Demócratas intermitentes

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Demócratas intermitentes





Según el Segundo Informe Sobre Desarrollo Humano en Centroamérica y Panamá, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y del Proyecto Estado de la Nación, del que informó LA PRENSA el lunes recién pasado, las democracias centroamericanas son “intermitentes”; o sea, “un poder que los ciudadanos sólo ejercen para elegir a quienes los gobiernan, pero no lo emplean para fiscalizarlos durante su gestión”.

Intermitente es, como se sabe, lo que se apaga y enciende cada cierto tiempo. De manera que lo que se quiere decir en el Informe de la ONU es que en los países de Centroamérica la democracia sólo funciona cuando hay elecciones.

Sin dudas que eso es cierto, en términos generales. Pero, en realidad no es la democracia la intermitente, sino que son los demócratas que gobiernan y representan a la nación los inconsecuentes, porque les falta coherencia, perseverancia, integridad, y en fin, prácticamente todos los valores y principios que se requieren para hacer funcionar adecuadamente al mejor sistema de gobierno que ha habido a lo largo de la historia, y que hay actualmente —a pesar de sus innegables e inevitables defectos—, como es la democracia.

Según los teóricos democráticos desde los tiempos de la polis griega y de la república romana hasta nuestros días, los rasgos esenciales de la democracia son en primer lugar la existencia de un cuerpo de ciudadanos libres e iguales de acuerdo con normas constitucionales y legales; que los cargos fundamentales del poder se obtengan y renueven regularmente por medio de elecciones libres, limpias y competitivas; que quienes aspiran a los cargos de elección popular presenten de manera transparente sus medios de financiamiento y sus programas de gobierno, y que los ciudadanos los puedan discutir, aceptar o rechazar, sin restricciones de ninguna clase; que una vez en posesión de sus cargos los funcionarios rindan cuentas de sus gestiones y acciones, ante el pueblo que los eligió, y que éste los pueda fiscalizar y controlar a través de los partidos políticos, las organizaciones gremiales, las ONG y los medios de comunicación social, que precisamente por eso deben funcionar en un ambiente de absoluta libertad, sólo sometida al deber y la ética de la responsabilidad.

De manera que la democracia es una forma política de Estado que resuelve o podría resolver los problemas de la representación y la participación popular en la organización y el ejercicio del poder. Pero no puede solucionar del mismo modo los problemas económicos y sociales, aunque sí es un instrumento que puede servir para solucionarlos, si quienes alcanzan el poder por medios democráticos de verdad se preocupan por el bien común y tienen como finalidad no robarse los recursos del Estado sino impulsar las reformas institucionales indispensables para asegurar el buen gobierno, el desarrollo económico y la justicia social.

Ciertamente, la democracia es y será sólo lo que el pueblo en términos generales y los demócratas en particular quieren que sea. La democracia no existe por sí sola y no funciona de manera automática, sino en la medida en que la gente quiere hacerla funcionar.

Se podría decir que el sólo hecho de que se puedan celebrar elecciones populares libres, limpias y competitivas, ya es un avance significativo en relación con la ignominiosa situación que impusieron los regímenes somocista y sandinista, en los que los ciudadanos no tenían libertad de elegir pues durante esas dictaduras el sistema electoral no era competitivo, sino amañado y ventajista a favor del partido dominante, el PLN primero y el FSLN después.

Por otro lado, sería un suicidio político hacer caso a quienes —los autoritarios y demagogos— dicen que la democracia es inservible e innecesaria porque en ella los ciudadanos sólo pueden elegir a quienes gobiernan, mas no fiscalizarlos, y porque no resuelve los ingentes problemas económicos y sociales de la población.

Pero el problema, como hemos dicho antes y debemos repetirlo cuantas veces sea necesario, no radica en la democracia sino en los demócratas. Y mientras no cambie la mentalidad y la actitud de quienes ejercen el poder, y mejor todavía, mientras no se cambie a estas personas, la democracia seguirá pareciendo intermitente aunque en realidad son los políticos los discapacitados, por decirlo de una manera benigna.

Editorial
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