Magdalena de Rodríguez
Hago alusión al Editorial de LA PRENSA del 24 de julio pasado, Mejor encender luces, y a un artículo aparecido en la página de opinión de este mismo Diario, el 29 de julio, firmado por el teatrista César Paz.
Ambos escritos me parecen excelentes. Llenos de luces el uno y de sombras el otro. Los dos hablan de la inoperancia del Instituto Nacional de Cultura. Sin haber pretendido justificar la impresencia secular del Instituto, sino de explicarla, en parte, al menos, un grupo de personas interesadas en las manifestaciones intelectuales y artísticas, en toda su gama, tratábamos el caso en el año 96 como algo que se debe al ningún interés de gobierno por la cultura, reflejado en el exiguo presupuesto asignado a ese organismo estatal y a la estructura misma de la institución.
Para intentar la superación de una y otra deficiencias, Pablo Antonio Cuadra, Mimí Hammer y yo tuvimos un sueño que cultivamos y transmitimos a otros soñadores, quienes lo acogieron con ilusión: transformar el INC en un Consejo Superior de Cultura. PAC con su don de síntesis plasmó en una hoja el ensueño y Arnoldo Martínez Salvo lo estructuró en un serio proyecto. A grandes rasgos este proyecto consiste en usar el pequeño presupuesto gubernamental para Cultura en un consejo muy reducido, pero itinerante, el que por todo el país forme con intelectuales y artistas voluntarios (sin salario), consejos departamentales, agrupaciones espontáneas a manera de tertulias o peñas culturales que canalizarían las aficiones artísticas diversas en cada lugar.
Así, por ejemplo, en Estelí, tierra de pocos poetas y abundantes artistas plásticos, ésa sería la tendencia rectora y mayormente promovida. En el Oriente del país, rico en poetas de alborada, como decía PAC, y en Occidente los poetas vespertinos o de atardecer, éstos y aquéllos serían los guías y privilegiados rectores. Los consejos locales llevarían el evangelio cultural a sus municipios como conocedores de su propia población. Y así sucesivamente en todo el país. El Consejo Superior de Cultura en Managua, sólo sería eso, mensajero cultural.
Los fondos necesarios serían obtenidos por cada consejo mediante actividades, porque el entusiasmo despertado por la novedad del sistema involucraría a mucha gente, incluida aquélla con posibilidades económicas.
No quedó el proyecto sólo en el país de la utopía, tengo entendido que PAC lo expuso al recién electo Presidente en marzo de 1997, durante una conversación con él en San Juan del Sur. El mandatario reaccionó ofreciéndole la dirección del Instituto, cargo que PAC, posiblemente, declinó.
Sin embargo el Consejo se organizó sin patronato estatal. Más de un año se hicieron visitas a las ciudades de Estelí, Rivas, Boaco, Matagalpa y Jinotega, con buen suceso, donde escritores y artistas respondieron a la idea considerándola viable.
He olvidado cómo se fue apagando el ensayo, pero escritores, músicos y pintores de las ciudades dichas pueden dar fe de ese intento de cambio soñador y posible.
Ahora que la anunciada reestructuración del Estado se está gestando se podría retomar la dormida iniciativa y presentarla al Gobierno.
Personalmente nada tangible podría ofrecer, causa mi proverbial desorden. Doña Mimí Hammer sí debe tener en su archivo el proyecto original y memorias de reuniones en Managua y de las visitas efectuadas a muchos intelectuales y artistas de fuera de la capital.
César Paz interpela en su artículo ¿Cuál es el puente de comunicación entre los artistas y el INC? La respuesta es: un Consejo Superior de Cultura abierto e itinerante.
La autora es profesora, ex diputada a la Asamblea Nacional.