José Antonio Poveda Salvatierra
El esquema de abasto alimentario nacional integra una compleja cadena de eslabones (acopio, transporte, almacenamiento y distribución al mayoreo y menudeo); cada eslabón presenta una problemática específica, en términos de racionalidad de mercado, que repercute tanto en la estructura de precios, como en las posibilidades de acceso para toda la población. Dichas repercusiones se originan en etapas de intermediación, desde el tránsito de los productos del campo hasta la mesa del consumidor final. Dentro de ellos se conjugan también errores de planeación para la distribución de los productos de abasto, situación que provoca a su vez una concentración de flujo de productos. Sin embargo, este último es un elemento aleatorio en la lógica de abastecimiento, el cual se orienta en la demanda.
El abasto alimentario nacional se maneja actualmente bajo un sistema dual que atiende segmentos específicos de consumidores, agrupados de acuerdo a su capacidad de compra. De hecho funciona así desde que el acceso alimentario adquiere un carácter mercantil a la llegada de los españoles; sin embargo éste evolucionó hasta delimitar un canal tradicional conformado por pequeñas tiendas y establecimientos especializados de barrio (carnicerías, pollerías, tortillerías, panaderías etc), lugares donde se surten de alimentos mayoritariamente las familias de bajos ingresos. Junto a esta opción existe otra de aparición reciente que integran las cadenas de supermercados y tiendas de autoservicios, las cuales constituyen en conjunto el canal moderno donde compran las familias de ingresos medios y altos.
Casi todos los agentes que intervienen en el sistema de abasto nacional, y sobre todo el mayorista operan de manera estática: normalmente no acuden a los clientes sino que esperan en su propio local la llegada de éstos; no cuentan con tecnología de exhibición, sistemas de financiamientos y mecanismos de producción de sus productos. Además, el conjunto de sistema opera sin una reglamentación jurídica que formalice los procesos de compra venta; tampoco cuenta con programas de compra planificados que permitan atenuar sobre ofertas cíclicas y, por consiguiente, el abaratamiento de precios; más aún, la capacidad tecnológica para la conservación de productos perecederos resulta escasa y concentrada sólo en los puntos de venta, lo cual incurre en pérdidas cuantiosas. La recuperación de estas pérdidas sólo es posible incrementando el precio de ventas en las etapas sucesivas de intermediación, lo cual tiene un impacto en el precio final, y consecuentemente sobre el consumidor.
Existen dos vertientes señeras desde donde pueden ocurrir las primeras transformaciones del ramo ante la apertura comercial. En primer lugar destaca el desmantelamiento de la estructura agrícola nacional, indudablemente ligada al sistema de abasto; y en segundo, las propias estrategias que adopta el sector comercial moderno que, ante la perspectiva comercial regional excluye a los mayoristas nacionales. Esta lógica se encuentra apremiada por medios agresivos de mercadotecnia y publicidad que son usados, sobre todo por los agentes extranjeros, y la capacidad de penetración que pueden tener éstos de manera directa hacia el medio rural.
Ante la reapertura ocurrirá sin duda un flujo más acentuado de productos del exterior, debido a su menor precio con respecto a los nacionales. Esto obliga a un recambio de funciones al productor nacional que está buscando desde ahora, la forma de convertirse en un representante comercial en Nicaragua de los productores estadounidenses; ello impactaría indudablemente dentro del empleo directo que la planta productiva sectorial genera, lo mismo que sobre los puestos indirectos que permiten la comercialización interna de productos.
Los supermercados y tiendas de autoservicios representan una innovación comercial que proviene de Estados Unidos. Este sistema usa economías de escala para abatir costos de intermediación y precios al consumidor. La integración vertical desde el producto hasta el consumidor es otra estrategia. Representa también la unión entre mayoreo y menudeo; pero desde la gran tienda a la ciudad, generalizándose el sistema de contratos entre la tienda y el productor. La zona de abastecimiento se extiende por igual a otros países a través de mercado alimentario internacional que a su vez determina los precios. Por tanto, según diversos análisis el ambiente comercial se torna más competitivo y se forman nuevas empresas mayoristas que a su vez constituyen varias familias de supermercados cuya distribución expresa las características de una ciudad urbanizada y con determinado nivel de ingresos.
La presencia de productos extranjeros en los canales al menudeo en Nicaragua resulta frecuente desde hace varios años; a pesar de costar el triple que sus similares nacionales. Tuvieron buena aceptación en los estratos medios y altos debido a su novedad y nombres americanos. Estos productos fueron promovidos por cadenas de supermercado, y tiendas de autoservicio en secciones especiales de productos importados, pero el consumidor nacional percibió enseguida que se trataba de “producto chatarra” y sólo algunos pervivieron. Sin embargo, esto no significa que se hayan retirado; al contrario se registra una segunda etapa que va creciendo donde el mercado nacional se ve cada vez más inundado debido a que buena parte de productos importados representa un gran atractivo para comercializarlos. El TLC no saca de la crisis a los productores más pobres y hunde el sistema de abasto tradicional del cual dependen miles de familias.
Los principales compradores directos de alimentos procesados americanos son, en primer lugar, los grandes distribuidores y mayoristas de la ciudad capital quienes tienen la posibilidad de almacenar y distribuir mercancías a lo largo del país. Ellos poseen la mayor cobertura por lo que en ocasiones también canalizan importaciones directas a ciertas ciudades al interior del país.
El autor es Vicedecano Facultad de Derecho UNAN-León. Catedrático de Derecho Internacional.