La sombra del Presidente

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La sombra del Presidente





De vez en cuando se produce una crisis de mayor o menor envergadura en las relaciones del Presidente de la República con el Vicepresidente, que es imposible ocultarla a pesar de que ambos funcionarios niegan hasta con aparente indignación que eso ocurra.

A decir verdad, la ciudadanía percibe que la Vicepresidencia es irrelevante y que sólo sirve para crear problemas y tensiones, debido a la ambición de poder del Vicepresidente y porque el Presidente, por su parte, no le reconoce el lugar que le corresponde. Esa percepción de irrelevancia se deriva de la misma Constitución, según la cual: “El Vicepresidente de la República desempeña las funciones que le señale la presente Constitución Política y las que le delegue el Presidente de la República directamente o a través de la ley. Asimismo, sustituirá en el cargo al Presidente, en casos de falta temporal o definitiva”.

La Constitución señala, además, que el Vicepresidente ejerce “la función de gobierno de la Presidencia” cuando el Presidente sale del país por un período mayor de quince días y menor de un mes. Y agrega que el Vicepresidente podrá ejercer la Presidencia cuando el Presidente salga del país por un período de hasta tres meses, y cuando falte de manera definitiva por causas de fallecimiento, renuncia, incapacidad total o permanente, etc.

Por otro lado, el Vicepresidente, aparte de las funciones que le delega el Presidente, forma parte del Consejo de Ministros y lo preside en ausencia del titular del Ejecutivo. Pero nada más. Y por cierto que esta “prerrogativa” se le atribuyó al Vicepresidente con la reforma constitucional de 1995, pues hasta entonces sólo podía hacer lo que le delegara el Presidente, lo que causó crisis en el comienzo del gobierno de doña Violeta B. de Chamorro, al grado de que el primero de noviembre de 1990 se dictó la Ley de Falta Temporal del Presidente de la República para evitar que el vicepresidente Virgilio Godoy asumiera la Presidencia en cualquier ausencia de la Presidenta.

Mas, a pesar de estos problemas la Vicepresidencia de la República no es una institución nueva en la historia ni extraña a la tradición política de Nicaragua. Se instituyó en 1824 para la República Federal de Centroamérica, desapareció entre 1838 y 1893, se le dio el nombre de Designado a la Presidencia entre 1962 y 1979. Finalmente, en la Constitución (sandinista) de 1987 se estableció con el nombre de Vicepresidencia de la República, que tiene hasta ahora.

El problema del Vicepresidente es que se trata por lo general de un adversario político del Presidente, aunque ambos pertenezcan al mismo partido y compartan igual fe ideológica. Se comete el error de proponer para la Vicepresidencia de la República a la persona que fue derrotada en la lucha interna por la nominación presidencial, en vez de permitir que el candidato presidencial escoja como compañero de fórmula a alguien de su confianza, como en Estados Unidos, donde por eso no hay intrigas en las relaciones entre ambos funcionarios.

Para resolver este problema que parece divertido pero crea inestabilidad institucional, se podrían considerar tres posibles soluciones: una, abolir la Vicepresidencia, así como las suplencias en la Asamblea Nacional, porque nada bueno hacen y sólo causan dificultades; dos, dejarla como está pero permitirle al candidato presidencial escoger a su compañero de fórmula; y tres, transformarla en una institución moderna y útil al sistema político y a la sociedad.

La concepción original de la Vicepresidencia, en la doctrina política, era la de que su principal función consistía en actuar en caso de una súbita desaparición del Presidente, o sea una figura de reserva para el principal puesto del sistema político. Al respecto se hizo célebre la expresión de John Adams, el primer Vicepresidente que hubo en Estados Unidos, quien cuando le preguntaron qué era él en el gobierno respondió: “No soy nada, pero puedo llegar a ser todo”.

En realidad, la Vicepresidencia es un cargo tan importante que quien la ejerce debe reunir las mismas cualidades que el Presidente. Pero también debe armonizarse con el Presidente, ser un colaborador activo y leal en las tareas de gobierno, y no una sombra ominosa que le pisa los talones y reza por una oportunidad para sustituirlo.

Editorial
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