- La campesina Eulalia González, es una autoridad moral en lejana comunidad donde no hay Estado
Xiomara Chamorro [email protected]
Anoche, en la sede de la OEA en Managua, se celebró un homenaje a la campesina Eulalia González, originaria de Caño Negro, Matagalpa, en el que se presentó un video con un testimonio sobre su vida en esa alejada comunidad, y su lucha como promotora de la resolución pacífica de conflictos en su zona.
Como resultado de este trabajo voluntario, en noviembre del año pasado, manos criminales quemaron la casa donde vivía sola con sus ocho hijos, relato dramático que recoge la película filmada con ella como parte de un proyecto de fortalecimiento de la justicia en esas zonas del país.
“Con el testimonio de esta entrañable mujer se ayuda a descubrir un mundo soterrado, subestimado, olvidado, duro y a veces trágico, pero absolutamente real. Un mundo de miles de mujeres y hombres que aún no tienen formas para expresarse, pero que palpita con mucha fuerza detrás de la mirada de Eulalia, y especialmente de su llanto, que palpita sobre todo en la esperanza y la fe que encarna. Nuestro homenaje a Eulalia, en ella vemos a Nicaragua”, dijo Sergio Caramagna, representante de la OEA en Nicaragua.
Eulalia forma parte de un movimiento de Facilitadores Judiciales Rurales, conformados por líderes naturales en comunidades remotas donde no existe presencia del Estado y su labor es coadyuvar al acceso a la administración de justicia mediante la orientación de los pasos a dar para resolver situaciones conforme a la ley y por métodos pacíficos.
“El papel de los facilitadores es orientar a la población víctima de delitos, auxiliar al juez realizando todos los trámites que el judicial necesite en el proceso de casos específicos, multiplicar las capacitaciones que reciben del programa de la OEA y la Corte Suprema de Justicia para ampliar la red de facilitadores y realizan mediaciones extrajudiciales”, explicó Auxiliadora Cruz Alonso, abogada de la OEA que trabaja en el monitoreo de este programa en el campo.
El programa de campesinos facilitadores de justicia se viene realizando desde 1999 y actualmente se ha extendido a unos 33 municipios del país en la parte norte centro, comunidades de Río San Juan y regiones autónomas, en el que se desempeñan 379 campesinos facilitadores en igual número de comunidades.
“Eulalia, desde su humildad, desde su anonimato, se integró al programa de Facilitadores de Justicia. Hoy es parte del Poder Judicial”, explica Caramagna.
La historia de esta campesina singular, escrita por el cineasta Miguel Monte, ha sido también contada en “Crónicas”, revista oficial de la OEA en Nicaragua, bajo el título “El difícil camino de la justicia”, y que LA PRENSA reproduce íntegramente:
Eulalia González es facilitadora judicial y lo es porque como ella dice: “…hay tanta pobreza e injusticia en nuestra zona, que yo siento que una debe ayudar a como pueda”. Ser facilitadora judicial para una mujer y en la Nicaragua profunda, machista, dura y prejuiciosa, no es tarea fácil. Las poblaciones están esparcidas y cualquier mediación siempre significa 3 ó 4 horas de caminata por senderos y quebradas exuberantes, pero peligrosas, y hasta hace poco y por causas de la guerra allí imperaba la ley del más fuerte. Eulalia tiene seis hijos propios y dos entenaditos que le han dejado sus parientes. El esposo le pegaba y le creaba pleitos constantemente por haberse metido a Facilitadora Judicial, porque, “¿qué tiene que hacer una mujer en trabajo de hombres?”. Al final se fue con otra mujer dejando a Eulalia sola con los ocho críos que no entienden de esto pero que tienen hambre. Eulalia, con los hijos mayores va a trabajar al campo y en los ratos libres actúa como facilitadora mediando en conflictos generalmente familiares.
Un día de cielo blanco y sol ardiente, Eulalia desde la puerta de su casita de viejas y carcomidas tablas mira reverberar en el horizonte una figura humana que se acerca por el camino caliente. Los chavalos pequeños juegan en la tierra con unos perros flacos y llenos de tórzalos. Eulalia se levanta para atender al recién llegado, un conocido de la familia quien viene a solicitarle su consejo para un caso de mediación. Eulalia se arregla un poco y mientras recomienda a los hijos mayores que cuiden a los pequeños, parte con el señor hacia una finca vecina donde ha surgido el pleito.
