Más de cincuenta años de competición han deparado multitud de datos curiosos que han copado actividades de todo tipo. La política, las matemáticas, los tribunales, la magia, la música y hasta el amor han tenido su pequeña cuota de protagonismo que ha estado vinculada paralelamente a los propios deportistas en las trece ediciones celebradas hasta la fecha:
La gran potencia mundial, no sólo económica, sino deportiva, que son los Estados Unidos no ha desperdiciado la oportunidad de mostrar su supremacía internacional en los Juegos Panamericanos hasta el punto de acumular más de 3.400 medallas de diferentes metales, lo que da una media de más de 260 por torneo. Casi la mitad de los galardones cosechados se corresponden con títulos y victorias en las diferentes pruebas disputadas.
El carácter eminentemente ganador de los norteamericanos sólo ha tenido que inclinar la rodilla en dos ocasiones. En 1951, Argentina hizo valer el «factor campo», y se alzó al primer lugar del medallero en los Juegos de Buenos Aires. La otra llaga es aún más dolorosa, porque fue Cuba quien dominó la competición multidisciplinar celebrada en la mayor de las islas antillanas en 1991. Las satisfacciones deportivas de los cubanos, que ante Estados Unidos adquieren un significado aún más intrínseco, se prolongan principalmente en su deporte nacional, el béisbol, donde han impuesto su autoridad en diez ediciones de los Panamericanos; estadounidenses, venezolanos y dominicanos evitaron un pleno absoluto.
Las similitudes de los Juegos Olímpicos con sus “hermanos pequeños” de América se revelan también en la iconografía que envuelve ambos eventos. Si en la cita universal el emblema es una bandera blanca con cinco anillos de colores (en referencia a los cinco continentes), en la Panamericana se dibuja una antorcha que atraviesa cinco círculos concéntricos con tonalidades amarilla, verde, blanca, roja y azul.
Una vez finalizada la carrera profesional de los atletas, muchos de ellos se desvinculan completamente del deporte y el destino les acaba jugando malas pasadas. El norteamericano Samuel Hall se vio inmerso en un asunto de espionaje en 1986, veinticinco años después de lograr dos subcampeonatos panamericanos y olímpicos en su especialidad: los clavados. El gobierno de Nicaragua, que destapó las intenciones del autodenominado “supervisor autónomo antirrorista”, acabó por confinarle en un siquiátrico.
Los técnicos, los científicos y los estudiosos del deporte se pasan meses y años intentado descubrir los métodos más fiables para “fabricar” el atleta perfecto, el hombre “10”, pero a veces la propia fisonomía y el talento innato del personaje le llevan a conseguir, con el mínimo esfuerzo, lo que otros aún siguen añorando. La prueba de salto de altura es una de ésas en las que la técnica y la física van unidas de la mano. La carrera, la potencia en la batida y la elasticidad deben combinarse con exactitud para poder superar el listón. Otro estadounidense, que responde al nombre de Charles Dumas, echó por tierra las tesis de los teóricos e hizo valer su propia filosofía. Sin entrenarse ni prepararse específicamente fue capaz de lograr un oro olímpico en 1956, y tres años más tarde, batir el récord del mundo (2,15 metros) en los Panamericanos de Chicago.
El mito del hombre-mono, que llegó a ser leyenda en el cine de la mano de un ex nadador olímpico, Johnny Weismuller, no pasó desapercibido en el deporte panamericano. Cuando un atleta consigue su objetivo después de un esfuerzo supremo acostumbra a exteriorizar su alegría mediante gestos o sonidos. En la prueba de salto con pértiga, al norteamericano Donald Bragg le gustaba imitar el grito característico de Tarzán cada vez que franqueaba las correspondientes alturas. Tanta era su sintonía con el personaje de ficción que estuvo a punto de protagonizar el largometraje «Tarzán y las Joyas de Opar», pero una laguna legal en la producción trastocó su sueño y evitó su salto al estrellato.
En una cita deportiva del tamaño de unos Panamericanos, donde se produce la interrelación de más de 4.000 atletas, la chispa del amor puede surgir en cualquier momento, aunque cuando la política se mezcla con los sentimientos más íntimos y profundos, las relaciones acaban abocadas al fracaso. Dos colosos como el estadounidense Harold Connolly y la checoslovaca Olga Fikotova, especialistas ambos en lanzamientos de martillo y disco, respectivamente, cruzaron sus corazones en la Villa Olímpica de Melbourne en 1956, tras una primera toma de contacto tres años antes. Las tensas relaciones Este-Oeste de finales de los años 50 y la guerra fría se interpusieron en el camino de su felicidad, pero la pureza de su amor acabó triunfando.
Un país de la trascendencia mediática, la tradición y la historia de Brasil no podía quedarse fuera de la organización de unos Juegos regionales y, en 1963, la ciudad de Sao Paulo ejerció de anfitriona de la cita continental. Las previsiones iniciales apuntaban a un éxito deportivo, social e institucional, pero un inadecuado balance presupuestario provocó la poca disponibilidad de algunas infraestructuras, entre ellas, de la Villa Olímpica que obligó a los deportistas a pernoctar en habitaciones con un aforo desbordado.
El mundo del deporte vive constantemente amenazado por dos lacras que acaban desvirtuando la competición y el espíritu olímpico: el dopaje y la intervención política. Durante la celebración de la cita regional de Cali, ocho miembros de la delegación cubana abandonaron la Villa Olímpica, desertaron de su país y se convirtieron en refugiados políticos para las autoridades colombianas. La desgracia para los antillanos no acabó ahí, porque un masajista, Domingo Gómez, falleció al precipitarse desde una habitación de la Villa. Las teorías que se desataron sobre el suceso y que hablaban de muerte accidental, provocada o suicidio, no llegaron nunca a esclarecerse.