Marcela SánchezWashingtonpost.com
Una cumbre de líderes mundiales aplaudió con cautela esta semana al Presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, pero Washington no se unió a la ovación. Funcionarios estadounidenses se mostraron desilusionados, tal vez incluso sorprendidos, de que Lula pareciera regresar a su populismo de izquierda. Aparentemente, las viejas costumbres son difíciles de cambiar.
Era domingo en Londres y Lula, rodeado de 13 colegas de centro izquierda, estaba hablando sobre la actual actitud estadounidense. “Si hay una cosa que admiro de los Estados Unidos”, opinó, “es que primero piensan en ellos, segundo en ellos y tercero en ellos también. Si sobra tiempo, piensan un poco más en ellos otra vez”.
Apenas tres semanas antes, Lula y el presidente Bush habían prometido poner de lado sus diferencias a favor de una crucial colaboración Norte-Sur para beneficio de América Latina. Pero, por sus comentarios, Lula pareció sugerir que no está totalmente listo para dejar la costumbre de darle un golpe bajo a Washington y abandonar su viejo lastre ideológico.
En su promesa conjunta del 20 de junio, Bush, el líder de la derecha, y Lula, de la izquierda, parecieron reconocer que las relaciones entre Estados Unidos y América Latina estaban en una importante encrucijada y era el momento de trazar una nueva dirección en las relaciones bilaterales que podría convertirse en el motor de una mejor integración hemisférica. Lo que se espera con más apremio es una seria reflexión sobre las reformas de mercado pregonadas por Washington y aplicadas en la región por más de una década.
VIEJOS HÁBITOS DIFÍCILMENTE MUEREN
Pero así como la posición de Lula esta semana indicó cierto grado de intransigencia, así también la de Washington ha mostrado terquedad. En vez de mirar hacia adentro, funcionarios de la administración Bush continúan criticando a Latinoamérica por no saber aplicar correctamente aquellas reformas que han dejado resultados desiguales y descorazonadores. Las viejas costumbres no cambian fácilmente.
Fue en 1989 cuando un ex economista del Banco Mundial, John Williamson, armó una lista de 10 políticas que reformistas tanto acá como en la región creyeron que ayudarían a Latinoamérica a recuperarse de la crisis de la deuda de los 80. Williamson bautizó esa serie de políticas —que incluían el libre comercio, la privatización, la disciplina fiscal y la reforma a los impuestos— con el nombre de Consenso de Washington, a pesar que venían difícilmente sólo de Washington y escasamente reflejaban un consenso de acción.
La izquierda rápidamente denigró el modelo, convirtiendo el Consenso de Washington en lo que muchos en Latinoamérica ahora consideran como la plaga que les amarga su existencia: una serie dogmática de reformas conservadoras “neoliberales” impulsadas como el único camino a seguir y autocráticamente impuestas por Washington.
En el actual contexto, entre más tiempo los funcionarios de la administración Bush continúen tan poco inclinados a reevaluar el modelo, más probable será que les den mayor crédito a las críticas de la izquierda, por muy extremas que sean.
Pero ese no parece ser un argumento suficientemente convincente para una administración cuya receta sigue siendo más de lo mismo. “El Consenso de Washington fue incompleto”, dijo el Subsecretario del Tesoro, John B. Taylor, en una entrevista esta semana. “No se enfocó en todos los problemas”.
Entre tanto, un creciente número de pragmáticos economistas y académicos citan los actuales indicadores sociales y económicos en América Latina para sugerir una solución intermedia: preservar aquellas reformas que sirvieron pero, más importante aún, reformar aquéllas que no sirvieron. Se refieren, por ejemplo, a mantener las políticas que pusieron fin a la hiperinflación y aumentaron las exportaciones, redujeron la burocracia y limitaron la intervención gubernamental extrema. Abogan también por una mayor comprensión de las restricciones políticas al igual que del momento y la rapidez con que diferentes países debieran implementar diferentes reformas.
IDEAS QUE CAEN EN UN SACO ROTO
Incluso economistas de lo que la izquierda considera el centro de la ortodoxia económica conservadora, el Fondo Monetario Internacional, han llegado a la conclusión de que es favorable alguna forma de control de capital para prevenir pérdidas repentinas en medio de crisis financieras internacionales.
Pero ésa y en general la mayoría de las ideas más moderadas todavía parecen estar cayendo en saco roto en la Casa Blanca. La administración Bush continúa insistiendo en un modelo económico que se concentra, como un rayo láser, en promover el crecimiento a través del desarrollo de empresas y mayor productividad.
Algunos críticos admiran la disciplina y la determinación de la Casa Blanca y el Departamento del Tesoro en particular. Después de todo, mantener una imagen pública inflexible puede ser apropiado para asegurar que líderes regionales no eviten dolorosas pero necesarias reformas.
La terquedad es a veces necesaria. Pero aferrarse sólo a aquellos principios que han guiado pensamientos anticuados no acercarán nunca a Bush y a Lula al resultado anhelado. Y hasta que se evidencien progresos en la búsqueda de puntos en común, todos los aplausos para los dos líderes serán cautelosos.