EL CASO DE LOS BARRERA
El señor Atanasio Barrera, ya anciano, ha muerto y dejado sin testar 200 manzanas de terreno cultivable. Hay ocho hijos que esperan repartirse esta tierra para vivir de ella. Cuando Eulalia llega hay tensión en el ambiente, pues los hermanos no se ponen de acuerdo. Entonces ella apacigua la situación y les sugiere los pasos que deben tomar para resolver legalmente la situación. Pedro Barrera, hijo menor de los herederos se opone terminantemente a resolver por la vía legal, pues según él esto deben resolverlo entre ellos y nadie de afuera debe intervenir.
Eulalia aconseja lo contrario en aras de que ahora impera la justicia, hay un juez en la zona y deberían verlo para que los oriente con la declaratoria de herederos y así hacer la cosas como corresponde a la legislación del país.
Los hermanos Barrera están de acuerdo pero el menor Pedro, que tiene 48 años, se opone y amenaza a Eulalia con tomar represalias por incidir en la conducta de sus hermanos.
INCENDIO INTENCIONAL EN VENGANZA
Eulalia vuelve a su pequeña casita, prepara los frijoles, el arroz y el plátano hervido del que comen todos, servidos en una hoja de chagüite e iluminados por la temblorosa luz del candil. Los chicos con las caras sucias se pelean entre sí, el hijo mayor comenta a su madre sobre el trabajo del día de mañana en la finca de un vecino. Los perros flacos mordisquean los granos de arroz y de frijoles que caen la suelo. La hija mayor bebe su humeante café con el que acompaña la frugal cena.
En la finca de los Barrera hay una agria disputa por la tenencia de la tierra. Pedro afirma que fraccionarla es impulsar la pobreza de todos, que la tierra tiene que quedar como está y él se encargará de hacerla producir. Al no ser aceptada su propuesta, Pedro, irascible, acusa a sus hermanos de tímidos y de dejarse influenciar por la hija de p… esa de la facilitadora, a quien él va a darle un escarmiento para que no ande metiéndose en lo que no le importa.
Cae la tarde del día 11 de octubre. Eulalia regresa de Waslala hacia Caño Negro, donde vive. Octubre es el mes de las lluvias torrenciales, pero ahora hace dos días que no llueve. De todas formas el camino está barroso. El cielo se ve rojo por el horizonte y unas nubes de insectos a veces le golpean el rostro. Eulalia piensa mientras camina, acaba de asistir a su hija mayor en su primer parto, piensa en sus otros niños que deben estar esperándola. Piensa en las mediaciones que debe hacer a partir del lunes que viene y así sumida en sus cavilaciones se encuentra en el lugar y observa con desesperación al enorme ceibo que cobijaba su casa con las hojas achicharradas. Al pie, los restos humeantes de lo que había sido su hogar.
El respaldo de su cama aún ardiendo. Algunos juguetes de los niños medio quemados y colgando en un clavo en un pedazo de pared que se ha mantenido en pie, todo arrugadito y chamuscado el saquito de su entenadito menor que aún no ha cumplido los dos años. Las lágrimas corren por su piel oscura y sufre un desmayo que la atonta un momento.
Eulalia se recobra con una sensación de angustia y siente que le va a estallar el pecho. ¡Los niños! ¡Los niños por Dios! Corre desesperada por el camino, resbalando en los charcos enlodados ¡Los niños! ¡Dios los niños! En un recodo y como una visión fantasmal están los niños, tomaditos de la mano, llorando y cuando ven a su madre corren a abrazarse de sus piernas, ¡Mamá! ¡Mamá, nos quemaron la casa! ¡Nos quemaron la casa!
EULALIA ESPERA JUSTICIA
El cielo está oscuro, Eulalia y sus hijos acurrucados bajo un árbol, lloran en silencio mientras las sabandijas lastiman la piel. “Mamá fue el tío Juan con el señor … que nos sacaron y quemaron todo…”
Al otro día Eulalia camina nuevamente, ahora hacia Rancho Grande, localidad que está a siete horas de allí. Va hacia una capacitación de facilitadores judiciales y como allí hay juez a poner la denuncia de su tragedia.
Aún hoy no se ha hecho justicia en el caso de González, pues Santos Zeledón fue al autor material del incendio en su casa y luego quedó en libertad. Ella ahora vive, bajo unos plásticos negros que hacen de techo, cocinando a la intemperie y llevando a cabo su labor de Facilitadora Judicial, “porque al haber tanta injusticia una tiene que ayudar como pueda”. La OEA y la Corte Suprema de Justicia le construirán su casa quemada.
UNA MIRADA PROFUNDA
Eulalia González Orozco, es una mujer de 37 años, de mediana estatura y finos rasgos. Tiene un mirar suave y se aprieta las manos cuando habla. Pausada y tranquila, aunque a veces, cuando algo la emociona sus ojos se vuelven más profundos y por momentos se humedecen ante recuerdos crueles.