaría que llamaran al Consejo de Seguridad Nacional, y que allí expusieran las cartas libremente. Y que exigieran medidas para terminar el problema.

— ¿Cree que las Fuerzas Armadas han cambiado de mentalidad?

No. Seguimos siendo los últimos garantes de la institucionalidad chilena.

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