La muerte por aborto, conmueve

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La muerte por aborto, conmueve


Ana Julia Moreno
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Recientemente se publicó en un medio escrito información sobre el aborto clandestino, reflejando sus implicaciones con estadísticas manipuladas y exageradas, mencionando literalmente que “se practican cerca de 36,000 abortos al año, pero grupos feministas estiman que esta cifra podría llegar hasta 80,000”. Presentados los datos de esta forma, cualquier lector incauto podría llegar a la conclusión que debemos legalizar el aborto para evitar una epidemia peor que el SIDA.

Quienes favorecen el aborto para casos “especiales”, como el incesto y la violación, o en “circunstancias difíciles” de la mujer, hablan de la injusticia de “obligar” a una mujer a tener un hijo no deseado, pero no dicen nada de la muerte del bebé, ni del trauma que sufre posteriormente la mujer.

Para quienes no lo saben, las técnicas más comunes del aborto (clandestino o no) como la dilatación y raspado, raspado de succión, envenenamiento de sal, y el aborto químico, producen que el feto sea cortado en pedazos y removido del útero; aspirado mientras es despedazado y luego succionado para sacarlo; traga solución salina, pateando y sacudiéndose violentamente mientras está siendo quemado; incluso se provocan contracciones tan severas, que hasta se ha decapitado al bebé. Esto es dramático y conmovedor, más aún cuando sabemos que su corazón late a los 14-28 días después de la concepción y que a los 30 días casi están formados todos sus órganos.

Contrario a la idea que nos quieren vender, el aborto implica mayores riesgos para la mujer que el embarazo y el parto. El aborto puede ocasionar dificultades en embarazos posteriores, produciéndose alteraciones físicas y psicológicas como esterilidad, interrupción espontánea del embarazo, parto prematuro (riesgo de parálisis cerebral en el niño), además de otras manifestaciones como insomnio, alucinaciones auditivas (oír el bebé llorando), pesadillas (repetición continua del aborto, aparecen niños mutilados). Esto empeora en fechas en que se realizó el aborto o en que pudo haber nacido (aún 10 o 15 años después), porque es más fácil sacar al niño del útero de la madre que de su corazón.

Toda mujer que aborta queda profundamente afectada, aunque no quiera o no pueda reconocerlo. Ante el error cometido, puede experimentar arrepentimiento o negar la realidad, porque más que transgredir las leyes de los hombres, se contraría la ley natural, y para nosotros los cristianos, la ley de Dios.

Según nuestras leyes, el destruir una vida humana inocente es asesinato, y el asesinato premeditado es penalizado. Todos los métodos abortivos son siempre premeditados. ¿Y dónde está el juramento hipocrático que hacen los médicos que dice “No daré medicina mortal a nadie si lo pidiera, ni Sugeriré tal consejo, y de igual modo, no daré a una mujer un pesario para producir un aborto”? ¿Es solamente una declaración para enmarcar y colgar en las paredes de la clínica?

Mi punto no es que debamos de culpar a las mujeres que han abortado, ni a los hombres que han participado en esta decisión, se trata de entender que el aborto llámese terapéutico o no, carece de las bondades que tratan de vendernos. No debemos callar y aceptar todo lo que nos quieran imponer.

Podemos promover que el nuevo Código de la Familia garantice protección al bebé no nacido desde su concepción. Todos merecemos la oportunidad de vivir.

¡No al aborto!

La autora es directora de Ciudad de Refugio Internacional.

Editorial
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