José Adán Silva [email protected]
Ya hará hace tres meses que vi la misma escena que muchos ven a diario en las cada vez más atestadas avenidas de Managua: un taxi chocó con un carro particular, por una mala maniobra que hizo para conseguir un pasajero.
Y fue lo mismo de siempre: primero intentó huir, luego se hizo el gato bravo y, luego, cuando vio que no tenía oportunidad, ofreció reparar el carro antes que llegara la Policía de Tránsito. Si reparó o pagó los daños, no sé, pero conozco muchos casos de otros taxistas que han chocado a terceros y no han pagado.
Esta semana me subí en un taxi que me llevó de LA PRENSA a la Fiscalía, y por poco y me vuelvo católico de tanto rezar y pedirle a todos los santos posibles de la Corte Celestial, que me protegieran de aquel loco con ínfulas de conductor de Fórmula Uno.
No sólo me llevó todo el tiempo a velocidades supersónicas en las vías más transitadas, sino que adelantó buses, invadió carriles contrarios, se cruzó sin prudencia las luces rojas de dos semáforos y cuando tuvo que frenar, lo hizo bruscamente. Para colmo, ni siquiera tenía cinturón de seguridad. Me devolvió la fe.
Estoy casi seguro de que este tipo estuvo el pasado miércoles, junto a más de mil colegas suyos, protestando frente a la Asamblea Nacional, presionando para no pagar completo el seguro obligatorio en las modalidades de daños a terceros y seguro a pasajeros, que estable la Ley 431 o Ley de Tránsito.
De más de 250 mil vehículos que circulan en Nicaragua, sólo los taxistas y los buseros han protestado públicamente contra esta ley, principalmente contra el pago de seguros. Pero contradictoriamente, son ellos quienes más daños provocan a los terceros, y quienes menos responsables son para asumir sus despiadados actos de malas maniobras y abusos en la vía pública.
La ley establece un plazo que se vence el próximo 24 de marzo del 2004, y la Policía ha decidido cumplir con lo establecido por la ley, para que todos los conductores paguen el seguro.
Esto ha provocado, en el colmo del cinismo, que los taxistas amenacen con provocar caos y desorden, con bloquear calles y avenidas y hasta con tomarse edificios públicos; esto último, al fin y al cabo, sería lo único que les haría falta, porque el caos, el desorden y el bloqueo de calles y avenidas es una pesadilla que a diario nos obligan a vivir.
El seguro de responsabilidad por daños a terceros, cubre lesiones y muertes de una o más de dos personas; también cubre hasta cinco mil dólares en daños materiales a terceros. Lo más importante es que por fin la población tiene una ley a su favor que ofrece la posibilidad de resarcirle los daños que le pueda provocar cualquier conductor irresponsable, y de obtener una indemnización decente ante un accidente.
Los taxistas dicen que la situación económica no les permite pagar el seguro establecido en 261 dólares; ellos quieren pagar 135 dólares, pero estamos hablando que tienen más de seis meses para recoger esa cantidad. ¡Ya estuvieran!
¡Ah, pero no! Ellos quieren seguir trabajando sin seguridad, seguir machacando gente en el pavimento y estrellando sus carcachas sin que nadie les cobre nada. Todo en nombre de la democracia. ¡Maldita democracia!, diría Homero Simpson.