Marco A. Valle Martí[email protected]
La impuntualidad es algo que caracteriza a una considerable cantidad de nicas; rasgo que la costumbre quiere legitimar como “natural” y, que por ende, debe aceptarse sin pensar, ya que “siempre hemos sido así”.
Si el jefe recibe en su oficina a sus subordinados, visita la casa de un amigo lejano, o tiene que rendir un informe rutinario; o, un líder político participa en un acto multitudinario, o en reuniones de su partido, es bastante seguro que serán impuntuales. La “verdad” establecida es que los subordinados, correligionarios y amigos de menor valor, deben esperar al jefe el tiempo que sea, ya que tiene la opción de llegar hasta cuando “sus múltiples ocupaciones se lo permitan”.
No escapan a la impuntualidad algunos médicos u odontólogos que obligan esperar decenas de minutos u horas a los pacientes (¿clientes?), así como compañías constructoras y contratistas en entregar planos y la obra terminada, empleados de ventanilla de la administración pública, conductores de buses urbanos, profesionales que no ven “oro” en las actividades, finqueros el día de pago, y profesores universitarios, entre otros. La confianza que les brinda sentirse propietarios del monopolio de servicios, del mercado cautivo y del puesto, incide en que estas personas consideren por rutina que “los esperaran” y, que se quiera o no, los peones, usuarios, clientes y alumnos tienen que “morir donde ellos”.
Se suman a la impuntualidad muchas empresas que anuncian un horario para atender, la gente espera en la acera y, abren a la hora que quieren. Juegan con el cliente.
También desde hace unos años ha surgido una paradoja en el sentido que, abundantes miembros de los sectores sociales pobres han pasado a “practicar” intensamente la impuntualidad, ya que —posiblemente— su esperanza de salir de la pobreza es tan remota que les da lo mismo ser o no puntual, ya sea en el trabajo si es que tienen, en su búsqueda, o en reuniones y actividades que programan con el propósito de impulsar iniciativas para conseguir empleo. Es tal la costumbre de la impuntualidad que algunas empresas incentivan a quienes llegan puntuales, cuando la norma debe ser que todo el mundo llegue puntual y, el que no quiere, que busque otro trabajo.
El asunto es que la impuntualidad se transforma en un hábito que ningún beneficio produce a la sociedad, al extremo que en nuestro país es común invitar, o convocar a una hora o día diferente al que se espera se efectúe la acción. Se convoca a las ocho para que vengan a las nueve, se invita a las doce para que lleguen a la una, se ordena que entregue el informe de trabajo el nueve porque seguro pedirá unos días de más, y el círculo sigue con expresiones como: ‘Voy a llegar tarde porque nunca comienzan temprano”, “sí hombre, unos días de más no son desplome”, etc. No es gratuita, entonces, la mala imagen que proyectamos al exterior como un lugar de gente poco productiva, informal e impuntual en el cumplimiento de los plazos de ejecución de proyectos, tareas y compromisos adquiridos con nacionales y extranjeros.
¿Será por esa costumbre —y sus bases “naturales” de sustentación— que siempre llegamos tarde a la cita de la gobernabilidad democrática y superación de la pobreza?
El autor es consultor en seguridad ciudadana.