De fundamentalismos y razón

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De fundamentalismos y razón





El fundamentalismo es un anglicismo apropiado por los sociólogos, políticos y funcionarios de entidades públicas, gubernamentales y ONG, para calificar —o más bien descalificar— todo lo que se concibe, realiza y expone con arreglo a principios fundamentales considerados como irrenunciables. De manera que se llama fundamentalistas a quienes mantienen una actitud extremista, derivada de una interpretación rigurosa de la fe o la convicción, y aplicada de modo intransigente en la política y las actividades sociales.

Pero sólo se califica como fundamentalistas a quienes se apegan con intransigencia a los dogmas religiosos y éticos, y que en política asumen posiciones derechistas. De manera que fundamentalista ha venido a ser como un sinónimo de extremista de derecha, fanático religioso e intolerante político. Sin embargo, el fundamentalismo también tiene un inevitable polo de izquierda que se expresa, entre otras, en las políticas de género, feministas, pro abortistas y de educación sexual.

Precisamente por eso es que el Manual de Educación de la Sexualidad (Educación para la Vida), adoptado por el Ministerio de Educación Cultura y Deportes (MECD) y manejado en secreto a pesar de que se trata de un asunto de palpitante interés público, es fuertemente cuestionado por representantes de organizaciones religiosas, pro vida y rescate de los valores morales tradicionales; mientras que sus promotores lo defienden de manera apasionada e intransigente.

Así que si de fundamentalistas se trata es necesario referirse tanto a los de derecha como a los de izquierda en este debate que es candente porque se refiere a un asunto vital para las personas, las familias y la sociedad.

En realidad, si es cierto que hay un grave problema de salud pública por falta de educación sexual, lo razonable sería que las diversas corrientes de opinión sobre el asunto discutan con ánimo de tolerancia y traten de concertar una estrategia común para proteger la salud de los niños y adolescentes, pero toda la salud, no solamente la sexual. Y si no es posible unificar esfuerzos por lo menos hacerlos converger en un objetivo común.

Por ejemplo, en el mencionado manual para la educación sexual se presenta al condón (páginas 115 y 116) como medio universal y prácticamente infalible de protección contra todas las enfermedades de transmisión sexual, inclusive el sida. Pero los representantes de la otra parte alegan que es mentira que el condón evite esas enfermedades. Y ambas se apoyan en documentación estadística supuestamente confiable.

En este caso lo correcto no es imponer una posición y descalificar a quienes cuestionan el manual con el argumento intolerante de que es una “opinión tendenciosa de algunos grupos minoritarios”, que es prácticamente el mismo criterio totalitario que se usó en el pasado para justificar las persecuciones y represiones de las dos dictaduras, de derecha y de izquierda. En realidad lo correcto no es excomulgar ni descalificar a nadie, sino compartir preocupaciones y esfuerzos, o luchar cada quien por su lado contra el peligro de las enfermedades sexuales, unos promoviendo el condón y otros con sus campañas de religiosidad, de moralización, de abstinencia, de disuasión de la promiscuidad sexual, y de exaltación de las virtudes y beneficios de la castidad y la virginidad hasta llegar al matrimonio o la unión conyugal de hecho.

A pesar de todos los daños que la clase política nicaragüense le ha hecho al sistema democrático, Nicaragua es un país libre y abierto donde, por ejemplo, los condones se anuncian y venden libremente y los promotores de la nueva sexualidad plantean sus puntos de vista sin restricciones. Pero no tienen derecho a impedir que quienes piensan de manera opuesta a ellos promuevan la castidad, que, tal como se señala en el Catecismo de la Iglesia Católica, “supone el respeto de los derechos de la persona, en particular el de recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana”.

El Ministro de Educación debería tomar en cuenta eso y no imponer o permitir que se imponga un manual de educación sexual que lastima la sensibilidad religiosa y el delicado tejido ético de muchos nicaragüenses. El ministro debería recordar que la razón debe ser el bien más uniformemente repartido del mundo, como dijo Renato Descartes, y tenía razón.

Editorial
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