Motel rodante

José Adán Silva [email protected] -¿Por cuánto me lleva a Bolonia, ahí por el Canal 2? -¿Sólo vos vas o van las dos? -Las dos vamos al mismo punto. Okey, vámonos por 15 cada una. -¡Va pues! Las muchachas, con aspecto de universitarias, se montaron por la puerta derecha trasera y pidieron al taxista que si […]

José Adán Silva [email protected]

-¿Por cuánto me lleva a Bolonia, ahí por el Canal 2?

-¿Sólo vos vas o van las dos?

-Las dos vamos al mismo punto.

Okey, vámonos por 15 cada una.

-¡Va pues!

Las muchachas, con aspecto de universitarias, se montaron por la puerta derecha trasera y pidieron al taxista que si por favor les apagaba la luz interna del viejo Toyota Corolla del año 87. El señor, don Aurelio Román, un viejo taxista de panza cervecera y gorra del Boér, me contó que en más de 24 años de estar tras un volante, jamás había visto lo que esa noche disfrutó.

Sobre la marcha, que inició a la salida de la taberna la Rumba, las muchachas iban en silencio, mientras él pensaba en mil cosas, acompañado de una de esas emisoras especializadas en la música del recuerdo.

Cuenta don Aurelio que en un primer momento no supo si lo que oyó salió de la canción de Chicago, o fue producto de su imaginación. Por instinto miró por el retrovisor y atrás no vio nada raro, las mismas dos chicas silenciosas, muy juntas. Se miraban ebrias y olían a licor, dijo el taxista, quien siguió en lo suyo escuchando la misma canción de los 70.

No había corrido mucho, cuando volvió a escuchar lo mismo, pero esta vez más fuerte y más cerca. Tuvo un cierto miedo y volteó sobre sus hombros para descubrir que una mano de una de las chicas estaba perdida bajo la falda de la otra y la mano de la otra, hurgaba en el brasier de su compañera.

Ellas no se inmutaron: “No vuelva a ver por favor”. El hombre contó que nunca sintió tantas ganas de tener sexo como esa vez, sobre todo cuando ellas, ya desinhibidas de la mirada del vidrio retrovisor del taxista, soltaron al volumen que quisieron los gemidos y jadeos de su pasión.

Al llegar a la dirección indicada, ellas le propusieron a don Aurelio un trato: como no hemos terminado, le vamos a pagar 200 córdobas por una hora que nos ande paseando, o nos lleva al parque El Carmen, nos presta el carro, y después nos va a dejar. La carrera de ida es aparte de los 200 pesos.

Encantado por la idea de seguir mirando vía retrovisor un acto sexual de dos muchachas jóvenes, y quizás esperanzado en que lo invitaran a formar un trío, el taxista aceptó, pero para ahorrar el combustible, las llevó al parque El Carmen.

Estando allá, él oyó con decepción que las mujeres le pidieron que por favor esperara afuera. No le quedó de otra y por más de una hora, desde una fría banqueta, vio cómo su carro se tambaleó incansablemente, acompañado de crujidos metálicos y quejidos de placer. Luego la más joven, salió a decirle que si las podía ir a dejar.

Pagaron todo, y él fue a dejar a Bolonia a una, y a Monseñor Lezcano a la otra. Fue ésta quien le pidió que por favor lo esperara un minuto mientras su marido abría el portón para que ella entrara. Antes de bajar, la muchacha le explicó, a modo de disculpa, que para ellas mantener esa relación era difícil: “Es que en los moteles todavía no entran dos mujeres”.

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