Umberto Eco
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¡Pero qué mal que hablamos!
Umberto Eco
Cuando era un niño, mi padre siempre decía que para aprender a pronunciar un nombre extranjero debía escuchar atentamente al presentador de noticias de la radio.
Sólo de él podríamos aprender que Churchill se pronunciaba “Churchill” y no “Shurshill”, como era común, dado que en aquella época el único idioma extranjero al que se hacía referencia era el francés. Para aprender a escribir el nombre de una personalidad extranjera o de una ciudad había que leer el periódico, especialmente las secciones internacionales.
Sin embargo, actualmente ningún padre puede impartir estos útiles consejos a sus hijos, porque entre los locutores de radio incluso los de programas musicales, los nombres extranjeros son horriblemente mal pronunciados (nunca se escucha la pronunciación correcta de “Pierre Boulez”, por ejemplo, cuyo nombre es comúnmente pronunciado “Pier Bules”). Sin mencionar los periódicos donde se escribe con regularidad “Beaudealaire” y “Simone de Beauvoire”.
La decadencia de la tradición es complementada con el hecho de que utilizamos expresiones extranjeras incluso cuando no hay necesidad de hacerlo. El mejor ejemplo es “pole position” que fácilmente puede ser traducido como “en primer lugar” o “en posición ventajosa”. Muy seguido “pole position”, en la voz de varios locutores italianos se convierte en “pool position”, que todos sabemos no tiene nada que ver con primer lugar, sino con una posición en la piscina.
De todas maneras, el peligro viene cuando es indispensable usar una expresión foránea, lo cual comúnmente desemboca en el uso de “italianizaciones” que resultan muy extrañas. Ahora hay términos que se han “italianizado”. Por ejemplo, decimos “Sorbona” en vez del muy francés “Sorbonne”, y nos avergonzamos de hablar del “Collegio Francese” (Colegio Francés) en vez de decir “College de France”.
Pero el problema real viene con las universidades estadounidenses. Muchas veces en nuestros periódicos encontramos las palabras “University of Harvard” y “University of Yale”, lo que equivale los extranjeros refiriéndose a Bocconi (la Universidad de Bologna) como la “University of Bocconi” (una ciudad que no existe) o la “University of Iulm” (que no está en Alemania, sino en Milano).
De hecho, hace algunos días, en un prominente periódico estadounidense, un columnista mencionó Suny University. SUNY significa State University of New York (asi como CUNY significa City University of New York). O se escribe SUNY y nada más (pero asuma que los italianos no entenderán) o “State University of New York”, que es el nombre y apellido, o “University of the State of New York”.
Pero no puede llamar “New York University (NYU)” a la “University of New York”, porque es una universidad privada que simplemente escogió llevar el nombre de la ciudad. Todavía no he tenido tiempo de fijarme si hay periodistas que se refieren a “Columbia University” como la “University of Columbia”, pero no me sorprendería que lo hagan. ¿Acaso hay miedo de usar siglas? Escribimos KGB, traducida como “cagebe” en vez de escribir “Komkitet Gosudarstvennoi Bezopasnosti” porque tendríamos dificultad de pronunciarlo. Y ni siquiera nos atrevemos a escribir “Committee of State Security” porque nadie entendería lo que eso significa.
¿Entonces, por qué no decir Yale University, cuando hasta el más iletrado lo entendería?
Recientemente, me encontré otra vez quejándome ante el editor de un gran periódico sobre el hecho de que ya no hay un corrector de estilo en las salas de noticias, esa figura admirable que sabe de pies a cabeza cómo escribir correctamente y que nunca dejaría que un error se abra camino hasta la copia final. La triste pero obvia realidad es que en el mundo actual, no sólo el artículo llega a la imprenta directamente desde la computadora del periodista, sino que además, en un periódico diario los suplementos regulares tienen más de cien páginas y ninguna persona es capaz de leer esa cantidad de material, línea por línea, antes de la medianoche.
Por lo tanto, estamos condenados a leer periódicos que contienen numerosos “errores de imprenta”, como la tristemente célebre primera edición de una revista que anunciaba “noticia impactada” en vez de “noticia de impacto”.
El autor es escritor italiano, autor de Baudolino, El nombre de la rosa, y “El péndulo de Foucault. (Traducción del inglés por José Luis Castillo Castro).