José Adán Silva [email protected]
Era una tarde sabatina de aires cálidos y ánimos excitados: alboroto de chavalos en bicicleta, marimbas callejeras, chicheros ambulantes, gente platicando en las esquinas, licor y pólvora por doquier. Era palpable la sensación de que sería una larga noche de fiesta para Masaya. El San Fernando, había ganado un juego de serie final.
Me contó un alegre taxista que conocí esta semana, que por esas fechas ocurrió algo que hasta la fecha es la mayor vergüenza que podría ocurrirle a un taxista que se las pique de muy macho.
Una pareja tomó un taxi del parque central a la discoteca Cocoyambo. Eran cerca de las 8:00 p.m. y la pareja iba acaramelada en el asiento trasero del Lada, en besos, abrazos y risitas.
El taxista, conocido como Esteban, se percató de algo: o la mujer era ronca, estaba afónica, o no era mujer. De entre las risitas y caricias no salía una voz femenina de tonos graves, sino dos truenos sonoros de muy machos, pero uno de ellos se escuchaba fingido cuando susurraba cosas.
Desde un taxi que pasaba cerca, un conocido le gritó a Esteban: “Te van a cagar el carro”. Y éste, tras unos segundos de titubeo, frenó bruscamente y se giró para increpar a la pareja masculina que se regocijaba entre besos y suspiros: “Ve, de verdad: apéense y vayan a hacer sus cochinadas a otro lado, par de patos hijos de p…”.
La pareja, un poco avergonzada, le pidió que los llevara a la disco y que no se preocupara, que no iban a manchar el tapizado del vehículo porque no estaban teniendo sexo.
Pero ya Esteban estaba que no entendía razones, y en medio de insultos, les repitió que se bajaran. Los novios insistieron en que los llevara a la Disco, pero no terminaban de dar sus argumentos cuando el taxista salió y rodeó el carro hasta detenerse en la puerta trasera derecha, abrirla y jalar violentamente del brazo al asustado ciudadano que hacía de “activo” en la relación gay.
Era de poca altura, escuálido y cobarde. Esteban lo empujó varias veces, lo retó a los golpes y le cobró el pasaje hasta el lugar que los había llevado.
“Calmate hombre”, insistía el ciudadano, pero el taxista nada: “Pagáme ya antes de que te cachimbee”. Ya al alrededor se había formado un círculo de personas que veían la escena con curiosidad y morbo.
De pronto, del taxi bajó un tipo enorme de falda y bolso, espalda ancha, brazos largos y piernas velludas; carmín en la boca y peluca de rizos rubios.
Se dirigió al taxista, que ocupado en sacudir al chaparro cliente, no se dio cuenta de donde le vino la sonora cachetada de uñas postizas. Cayó al suelo, y ya no tuvo más oportunidad de defenderse. El hombrón de falda le dio con todo por varios minutos, mientras le repetía con voz de trueno: “Con mi hombre nadie se mete maldito”.
Al final, ya sin peluca, corrida la pintura facial y con las uñas postizas desgarradas, el tipo de falda abandonó la faena de patadas y trompones, se acomodó el pelo con coquetería, alisó sus ropas con las manos; tomó a su amado del brazo y casi a jalones, se escabulló ante una ya bien nutrida concurrencia que aplaudía divertida la singular escena, y que con palmaditas en el hombro, lo felicitaban por la lección de “hombría” que le había recetado al abusador taxista que, desconcertado, ensangrentado y con la mirada perdida, arrancó para perderse raudamente en la oscurana de su ego de hombre lastimado.