19 de julio tal como fue

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19 de julio tal como fue





Dice un proverbio chino que si te engañan una vez la culpa es del que te engaña; que si te engañan por segunda vez, la culpa es del que te engaña, y tuya; pero si te engañan por tercera vez, la culpa es sólo tuya.

Valga esta sabiduría a propósito de la celebración del 24 aniversario de la revolución sandinista del 19 de julio de 1979, que a pesar de que es un asueto obligado por disposición del Código del Trabajo, es en realidad una festividad partidista, del FSLN y sus simpatizantes.

Pero no es solamente eso. La celebración del 19 de julio evoca amargos recuerdos para la mayoría de los nicaragüenses y despierta adormecidos resentimientos a quienes sufrieron privación material, discriminación social, persecución política, hostilidad ideológica, censura a su derecho a expresarse libremente, confiscación, encarcelamiento y tortura. Y aunque los miles de muertos no sandinistas que causó la revolución no pueden expresar ningún sentimiento ni resentimiento, sus deudos se encargan por ellos de recordar la tragedia de aquellos años aciagos, y de maldecir a quienes les quitaron libertad, patrimonio y vida a sus parientes. Ciertamente, si se tratara de celebrar la caída del somocismo y la liberación de todo el pueblo de Nicaragua, la celebración debería ser el 17 de julio, porque es la fecha en que el dictador Anastasio Somoza Debayle cayó del poder.

Mas no seríamos justos si no reconociéramos que muchos sandinistas ofrendaron su vida como víctimas de la represión somocista, o durante la lucha armada contra la dictadura, creyendo con sinceridad que se establecería un sistema de gobierno y de vida basado en la libertad, la democracia y la justicia social. Tampoco seríamos justos si no reconociéramos que muchos sandinistas lucharon abnegadamente contra la dictadura somocista motivados por principios éticos, que murieron sin imaginar que sus líderes iban a “cortar las manos” de los obreros que hicieran huelgas, a necesitar árboles para colgar a todos los burgueses que protestaran, que expulsarían a sacerdotes a pesar de que la Conferencia Episcopal respaldó la lucha armada de los sandinistas con un comunicado en el que dijo (3 de julio de 1979) que la insurrección era un derecho del pueblo, y que después del triunfo sandinista avalaría la construcción de una sociedad socialista con libertad.

Pero a la revolución sandinista no se le debe juzgar por las ilusiones de sus mártires bien intencionados, sino por la realidad de una odiosa, profunda y todavía no superada división de la sociedad por motivos ideológicos y políticos; por el establecimiento de un estado de calamidad económica, basado en la destrucción del sistema de producción, en racionamientos, escasez y distribución discriminatoria de los pocos bienes que se producían y conseguían; por la liquidación de las libertades y los derechos de los nicaragüense, inclusive de los mismos sandinistas que se sometían a la consigna servil de “dirección nacional ordene”; por la entrega de la independencia y la soberanía de Nicaragua a los intereses de Cuba, la Unión Soviética y el “sistema socialista mundial”; y por la provocación de una guerra civil y un enfrentamiento insensato contra Estados Unidos por el afán irracional e irresponsable de “exportar” la revolución.

De manera que si de lo que se trata es de celebrar la caída de la dictadura somocista, entonces habría que hacerlo el 17 de julio, que es una efemérides que une a casi todos los nicaragüenses, salvo a los somocistas. Pero no se debería obligar a toda la nación, ni siquiera mediante una ley como es el Código del Trabajo, a celebrar el 19 de julio que inevitablemente evoca esas amargas experiencias de un pasado todavía cercano, y abre heridas que aún no han cicatrizado. Esa celebración obligada es un vestigio del totalitarismo y probablemente representa la esperanza de quienes quieren regresar al poder para otra vez enfrentar a sus adversarios con la repugnante consigna: “Aquí están, éstos son, los que irán al paredón”.

No obstante, lo más asombroso es que de nuevo hay quienes se dejan engañar por cantos de sirenas, como en 1979 y durante el régimen sandinista, pero que ahora no podrá culpar a quienes los engañan, porque los culpables son ellos mismos.

Editorial
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