Los artistas nicaragüenses y el Inatec

Roberto Porta Có[email protected]

Creo que la mayoría de los que asistimos al concierto en memoria de Los Beatles en el Teatro Nacional Rubén Darío, el mes pasado, coincidimos en que el espectáculo fue excelente y —a juzgar por los gritos entusiastas— la satisfacción del público fue total. Pero talvez lo más significativo del evento fue el hecho que la mayoría de los artistas invitados provenían de estilos musicales muy diferentes: la Camerata Bach (el proyecto de música clásica más exitoso de la última década), el Grupo Macolla (famoso por la fidelidad con que interpreta éxitos tropicales), César Torres (rockero cuya versatilidad vocal impresiona a los más exigentes escuchas anglos), Luis Enrique Mejía (icono de la música popular nicaragüense) y el grupo La Calle (especialista en pop capaz de demoler edificios a guitarrazo limpio), entre otros.

Quedamos tan impresionados por la calidad del concierto, que algunos de los que asistimos comentábamos a la salida que si los nicaragüenses imitáramos este esfuerzo de los artistas, que proviniendo de un entorno ecléctico habían logrado concretar un proyecto musical monotemático, nuestro país caminaría mejor. Posiblemente, el que mejor proyectó el efecto homogenizador del concierto fue Luis Enrique, cuando jocosamente pidió al público que lo disculpara por interpretar el tema Yesterday “con acento somoteño”.

Me pregunto entonces qué se podría hacer para mejorar las condiciones del artista nicaragüense y qué responsabilidades debíamos asumir para garantizar que la cultura desarrollara su potencial. Hay que recordar que los artistas no sólo son los intérpretes musicales, sino también los pintores, escultores y actores, y si extendemos el arte a la cultura debemos incluir a los poetas, filósofos y prosistas. ¿Qué soluciones podemos generar como colectivo? ¿Por dónde empezar?

De sobra es conocido que el Instituto Nacional de Cultura no cuenta con el presupuesto requerido para convertirse en la plataforma de despegue. Con las enormes deudas externa e interna que asfixian al Estado, las finanzas públicas están más limitadas que nunca. Sin embargo, si escudriñamos juntos el cofre de la creatividad, tal vez podamos encontrar soluciones alternas que puedan empujar al arte y la cultura en la dirección correcta.

Por ejemplo, en Inatec contemplamos la posibilidad de incluir en nuestra oferta educativa cursos y programas cortos dirigidos a jóvenes con vocación artística o artistas formados que tengan necesidad de complementación. Después de todo, el arte y la cultura son medios de subsistencia para muchos nicaragüenses, y como tales, no resulta disparatado pensar que talvez deberían ser tratados con la misma óptica vocacional con que actualmente tratamos carreras técnicas, como la ebanistería o la mecánica automotriz. El mecánico no canta, ni el músico repara carburadores, pero ambos necesitan ganarse la vida.

De hecho, Inatec ha iniciado una serie de consultas con diversos sectores artísticos y culturales. Pensamos que a corto plazo podríamos apoyar iniciativas de formación básica, y más tarde, en coordinación con el Ministerio de Educación, el Instituto Nacional de Cultura, patrocinadores nacionales, cooperantes extranjeros y aficionados en general, podríamos conformar un núcleo operativo modesto, pero funcional, que permita a los artistas, escritores, etc. contar con una red de servicios que les facilite su acceso al mercado laboral y les respalde con algún tipo de certificación académica. Con explorarlo no perdemos nada.

No se debe ignorar tampoco la necesidad —y el derecho— que tienen los trabajadores en general al conocimiento de la cultura básica, independientemente de su vocación u oficio. Con esto no se quiere decir que los técnicos en refrigeración estén obligados a recitar poesía de Neruda mientras trabajan. No significa tampoco que los estudiantes de computación deban aprobar tres cursos en filosofía presocrática y que el técnico forestal tenga que disertar sobre las pinturas de Renoir.

No obstante, no es nada perjudicial para la cultura general de las personas tener acceso a información sucinta y ordenada que le permita apreciar más la literatura, la filosofía y las artes, de forma cotidiana. ¿Qué tendría de malo que el propietario de un taller descubra que comparte la misma afición por la música de Ottmar Liebert con el oficial bancario que está tramitando su primer préstamo? Ya en Nicaragua existe un buen ejemplo de interacción cultural, basta leer las columnas deportivas de Edgard Tijerino y sus analogías literarias.

¿Tendría demanda esta idea? De forma casual, Inatec obtuvo su primer respuesta la semana pasada, cuando junto a autoridades del Ministerio de Defensa y de la OEA, participó en el acto de apertura de un programa de capacitación para víctimas de minas antipersonales. Uno de los estudiantes era un joven no vidente. ¿Su carrera vocacional escogida?: guitarra clásica.

El autor es Director Ejecutivo de Inatec.

Editorial
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