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Los hijos de Hussein
Sin dudas que el hecho más relevante ocurrido en Irak desde la caída de Saddam Hussein en abril pasado, es la muerte en combate de los hijos del tirano, Udai y Qusai, el martes de esta semana en la ciudad de Mosul.
Tampoco cabe duda de que la caída en combate de los hermanos Hussein, quienes jugaron un papel primordial en los últimos años de la tiranía de su padre, tiene un gran significado político y moral para las fuerzas norteamericanas y aliadas, que luchan por la pacificación y normalización de Irak y para tratar de sentar las bases de una sociedad democrática en ese desventurado país.
Precisamente por la gran significación política y moral que tiene este acontecimiento es que políticos y periodistas anti-yanquis de todo el mundo han puesto en duda, minimizado o calificado como asesinato, la muerte en combate de los hijos de Hussein.
Sin embargo ha sido plenamente comprobada y es incuestionable la muerte de Udai y Qusai, que dicho sea de paso es lamentable, como deplorables son todas las muertes de seres humanos si consideramos que somos criaturas de Dios; además de que seguramente para los Estados Unidos hubiera sido mejor capturarlos vivos, a fin de someterlos a la justicia de los hombres e imponerles el castigo merecido por sus innumerables e inenarrables crímenes.
Pero precisamente por eso último es que de manera evidente el pueblo iraquí está contento por la muerte de los hijos de Hussein, pues los cachorros del tirano en no pocos casos actuaron de manera peor que su demencial progenitor.
En efecto, es bien sabido que Udai Hussein, el hijo mayor de Saddam, además de controlar el aparato de propaganda del régimen también supervisaba personalmente el sistema de torturas, persecuciones y terror contra el pueblo que imperaba en Irak hasta que Estados Unidos y sus aliados lo derribaron en abril de este año.
Por otro lado, al caer el régimen de Sadam Hussein entre las muchas cosas insólitas que se descubrieron estaba la de que Udai tenía una colección de más de mil carros de lujo, incluyendo unos Rolls-Royce y Porsche especialmente construidos para él; que hacía sus deposiciones fecales en inodoros de oro macizo; y que poseía una fortuna de más de cien mil millones de dólares —más de tres veces que la del dictador comunista de Cuba, Fidel Castro, según la autorizada revista norteamericana Fortune—, equivalente a la mitad de la que acumuló en el poder el viejo Hussein, que fue cifrada en doscientos mil millones de dólares.
Por su parte, Qusai Hussein encabezaba los servicios de inteligencia y seguridad y se caracterizaba también por practicar una despiadada crueldad contra las decenas de miles de opositores, disidentes o simples personas que caían en las garras de los cuerpos represivos y eran recluidas en las numerosas ergástulas de la tiranía husseinista. Y en cuanto a la fortuna acumulada por Qusai, no fue tanta como la de su hermano y su padre, pero en todo caso era mayor que cincuenta mil millones de dólares.
Y todo eso mientras los partidarios de Saddam Hussein en todo el mundo, incluyendo Nicaragua, clamaban con fingida indignación por la calamidades que sufría el pueblo iraquí dizque por el “inhumanitario” bloqueo económico estadounidenses e internacional.
Finalmente, es obvio que la muerte en combate de los hijos de Hussein, además del efecto ya mencionado de levantar la moral de las tropas aliadas que ocupan Irak, también es un alivio a la crisis de credibilidad que afrontan los líderes de Estados Unidos y el Reino Unido, el presidente George W. Bush y el premier Tony Blair, por las informaciones falsas que les proveyeron sus servicios de inteligencia y que sirvieron como parte de las justificaciones para declarar la guerra a Irak, derrocar a Saddam Hussein y extirpar de ese país el foco de apoyo al terrorismo internacional.
Y ojalá que sirviera también para infundir valor a la población iraquí, que está comprensiblemente atemorizada por las acciones de unos pocos miles de partidarios armados de Hussein que siembran el terror en algunos lugares del Irak liberado por los aliados, a pesar de que son una ínfima minoría entre los 30 millones de iraquíes.