Edmundo Dávila Castellón [email protected]
“Si la cosa ajena que puede restituirse no se restituyese, la penitencia no es verdadera, sino simulada”.
San Agustín
Ha generado mucha controversia la invitación que le hizo el líder del sandinismo, Daniel Ortega, a la Iglesia Católica, para las celebraciones del 19 de julio pasado.
Pareciera que la Iglesia debería permanecer alejada de todo evento político comprometedor por su carácter espiritual. “Mi reino no es de este mundo”, aclara Jesús ante Pilatos. Ya pasaron los tiempos en que el rey, el clero y el estado llano eran las fuerzas que conformaban el Estado monárquico. Todo ello aparentemente indica que la Iglesia bien pudo declinar la invitación sandinista por razones políticas, religiosas y espirituales. Sin embargo fue aceptada y el señor Ortega aprovechó para pedir perdón públicamente a la Iglesia y ésta lo aceptó a través de su representante, monseñor Eddy Montenegro. Declaraba posteriormente un analista político e historiador sandinista, que debería también Ortega pedirle perdón al Cosep y a otras instituciones, aunque curiosamente no incluyó en esta lista al pueblo nicaragüense, que fue sin duda el más afectado durante el régimen de los 80, por razones archi-conocidas de todos.
La Iglesia Católica conoce perfectamente que el sacramento de la penitencia o del perdón debe cumplir con los siguientes requisitos:
1. Examen de conciencia. El confesante debe abarcar con su mente el orden cronológico en que cometió sus pecados, como quien tiene una máquina del tiempo y se traslada al pasado más remoto de su vida pecadora. Los “errores” a los que se han referido algunos políticos sandinistas en diferentes ocasiones, no son más que una “mea culpa” muy general, eufemística y minimizada de los pecados graves, mortales, cometidos contra la Iglesia y contra el pueblo mismo.
2. Contrición de corazón. El penitente debe sentir genuino dolor y arrepentimiento ante Dios y los hombres por los pecados graves que cometió cuando dañó a sus semejantes, a la naturaleza, o a sí mismo, transgrediendo deliberadamente las leyes humanas y divinas.
3. Propósito de enmienda. El pedir perdón no tiene ninguna validez si el penitente no promete sinceramente, y desde el fondo de su corazón, no volver a pecar ni hacer daño a nadie, absolutamente.
4. Confesión de boca. El penitente detalla oralmente y de rodillas ante el sacerdote, sus pecados. No vale decir simple y cómodamente “me arrepiento de todos mis pecados” al confesor, porque la Iglesia obliga a enumerarlos y detallarlos con toda veracidad, uno por uno, aunque se sienta justificada vergüenza al hacerlo.
5. Cumplir con la penitencia impuesta. El sacerdote confesor impone una penitencia al confesante, que generalmente consiste en el rezo de algunas oraciones de la Iglesia Católica. Pero en el caso, por ejemplo, de graves daños y perjuicios ocasionados a sus semejantes —peor aún si éstos siguen sufriendo por los “errores” de su victimario—, lo primero que exige el sacerdote es desagraviar al ofendido y resarcirle de las pérdidas o el despojo inferidos por el ofensor confesante. Si el ofensor no quiere proceder a reparar y reconciliarse con su prójimo, su confesión queda anulada “ipso facto” y el supuesto penitente necesitaría regresar nuevamente al confesionario cuando se encuentre real y sinceramente arrepentido, con la mejor disposición y buena voluntad para llevar a cabo una verdadera penitencia. “…ve primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelves a presentar tu ofrenda…”
Aunque los preceptos anteriores se refieren a una confesión individual privada, son aplicables perfectamente y con mayor razón a una confesión pública y de carácter político-religioso. La única diferencia sería que el arrepentido en público tendría que ratificarlo también en privado, cumpliendo estrictamente con los requisitos del perdón que exige el sacramento de la penitencia.
Hay que recordar que el perdón “histórico” que ha pedido el Papa Juan Pablo II, en nombre de la Iglesia, en diferentes lugares del planeta, ha sido reconocido y alabado por todo el mundo, dada la sinceridad y bondad del Santo Padre. Nadie se atreve a dudar de su palabra. Desafortunadamente, el perdón político sólo sirve para propósitos electorales partidarios y nunca tendrá la misma seguridad, confianza y credibilidad que inspira el Sumo Pontífice.
Se ha dicho que perdonar es olvidar, pero es lo cierto que para perdonar se necesita recordar. Quien no recuerda el daño que se hizo en su contra, no podría perdonar. Para un amnésico no existe el perdón, porque necesitaría conocer el motivo del perdón. Es necesario que exista el recuerdo perdurable. El mérito del perdón consiste precisamente en recordar… que ya se perdonó.
Perdonar entonces, no es olvidar, como generalmente se cree. Perdonar es recordar, pero sin odio ni rencor.
El autor es ingeniero civil.