Fomentando la lectura

Myrna Dávila Castellón

Hace algunos años, los padres de familia eran amantes de la lectura, inculcando al mismo tiempo a sus hijos este sano deleite. Ya esta costumbre se ha perdido, y con ello un gran valor moral.

Es de lamentar profundamente que la adolescencia y juventud actual no se apasionen por la lectura de un buen libro, fuente del conocimiento humano, porque sus padres carecen también ahora de esta inquietud.

Existen libros buenos y malos, libros pornográficos que corrompen el corazón de la juventud; libros de escritores ateos y perniciosos que arrancan de tajo la poca fe de un individuo cuando ésta no está bien cimentada; libros hechos por personas descreídas que fomentan el egoísmo y la adulación para –según ellos– triunfar en la vida. De éstos no estamos hablando, sino de los éticos, espirituales e instructivos –principalmente los santos Evangelios– libros de salud mental y corporal, libros amenos, de lecturas varias que siempre traen mensajes para la vida cotidiana y el diario vivir.

“Un libro es el mejor amigo”, se ha dicho siempre con propiedad. Y es que un verdadero libro es el amigo que nos guía en el sendero de la vida, es el que nos señala las rutas a seguir con firmes pasos para no tropezar; el que nos forja el carácter para adquirir fortaleza y voluntad. Cuántos miles de libros se han escrito para estos fines; cuántos años perdidos –podríamos decir– por no tener la costumbre de la buena lectura; cuántos crímenes, cuántos malos pasos, cuánto dolor y lágrimas ahorraría la juventud de hoy si alimentara su mente y corazón con libros edificantes y fructíferos. Cuántas drogas no se consumirían si relajaran sus sentidos con la plácida lectura de un buen libro.

Por este motivo, en estos tiempos, es sumamente necesario comenzar a sembrar poco a poco en el ánimo de los adolescentes el hábito de la lectura, al igual que los padres de familia –pues nunca es tarde– ya que es una de las mejores herencias que se puede dejar a un hijo. La juventud se termina, el dinero también, la salud y prosperidad no son eternas, lo único que perdura es la formación humana y cristiana que hayamos plantado y cosechado. Dichosamente mis padres –Edmundo Dávila Cisne y Lucila Castellón de Dávila– fueron personas sumamente amantes de la lectura, los cuales supieron transmitir a su descendencia este lindo placer. La biblioteca de mi padre –que constaba de una enorme habitación en donde habían innumerables libros de todos los temas instructivos– fue para nosotros un verdadero manantial donde bebimos el agua pura del saber.

Aunque pasen los años un auténtico libro siempre dejará sus huellas indelebles en quienes –ávidos de su propio crecimiento– nunca se cansan de saturar su mente y corazón del néctar puro que se deriva de una excelente lectura, pues como dice el refrán: “Lo que bien se aprende, nunca se olvida”.

La autora es Secretaria Ejecutiva.

Editorial
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