Democracia y guerra en Irak

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Democracia y guerra en Irak





La superioridad de la democracia sobre cualquier otro sistema de vida y gobierno, se demuestra hasta en los aspectos negativos y desagradables de la situación interna de los países y en sus conflictos internacionales.

Por ejemplo, el candente debate internacional y los enfrentamientos políticos de casi toda Europa contra Estados Unidos y sus aliados británicos y españoles, antes que comenzara la última guerra en Irak, sólo pudo ser posible porque son países democráticos.

Ciertamente, por un lado es bueno que unos países se opongan a otros en el manejo de los problemas internacionales, que unos se alíen con Estados Unidos y otros los adversen. De esa manera hay un libre juego democrático en la escena internacional y se impide que un país o grupo de países pase de tener liderazgo —que es necesario— a asumir hegemonías negativas y peligrosas. Y por otra parte, es importante que las contradicciones sobre asuntos que son de interés público se ventilen públicamente y con la debida información de la gente.

Precisamente por eso es que se ha convertido en tema de política electoral el problema de que no se encontraron o no se han podido encontrar las armas de destrucción masiva que según el presidente George W. Bush poseía el régimen terrorista de Saddam Hussein. Lo más grave para la prensa y la opinión pública norteamericana es que Bush mintió a la nación con las informaciones que presentó para justificar la guerra contra el Irak de Hussein, ya fuese de manera deliberada o porque los informes con que la CIA y otros organismos de inteligencia que alimentaban los discursos del presidente eran deliberadamente falsos o exagerados.

En los Estados Unidos los gobernantes no pueden engañar a la gente ni equivocarse de esa manera, sin tener que pagar un alto costo político, que dependiendo de la gravedad del problema podría llegar hasta la renuncia del o de los funcionarios, como ocurrió con el ex presidente Richard M. Nixon cuando el escándalo del Watergate. Y la prensa no deja pasar esas fallas de los gobernantes porque ejerce severamente su rol de fiscal de hecho de los asuntos de interés público, al servicio de los ciudadanos.

En el caso de la última guerra de Estados Unidos en Irak, algunos políticos —de la oposición demócrata, por supuesto— y periodistas han alegado que “la política del Gobierno de Estados Unidos sobre Irak es producto del arrebato de una pandilla de petroleros tejanos sin escrúpulos morales, de quienes el presidente Bush no sería sino una simple extensión, aliados a los representantes más señalados de la extrema derecha republicana, sedienta de venganza después de la humillación sufrida por Estados Unidos el 11 de septiembre del 2001”, según critica a los adversarios del presidente Bush el académico Robert Kagan, que es representativo de la política estratégica de la actual administración norteamericana.

Igual que Kagan, otros analistas políticos estadounidenses han salido al paso a los políticos de la oposición demócrata que quieren sacar dividendos electorales del conflicto en Irak, recordándoles que el anterior presidente de Estados Unidos, el demócrata Bill Clinton, manejó el concepto estratégico de “nación indispensable”, impuso a sus aliados europeos la intervención militar en Bosnia y Kosovo, ordenó el bombardeo de Bagdad en 1999 sin un mandato de la ONU, no firmó el Tratado de Kioto sobre el medio ambiente (decisión que rectificó minutos antes de abandonar la Casa Blanca demostrando un cínico oportunismo político), y excluyó a Estados Unidos de la jurisdicción de la Corte Penal Internacional.

Pero, por otro lado, periodistas estadounidenses de gran reputación nacional e internacional —como el columnista de The New York Times, Paul Krugmann—, acusan públicamente al presidente Bush de mentiroso, y al jefe de la CIA, George Tenet, de “ajustar sus declaraciones para que reflejen no las evaluaciones de su personal, sino el interés de sus amos políticos”.

¿Podría alguien imaginar que en un Estado totalitario se discutiría así asuntos como ésos? ¿Es que alguien se habría atrevido a cuestionar al régimen soviético por su invasión de Afganistán, o al de Fidel Castro por sus intervenciones militares en África? Por mucho menos que eso periodistas como Raúl Rivero fueron condenados recientemente a 28 años de presidio.

Editorial
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